MUNDO Y RELIGION - M&R
   
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  La Biblia y los Dinosaurios
 


INTRODUCCIÓN


¿Qué dice la Biblia acerca de los dinosaurios? Ante esta sencilla pregunta los cristianos han guardado silencio sin saber qué responder. Lo anterior, se ve agravado por el hecho de que muy pocos cristianos poseen un mediano conocimiento científico de base que les permita esbozar respuestas adecuadas con relación al enigma que plantean los dinosaurios en el contexto de la creación.
 
Evidentemente, abordar una explicación relacionada con los dinosaurios desde el punto de vista bíblico, representa más de un problema. Por una parte, requiere introducir a estos animales como haciendo parte de la creación en que todo era bueno en gran manera y por otra, luchar contra el prejuicio y la ignorancia de los propios cristianos que se atienen inexplicablemente a su falta de información y deseo de conocimiento exacto sobre el tema.

¿Habla la Biblia de los dinosaurios?  Sorprendentemente, y aunque la palabra “dinosaurio” no aparece en la Biblia ya que es un término relativamente reciente y que fue acuñado tan sólo en 1842, de un análisis exhaustivo de algunos pasajes, se puede concluir que la existencia de tan sorprendente grupo de animales si está mencionado en sus páginas, a más de que la descripción de algunos animales que se mencionan en ella, bien pudiera calzar con lo que la ciencia atribuye a animales propios de eras pasadas y que por la ciencia han sido llamados dinosaurios.   
 
Quizás le sorprenda saber, que equívocadamente la ciencia enseñó por más de 100 años que los dinosaurios se habían extinguido por el impacto de un meteorito hace aproximadamente 65 millones de años, sin embargo, la misma ciencia, hoy en día asegura que convivimos actualmente con más de 9 mil especies de dinosaurios y ninguna de ellas pudiera en justicia ser catalogada como "monstruo". Nos referimos a las aves. 

¿Creó Dios a los dinosaurios? Sí, Dios creó a los dinosaurios. Resulta difícil admitir que Dios, en su benévolo propósito para con el hombre, haya creado de manera directa animales que según nos muestra el cine y también la literatura científica, llegaron a ser monstruos tremendamente peligrosos, sin embargo, una breve, pero no menos fascinante investigación arrojó un sorprendente resultado que quizás le hará cambiar su perspectiva de las cosas y aún de la propia historia.

CAPÍTULO 1
 LOS DINOSAURIOS


¿QUÉ SON LOS DINOSAURIOS?

Los dinosaurios son un grupo sorprendente de animales que comenzó a ser conocido a partir de sus restos fósiles a comienzos del Siglo XIX, con los primeros reportes formales que de ellos se hicieron en diversos medios.

¿Qué es un dinosaurio?  Los investigadores dicen que “dinosaurio” es un término colectivo que agrupa a un conjunto de reptiles altamente derivados, que aparecieron, según se enseña, a inicios del Período Triásico (hace ± 247 millones de años) y fueron un linaje dominante en el Jurásico y Cretácico, durante la Era Mesozoica (± 250 – 65 millones de años).

Cuando hablamos de “reptiles” nos referimos a un grupo muy diverso de vertebrados amniotas que fueron muy abundantes en la Era Mesozoica, período cronológico en el que surgieron los dinosaurios, además otros grupos de animales como los pterosaurios (reptiles alados) y una gran variedad de reptiles marinos como ictiosaurios, plesiosaurios y mosasaurios. Tenemos que decir que la taxonomía tradicional considera a los reptiles una clase, mientras que la moderna sistemática cladística considera a los reptiles un grupo parafilético (un grupo muy variado) y que no incluye a todos sus descendientes, razón por la cual el término “reptiles” en el ámbito científico y sobre todo en el ámbito de la Biología, ha caído prácticamente en desuso. No obstante, y sólo para comprensión de quienes leen este ensayo, nos referiremos a los dinosaurios como reptiles altamente derivados. Esto es, animales que conservan características ancestrales de reptiles, pero que en su desarrollo como grupo se han alejado considerablemente de su raíz de origen.
 
Los dinosaurios, según establece la ciencia y especialmente la Paleontología, vivieron muy atrás en el tiempo y sobrevivieron durante millones de años para desaparecer casi en su totalidad y de manera abrupta y misteriosamente de la faz de la Tierra hace unos 65 millones de años. Muchos de estos dinosaurios, según se desprende de los fósiles, eran verdaderos gigantes, pero algunos eran también pequeños, quizás del tamaño de una gallina. Se dice que algunos eran pacíficos y se alimentaban tan sólo de hierbas y plantas (la mayoría) mientras que otros eran feroces carnívoros dotados de afilados dientes y garras. 

Según el pensamiento general, los dinosaurios se reproducían por medio de huevos y poseían una piel escamosa, aunque hoy en día se sabe que algunos también poseían plumas. Los paleontólogos inicialmente clasificaron a estos animales de acuerdo a la configuración anatómica de la cadera y de las patas. De acuerdo a la forma de la cadera se distinguieron inicialmente dos grupos bien definidos: los Saurisquios (cadera en forma de reptil) y los Ornitisquios (cadera en forma de ave).

Los Saurisquios se dividían en 1) Terópodos (patas de fiera), que incluía a los feroces carnívoros como el Tyrannosaurus rex y los temibles velociraptores y 2) Sauropodomorfos (patas de lagarto), que incluía a los gigantes herbívoros como el Brachiosaurus, el Argentinosaurus o el Patagotitan, etc. Por su parte, los Ornitisquios, comprendían a los Ornitópodos [patas de ave) que agrupaba a especies como el Iguanodón, que era herbívoro. También incluía a los Tireóforos, dinosaurios cuadrúpedos como los estegosaurios y los Marginocéfalos, que incluía a dinosaurios con cuernos como el triceratops. Todos estos herbívoros.

Cada día los paleontólogos encuentran nuevos restos de estos sorprendentes animales que asombran a los investigadores y maravillan a los aficionados del mundo, sin embargo, cada vez que los medios de comunicación publican un nuevo hallazgo, las personas que ponen fe en la creación y no en la evolución, deben enfrentar la embarazosa pregunta: ¿Qué dice la Biblia de los dinosaurios?

La pregunta anterior, parece suponer que existe una manifiesta e irreconciliable contradicción entre lo que dice la Biblia sobre la creación y lo que la ciencia viene descubriendo cada día. ¿Será que la Biblia no resulta consistente frente a los planteamientos de la ciencia que a todas luces parece descartarla como una fuente confiable de información?  A partir de esta supuesta contradicción entre las Sagradas Escrituras y la ciencia, se han formado dos corrientes de pensamiento, el creacionismo y el evolucionismo.

La situación parece agravarse cuando algunas personas que pretenden defender la posición bíblica de la creación, hacen frente a la interrogante en cuestión con evasivas, silencios, o más grave aún, con comentarios rayanos en la más severa ignorancia e incluso ciego fanatismo. 

No pocas veces se ha escuchado de labios de algún pensador bíblico la insinuación de que los dinosaurios en realidad nunca existieron, aunque los esqueletos y fósiles de dichas criaturas sorprendentes claman desde los museos por una explicación más racional por parte de quienes dicen defender la Biblia y sus creencias.

De igual modo, no son pocas las personas que pretendiendo defender la posición bíblica de la creación, sostienen que los dinosaurios son el resultado de una variedad surgida por el cruzamiento de especies distintas y que eventualmente habría dado origen a un orden de reptiles que no hacía parte del plan original de Dios.

Cabe señalar que la denominación “dinosaurios”, con la cual se conoce a estos animales poderosos, se llegó a utilizar oficialmente sólo a partir del año 1842, aunque fue propuesta un año antes en 1841, fecha en que el célebre anatomista Richard Owen (1804–1892) famoso científico británico y primer director del Museo Británico de Historia Natural la acuñó para identificar a estos animales cuyos huesos comenzaron a ser encontrados en distintas partes del mundo.

Es de toda lógica entonces, que la palabra “dinosaurio” no aparezca en la Biblia ya que en los tiempos en que ésta fue escrita no existía este término, sin embargo, mucho antes de eso, no resultaba extraño que refiriendo a los restos fósiles de dinosaurios las personas afirmaran haber encontrado los restos de un “dragón”. Frente a todo esto, cabe preguntar: ¿De dónde surgieron estos animales?  ¿Creó Dios a los dinosaurios?  ¿Cómo podemos abordar el tema desde la perspectiva bíblica de la historia? La respuesta puede resultar aún más sorprendente que los propios dinosaurios.

LOS DINOSAURIOS
PRIMEROS DESCUBRIMIENTOS

En 1822, mientras caminaba por un campo en Gran Bretaña, la esposa del Dr. Gideon Mantell, quien era un ávido coleccionista de fósiles, encontró una piedra que brillaba a la luz del sol. El Dr. Mantell observó que la piedra contenía un diente similar en muchos aspectos a los dientes de una iguana, no obstante, el diente en cuestión era considerablemente más grande, por no decir gigantesco en comparación con el de los ejemplares modernos.  La conclusión fue que pertenecía a un reptil extinto, de gran tamaño y con dientes como la iguana. Tres años más tarde y como fruto de una ardua investigación, Mantell nombró a este animal como “iguanodón” (diente de iguana). Comenzaba así, uno de los aspectos más misteriosos de nuestra historia y que nos llenaría aún más de asombro a cada paso y con cada descubrimiento.

Por su parte, William Buckland en 1824 informó el hallazgo de una mandíbula de gran tamaño con algunos dientes, que, al decir de Buckland, correspondían a un lagarto de inusuales dimensiones por lo que llamó al animal “Megalosaurus” (gran lagarto). Estos fueron los primeros restos fósiles de dinosaurios reportados formalmente en el ámbito científico.

Con el descubrimiento de los “dinosaurios”, la teoría de la evolución propuesta más tarde en 1859 por Charles Darwin habría de ganar cada vez más adeptos en los círculos selectos y a la moda y recibió un espaldarazo innegable, aunque más por la incapacidad de la iglesia de explicar lo que estaba sucediendo con los nuevos descubrimientos que por la naturaleza de los hallazgos fósiles que se estaban realizando.
 
A partir de la segunda mitad del Siglo XIX la discusión entre creacionismo y evolucionismo se fue ahondando cada día más y finalmente derivó en una ruptura de diálogo entre teólogos y científicos, que no sólo hizo mucho mal al conocimiento de la verdad sobre estos animales misteriosos, sino que trajo mucho oprobio a la propia obra del Creador. 

Muchos teólogos se negaron a hablar del tema y no fueron pocos los que airadamente afirmaron que los evolucionistas y sus dinosaurios no eran sino el brazo activo de Satanás para confundir las mentes de los hombres. De aquí en adelante, las dos posiciones se cerrarían al diálogo y continuarían sus investigaciones por caminos diferentes, unos de la mano de la ciencia y sus descubrimientos y los otros de la mano de Dios y de la fe, aunque no entendieron entonces, como muchos no lo hacen ahora, que ambos caminos nunca debieron separarse y que el diálogo nunca debió interrumpirse sino servir de eficaz herramienta en las manos del hombre para dilucidar la verdad. 

A partir del Siglo XIX, la ciencia se abocó fervientemente a la búsqueda de los lagartos terribles y cada vez se incrementaba más y más el registro fósil, de modo que todo un nuevo linaje de animales fue abriéndose ante los ojos del mundo científico. Los dinosaurios se hacían cada vez más populares y quienes los encontraban, científicos que en su mayoría eran evolucionistas de pensamiento, hacían énfasis en que estas criaturas habían vivido hace millones de años, épocas ignotas que, incluso resultaban anteriores a la existencia del hombre mismo. Se postuló que el hombre y los dinosaurios nunca llegaron a convivir en el mismo espacio y tiempo, sino que millones de años separaban la existencia de uno y otro, siendo el hombre, una especie mucho más reciente en la historia geológica de la Tierra.

A la fecha, el registro fósil de los dinosaurios es muy amplio y permite tener una idea bastante completa acerca de la forma y vida de estos animales sorprendentes. Sin embargo, a medida que aumentaba el asombro, otra pregunta surgía en torno a los dinosaurios: ¿Por qué ya no existen?  ¿Por qué se extinguieron? y ¿Cuándo se extinguieron?   Nuevamente, la ciencia fue llamada a aportar millones de años y explicaciones aceptables para explicar la abrupta desaparición de los animales más sorprendentes que hayan caminado alguna vez sobre la Tierra.

¿EVOLUCIÓN O CREACIÓN?

¿Fueron los dinosaurios una clase que hacía parte de la creación o son acaso el resultado de una insospechada evolución? La diferencia que existe entre la teoría de la evolución sostenida por la comunidad científica y la enseñanza de la creación tal como la enseña la iglesia basándose en la Biblia, parece resumirse en dos puntos, el origen mismo o la evolución de las especies y el tiempo en que supuestamente ocurrieron estas cosas.

Mientras que los evolucionistas hablan de millones de años y distinguen la edad de la Tierra con una antigüedad aproximada de ± 4.800 millones de años y la edad de los seres que la pueblan en períodos que comprenden millones de años que van desde la Era Palezoica hasta la Cenozoica, los que abogan por la enseñanza bíblica sostienen que las criaturas terrestres no cuentan con más de 6.000 años de existencia, aunque algunos postulan que eventualmente pudieran ser algo así como 49.000 años, quizás más porque temen oponerse definidamente a los postulados científicos que porque cuenten con evidencia bíblica que apoye dicho cómputo de años.

Es claro, sin embargo, que cuando abordamos esta significativa diferencia de años entre la postura de la evolución y la enseñanza de la Biblia que sostiene la creación, debemos distinguir entre la edad geológica de la Tierra y la edad de las criaturas que la pueblan, esto es la edad de las especies.

Sobre el primer punto, la Biblia no objeta que la Tierra pudiera eventualmente poseer millones de años, pues la Sagrada Escritura establece que la Tierra ya existía en el “principio”, mucho antes de la creación, aunque en un estado de caos y desorden (Génesis 1:1-2). La cantidad de años comprendida en la expresión “principio” no es conocida ni es posible determinarla, aunque indudablemente puede llegar a ser de gran antigüedad.

Sobre este punto, una afamada enciclopedia formula el siguiente comentario:

“El hecho de situar a la Tierra como uno de los astros más antiguos del Universo ha constituido una sorpresa para muchos científicos que creían en la juventud de nuestro planeta, pero los datos actuales parecen confirmar la verdad del primer versículo del Génesis: ‘Al principio creó Dios los cielos y la tierra’. Es decir, precediendo a la creación de las estrellas.”  (Enciclopedia Temática Ilustrada, tomo 1, pág. 85. Edición de 1975). 

Aclarado este punto, concluimos que la diferencia básica entre evolucionismo y creacionismo, se resume no a la edad de la Tierra, sino al origen y edad de las especies que pueblan nuestro planeta, que en opinión de los primeros es de millones de años y en opinión de los segundos es de tan sólo 6.000 años aproximados. ¿Cómo pudiera dirimirse esta diferencia entre ambas posiciones?  ¿Es posible llegar a un acuerdo?

Quizás para responder a esto, sería conveniente saber por qué la ciencia afirma que las criaturas poseen millones de años y se les hace imposible aceptar que sólo posean algo cercano a seis mil años.

Primero, debemos saber que desde los primeros tiempos o desde las primeras culturas que la historia conoce, los hombres siempre han creído en la existencia de un Creador. En otras palabras, todas las culturas de antaño vivieron creyendo que los seres vivos vinieron a la existencia por la agencia voluntaria de un Gran Arquitecto o Hacedor de todas las cosas. No se encuentra vestigio alguno de idea semejante que postule que las criaturas se derivaron espontáneamente unas de otras, como resultado de innumerables cambios o mutaciones que a su vez se produjeron accidentalmente en el curso de millones de años. Tal forma de pensar es relativamente nueva y se remonta más bien a los últimos siglos, época en que la iglesia (católica) y el pueblo se encontraban sumidos en serias diferencias.

Por una parte, el oscurantismo del catolicismo medioeval, había restringido severamente las letras y las ciencias, de modo que toda investigación o forma de pensamiento debía ser sometida, antes de postularse, a un riguroso examen por parte de la iglesia, la que de suponer que en algo tal investigación o forma de pensar representase un peligro para la obra de la fe, debía ser inmediatamente suprimida o reprimida, aún por medio de la imposición de penas severas si fuere necesario.

Bajo este marco, se ahondaba cada vez más un abismo entre la ciencia y la fe, abismo que no tardaría en dar sus frutos casi al final de la Edad Media, cuando ciertas corrientes filosóficas y científicas comenzaron a dar abiertas muestras de desafío a la iglesia y al Dios de ella, aunque no comprendían dichos pensadores, que Dios y el catolicismo no necesariamente caminaban juntos.

Siendo así, comenzaron a cobrar fuerza, corrientes de pensamiento como el escepticismo, el humanismo y el más atrevido ateísmo, que impugnaban todo cuanto consideraban contaminado por el brazo de la fe.

Al amparo de conflictos como estos, un joven naturalista llamado Charles Darwin (1809–1882), durante su viaje en el Beagle daba rienda suelta a su fértil imaginación que asombrada por la gran diversidad de vida que se habría ante sus ojos, no acertaba a comprender la enorme variedad de especies que pueblan nuestro planeta y la no menos sorprendente similitud que se hacía evidente entre unas y otras, aunque separadas por miles de kilómetros y en ambientes de vida absolutamente diferentes. 

Darwin aceptaba que la enorme cantidad de ordenes, géneros y especies distintos de criaturas, asumían no poco trabajo y diseño. Por otra parte, aunque invertebrados y vertebrados, aunaban a todas las especies, estos dos grandes grupos se comenzaban a dividir en muchos más a medida que se deseaba clasificar cada una de ellas. El trabajo no dejaba de ser fascinante, pero aún dejaba algo sin explicar, ¿cómo llegaron a existir todas estas especies?   Si Dios no intervino en la existencia de ellas, ¿cómo pudieran haberse diversificado y dividido de tal manera en ordenes, géneros y especies diferentes?  

Evidentemente, si tal obra hubiere de hacerse por sí sola, habría requerido más de 6 días literales, como postula la Biblia para alcanzar tan complejo nivel de desarrollo.  Por primera vez, asomaba en la mente del joven naturalista una posibilidad que más que dar una explicación concreta a la inquietud que le embargaba, sólo venía a acallar su conciencia respecto a algo que se negaba terminantemente a aceptar, a saber, la intervención de Dios en la existencia de todas las cosas. La posibilidad de una “evolución” repicaba más y más en la mente de Darwin y cada vez se le hizo más atractiva. Sin embargo, ¿cómo se habría de producir tan insospechada “evolución” de las especies?  Era esta una pregunta que parecía no tener respuesta. ¿Cómo es que una forma de vida podría derivar eventualmente en otra diferente y más apta en relación a su medioambiente?  La razón no le arrojaba ninguna respuesta, hasta que otro concepto comenzó a rondar la mente del despierto investigador, este concepto era el de la selección natural.  La teoría de una evolución de las especies que obedecía a una selección natural y que según se explicaría más tarde eran objeto de mutaciones, comenzaba a afianzarse cada vez más en la mente del naturalista, pero aún había un abismo insondable y que impedía aceptar plenamente esta novedosa teoría, ¿cuánto tiempo se necesitaría para que un cambio diera origen a una nueva especie y está a su vez pudiera perpetuarse hasta consolidarse como una distinta especie zoológica?  La respuesta era lapidaria. Si tal idea tuviera algún asomo de certidumbre, se requeriría de millones de años para que por simple obra de la casualidad o de una selección natural, una especie bien definida y producto de innumerables cambios llegara a consolidarse como una nueva especie. Con la misma facilidad con que se aceptó la evolución con base en la teoría de la selección natural y más tarde en las mutaciones, se aceptó una propuesta de millones de años para tal proceso. Hasta aquí, ¿había acaso un fundamento científico que avalará todo esto?  La verdad es que no, alguien dijo en una ocasión: hay que tener más fe para creer en la evolución de las especies que para creer en una naturaleza creada por Dios.

Como se ha manifestado antes, existe una seria discrepancia entre lo que postulan los científicos actuales y lo que la Biblia enseña sobre el origen y procedencia de las especies y consecuentemente, el origen y procedencia de los dinosaurios. 

Por una parte, la ciencia propone que los dinosaurios vinieron a la existencia producto de innumerables procesos evolutivos que se rastrean muy atrás en el tiempo, durante la Era Mesozoica, abarcando más específicamente los períodos Triásico, Jurásico y Cretácico, hace más o menos 250 millones de años atrás en el tiempo.

Por otro lado, la Biblia enseña que todas las criaturas existentes, incluidos los dinosaurios, vinieron a la existencia hace tan sólo unos 6.000 años atrás durante el transcurso del sexto día creativo, según documenta especialmente el libro del Génesis.

Mientras que los primeros postulan que los dinosaurios evolucionaron durante millones de años hasta alcanzar su máximo desarrollo, lo que habla de una serie indeterminada de especies intermedias que fueron desarrollando características que sus antecesores no poseían, la Biblia habla de organismos que fueron creadas directamente y que existen cada una según su género y su especie tal  y como los creó Dios (Génesis 1:20-25).

De estas dos posiciones divergentes y contradictorias, deberíamos esperar lo siguiente:

1.- Si la teoría de la evolución estuviese en lo correcto, deberíamos esperar:

Hubiera evidencia que comprobara efectivamente que los dinosaurios, así como todas las criaturas,  evolucionaron a partir de otros animales anteriores a ellos. De esta manera, tendríamos el linaje ancestral que dio origen a los dinosaurios, las especies intermedias que aportan evidencia fósil de este proceso evolutivo, y, finalmente, los propios dinosaurios como un linaje ya consolidado en el espectro biológico de nuestro planeta. Estas especies “intermedias” debieran estar presentes en el registro fósil, no sólo de los dinosaurios sino de todas las demás especies.

Debiera existir evidencia fósil de formas intermedias de dinosaurios mostrando muchas etapas en la formación de características tan diversas como placas, cuernos, uñas, púas, hocico, cabeza, etc., ya que la Paleontología ha descubierto un sinnúmero de especies distintas de dinosaurios que difieren no solo en tamaño y envergadura sino en cuanto a muchas otras características determinantes.

2. Si la enseñanza de la creación fuese la correcta, deberíamos esperar:

Que el registro fósil dejara ver especies bien determinadas, como de una aparición espontánea, sin formas intermedias. Que cada género y cada especie contara con un registro único, sin la existencia de "especies intermedias".

Hoy en día, después de más 200 años de búsqueda y rescate de fósiles: ¿Qué permite apreciar la evidencia fósil al respecto?  Sencillamente que cada género y cada especie existen de manera única y sin formas intermedias que acrediten un proceso evolutivo. Si el registro fósil arrojara evidencia de formas intermedias, la “teoría de la evolución” pasaría a ser un hecho científicamente probado. No obstante, no existe tal registro de formas intermedias y en hecho, cada especie o cada linaje de especies tiene su propio “eslabón perdido”, el cual está llamado a unir necesariamente una especie con otra en la cadena evolutiva de las especies.  

La incongruencia es tan grande, que respecto al hombre por ejemplo, se decía que existiría un eslabón perdido que está llamado a emparentarlo definitivamente con los simios, no obstante dicho eslabón nunca apareció, se abandonó su búsqueda y hoy continúa sin ser encontrado por más que paleontólogos insistan en presentar al mundo restos de Ardipithecus, Australopithecus o Paranthropus, que se supone sean nuestros prehistóricos antepasados. La enseñanza de que el hombre ha evolucionado de los  simios sigue siendo hoy día una posición científica sin verdadera evidencia por cuanto no existe un registro fósil intermedio que logre emparentar a uno con el otro.

El propio Darwin admitió que la falta de evidencia fósil que conecte una especie con otra en una cadena evolutiva es sin duda una dificultad bastante obvia. El mismo naturalista afirmaba que de ser la evolución una realidad, la cantidad de evidencia fósil que probase la teoría debía en el futuro llegar a ser considerable. No obstante, hoy, después de casi dos siglos de búsqueda sistemática, la evidencia es nula en este sentido y la teoría de Darwin continúa sin ser apoyada por la evidencia.

Un afamado evolucionista, Diether Sperlich, en su obra “La evolución de las especies”, acepta que existe una seria deficiencia en el registro fósil que impide aceptar la teoría evolutiva como un hecho:

“Si dispusiéramos de un registro ordenado de los fósiles de todas las formas vivientes que han existido a lo largo del tiempo, en el que se pudiera ver cómo, de forma ordenada, unos organismos descienden de otros, este registro constituiría la prueba más directa del hecho de la evolución.”  (Diether Sperlich, “La Evolución de las Especies”, pág. 33) 

“Así pues, en el registro fósil nos encontramos con una gran abundancia de restos de los grupos plenamente evolucionados, pero las formas intermedias o de transición que nos revelarían de manera eficiente el paso de unos grupos a otros son escasísimas o inexistentes.” (Diether Sperlich, “La Evolución de las Especies”, pág. 33)

Hasta aquí el registro fósil no apoya a la teoría evolutiva. Al punto de que un entendido en el tema, el Dr. A. Thompson, en su libro “Biología, Zoología y Genética”, declara lo siguiente: “Más que apoyar a la evolución, las brechas en el conocido archivo de fósiles apoyan la creación de los principales grupos con la posibilidad de algunas variaciones limitadas dentro de cada grupo.” (Dr. A. Thompson, Biology, Zoology and Genetics)  

Otro científico, el Dr. Austin Clark, miembro del cuerpo elector de Paleontología de la Institución Smithsoniana, declara: “Hasta ahora, en lo concerniente a los principales grupos de animales, los creacionistas parecen tener el mejor de los argumentos.” (Dr. Austin Clark, “Quaterly Review of Biology, Vólumen 1, pág. 50) 

Que el registro fósil no habría de aportar evidencia a favor de la evolución se sospechó desde los momentos iniciales en que esta propuesta fue establecida, al punto que el principal promotor de esta teoría, Charles Darwin,  recibió reiterados consejos respecto a lo enfático de algunos puntos de su inusual teoría: 

“El registro fósil no ofrecía apoyo alguno al cambio gradual: faunas enteras habían sido eliminadas en el transcurso de intervalos alarmantemente cortos. Las especies nuevas aparecían casi siempre de modo repentino en el registro fósil, sin eslabones intermedios con sus antecesores en las rocas más antiguas de la misma región.” (S. J. Gould, El Pulgar del Panda, pág. 190)

Frente a esta “inconveniencia” del registro fósil, el empecinamiento de Darwin no vislumbró mejor solución que declararlo “imperfecto”, aduciendo que quien no asintiese a esta última explicación, sencillamente no sería capaz de aceptar plenamente su teoría particular. En su famoso libro “El Origen de las Especies”, Darwin aborda así el inconveniente:

“El registro geológico es extremadamente imperfecto, y este hecho explicará en gran medida por qué no encontramos interminables variedades conectando entre sí todas las formas extintas y existentes de vida por medio de pasos graduales extremadamente finos. Aquel  que rechace estos puntos de vista acerca de la naturaleza del registro geológico, rechazará con toda corrección, la totalidad de mi teoría.” 

La situación respecto a la ausencia de evidencia fósil que apoye la evolución es tan significativa, que algunos científicos como el recientemente fallecido Stephen J. Gould, han propuesto rendirse ante la evidencia y replantear la teoría de una evolución lenta y gradual, como la propuesta por Darwin y por la mayoría de los científicos. Gould plantea acomodarse a un sistema evolutivo de “equilibrio punteado” y que sostiene que la evolución no se sustente necesariamente en lentos procesos de millones de años sino en accidentados saltos evolutivos que dieron origen a nuevas especies. Esta nueva teoría es muy discutida en el ambiente científico y no cuenta con real aceptación, sin embargo, fue la única respuesta que Gould pudo encontrar para tanta inconsistencia en el registro fósil de las especies.

Este connotado científico, que terminó por rechazar el argumento de Darwin respecto a una evolución gradual de las especies, solía decir respecto al pretendido argumento de la imperfección del registro fósil lo siguiente:

“La argumentación de Darwin sigue siendo aún el escape favorito de la mayor parte de los paleontólogos ante el embarazo que produce un registro que parece mostrar bien poco sobre la evolución de un modo directo.” (S. J. Gould, El Pulgar del Panda, pág. 191)

Las ideas de S. J. Gould y que también eran compartidas por otro connotado experto en el tema, Niles Eldredge del American Museum of Natural History, básicamente sostenían dos puntos importantes, a saber:

“La historia de la mayor parte de las especies fósiles incluye dos características particularmente incongruentes con el gradualismo:

1.- Estasis. La mayor parte de las especies no exhiben cambio direccional alguno en el transcurso de su estancia sobre la tierra. Aparecen al registro fósil con un aspecto muy similar al que tienen cuando desaparecen; el cambio morfológico es normalmente limitado y carente de orientación.

2.- Aparición repentina.- En cualquier área local, una especie no surge gradualmente por una continua transformación de sus antecesores; aparece de golpe  y ‘totalmente formada’.” (S. J. Gould, El Pulgar del Panda, pág. 192)

Si bien S. J. Gould era un evolucionista convencido, sus apreciaciones generales sobre la teoría de la evolución propuesta por Charles Darwin y su pretendido cambio gradual de las especies, vino a dar entera razón a quienes desde un principio impugnaron dicha teoría. Las especies no manifiestan un cambio gradual, lento y trabajoso con asiento en millones de años, sino más bien dejan ver una aparición abrupta y repentina en el campo de la existencia, hecho que no puede ser desmentido eficazmente por la ciencia.

Todo lo anterior, ha llevado a que en el ámbito científico se manifieste en la actualidad una creciente preocupación respecto al futuro de la teoría de la evolución. Dicha preocupación se trasluce de manera fiel en el titular de una afamada revista de amplia circulación y que versa de esta manera: “El eslabón perdido no aparece…Se busca un nuevo Darwin” (Revista Muy Interesante, junio de 1988)

En su interior esta revista destaca lo siguiente: “Las teorías de Darwin están al borde del colapso; la selección natural yace en la tumba; Darwin ha muerto…y yo sin enterarme, propone con cierta sorna uno de los más prestigiosos evolucionistas de hoy.” 

Sobre la consistencia y solidez de la teoría, la misma revista explica: “Pero la aportación de Darwin, aunque genial, no era un bloque monolítico sin grietas ni fisuras. De hecho, ha planteado un sinnúmero de problemas, y cuanto más se profundiza en ellas, mayores obstáculos plantea.”

De hecho, respecto a la pretendida evolución de reptiles en aves, la publicación asegura: “Sin embargo, en los últimos 129 años no se ha encontrado ningún eslabón perdido entre reptiles y pájaros, cocodrilos y águilas. En las excavaciones sólo han aparecido huesos de reptil o huesos de aves claramente diferenciados; ningún esqueleto que pueda demostrar que realmente haya tenido lugar en la naturaleza un acto de creación darwiniano.”

Sobre el abismo existente en el patrón gradual de las especies declara: “Es inútil seguir buscando esos eslabones perdidos – dice el biólogo estudioso de los fósiles de mamíferos, George Simpson -, porque la falta de formas de transición es un fenómeno universal. Su colega  Gordon Taylor puntualiza en esta dirección, señalando que es totalmente desconocida la procedencia de unos veinteséis grupos de mamíferos, y que la evolución de los insectos sigue siendo un misterio. Desconocemos también cómo fueron los antepasados de los peces. Las huevas más primitivas que se han encontrado están totalmente formadas, y los insectos primitivos apresados en ámbar no parecen muy diferentes de los actuales.”

Todo lo anteriormente expuesto, permite señalar que la teoría de la evolución está muy lejos de constituir una respuesta satisfactoria a la interrogante que plantea la aparición de las especies sobre la Tierra. Por otra parte, la enseñanza de la Biblia, que sostiene la creación, a todas luces parece concordar mucho más con lo que se puede observar como evidencia en el registro fósil, dejando ver que grupos completos de animales, entre ellos los dinosaurios, aparecen de una manera súbita y abrupta en la historia geológica de la Tierra y en el registro fósil de las especies, todo lo cual nos impele a reconocer que no sólo los dinosaurios sino todas las especies son fruto de un acto directo de creación y no el resultado de una insospechada evolución.



La teoría de la evolución propuesta por Charles Darwin en 1859 se creyó acallaría 
la idea bíblica de la Creación ¿Lo hizo?


EL ORIGEN DE LOS DINOSAURIOS
¿ACCIDENTES NATURALES?

Un pensamiento parecido al de los evolucionistas, es sostenido por algunas personas que abogan por la creación con relación a la existencia de los dinosaurios. Concluyen estas personas que, siendo los dinosaurios animales tan sorprendentemente diferentes a lo que es el espectro zoológico actual, resulta inaceptable pensar que Dios los haya creado.  Incluso no son pocos los que piensan que los dinosaurios pudieran ser “aberraciones” de la naturaleza o “accidentes” traducidos en la cruza de especies o animales de distinto tipo y que hubieran dado lugar a la existencia de lagartos terribles. Frente a este razonamiento, cabe preguntar: ¿pudieran cruzarse especies de tipo, clase, orden y género distintos y dar lugar a especies aberrantes como se dicen eran los dinosaurios? ¿Son posibles esos “accidentes de la naturaleza”?  La Biblia y la ciencia dicen que no. 

Concluir que el orden que comprende a los grandes reptiles se desarrolló a partir de la variabilidad de otras especies de un tipo, clase, orden y género distinto, toda vez que el género y especie dinosaurios no estaba en el plan original de Dios, equivale sin saberlo, a asignar toda razón a los evolucionistas que proponen justamente el mismo planteamiento, a saber que especies de un género dieron origen a especies de otro género e incluso de otro orden como serían los dinosaurios. Quienes así piensan deberían examinar cuidadosamente la fe que dicen sostener en la creación, que indudablemente se funda en la fijeza de las especies tal y como dice la Biblia y no permite pensar en la transmutación de una especie en otra como resultado de la variabilidad de ellas. 

Efectivamente, el relato del Génesis establece claramente que cada animal fue creado según su género y según su especie. Lo anterior, según se desprende del propio relato inspirado, deja ver que los términos “género” y “especie” están directamente relacionados con la capacidad de reproducción de los animales creados. En otras palabras, la Biblia enseña claramente que los animales sólo pueden reproducirse según su “género” y según su “especie”. Pensar de otro modo es violentar el significado de las Sagradas Escrituras (Génesis 1:11-12, 20-25).

¿Pudieran los dinosaurios ser el resultado del cruzamiento de dos especies diferentes en un eventual accidente natural?  La Biblia y la ciencia no permiten pensar tal cosa.

Que el concepto de “especie” que utiliza la Biblia en su relato de la creación no admite cruzamientos entre ellas fuera del propio género, se hace claro a partir del concepto que la propia ciencia tiene de especie. Sobre el particular un afamado naturalista, George Louis Leclere, conde de Buffon (1707 – 1788) definió el concepto de “especie” en su imponente libro Historia Natural, General y Concreta publicada en 15 volúmenes de 1749 a 1767, diciendo: “la especie es el conjunto de individuos capaces de reproducirse entre ellos.”

Aún otro destacado biólogo, Ernest Mayr, nacido en 1904, declaró lo siguiente: “Las especies son grupos de poblaciones naturales capaces de entrecruzarse y que en el aspecto reproductivo están aislados de otros grupos parecidos.”

¿Cuál es la barrera que separa a dos especies diferentes?  Un interesante libro que habla de la evolución señala lo siguiente: “La barrera biológica que separa a dos especies es la esterilidad de los cruzamientos (imposibilidad de acomplamiento, o híbridos estériles).” (Charles Lenay, “La Evolución: De la Bacteria al Hombre”, pág. 22.) 
 
Hasta aquí, quienes abogan por una amalgamación o hibridación de las especies al momento de explicar la existencia de los dinosaurios, asumen dicha posición sólo con base en su evidente fértil imaginación y escaso conocimiento de las leyes biológicas y genéticas.

¿Se podría entonces decir que los dinosaurios, por ejemplo, fueron el resultado de una hibridación o amalgamación de especies? De ninguna manera, toda vez que la amalgamación o hibridación está regulada indudablemente por límites bien definidos. En hecho, sólo puede darse este fenómeno entre especies suficientemente afines como para producir descendencia. Se han dado por ejemplo casos notables de hibridación entre el león y el tigre, no obstante, ambas especies pertenecen al orden de los carnívoros y de entre ellos a los Félidos. No es posible asumir, dentro de los límites que establece la Biblia y la ciencia, que especies de ordenes y géneros distintos den lugar como resultado de su cruzamiento a una descendencia confusa. 

Por otra parte, es bien sabido que las especies híbridas o amalgamadas en su mayoría resultan ser estériles o no fértiles, de donde no es posible que éstas den origen a especies diferentes en una infinita fecundidad de ellas.

Los dinosaurios comprendían antaño un orden bien definido dentro de los reptiles, de donde no es posible asumir que éstos fueran producto de una amalgamación o hibridación de especies. Aunque es lógico que hayan existido especies de dinosaurios híbridos en tiempos pasados, estos híbridos no pueden haber sido tan radicalmente diferentes de sus progenitores. ¿Cuán diferente es la mula de sus especies progenitoras, el caballo y el burro?  ¿Cuán diferente es el mastín de sus progenitores, el perro y el lobo? ¿Cuán diferente es el “ligre” de sus progenitores, el león y el tigre?  Igualmente, aunque pudiéramos suponer que en el pasado existieran especies de dinosaurios productos de hibridación, ¿cuán diferentes serían estas especies híbridas de sus progenitores?  La conclusión sigue siendo la misma, Dios creó a las especies que hoy conocemos como dinosaurios.

Siendo así, los dinosaurios, sólo pueden haberse desarrollado como una variedad dentro del propio orden de los saurios, perteneciente a la clase de los reptiles. En otras palabras, Dios creó a los reptiles y entre ellos a los saurios, de donde por la ley de adaptación o variabilidad, se originaron los grandes lagartos conocidos como dinosaurios. Recordemos que estamos usando los términos reptiles y saurios dentro de un contexto coloquial, ya que de lo contrario, tendríamos que estar usando términos como diápsidos, arcosaurios, dinosauromorfos, dinosauriformes, dinosaurios, etc.

¿De dónde surgieron entonces los dinosaurios?  De los reptiles originales que Dios creó según el relato de la Biblia y que no eran tan diferentes de sus variedades más populares. Las diferencias entre las especies originales y las variedades que de ellas se conocen como dinosaurios no deben considerarse muy significantes. 

En otras palabras, aunque es claro que especies como el famoso Tyrannosaurus rex pueden ser resultado de una variación dentro del grupo original de los Tyrannosáuridos, no es menos cierto que la especie original no debe estructuralmente haber sido muy distinta de la especie que los paleontólogos han descubierto. En otras palabras Dios creó a las especies originales de los que nosotros conocemos hoy como dinosaurios.

Siendo así, por más que no logremos entenderlo en su totalidad, la existencia de todo un orden zoológico como son las especies comprendidas en la categoría de dinosaurios, no puede encontrarse muy lejano del orden original que Dios creó como parte de la clase de los reptiles y que está atestiguado en la Biblia.

Aún, hay quienes objetan la posibilidad de que los dinosaurios hayan sido creados argumentando que Dios no habría dado origen a criaturas tan monstruosas y con características claramente adaptadas a la depredación como dientes y garras.

No obstante, frente a este argumento, es necesario aclarar en cuanto a los dinosaurios, primero que no todos eran carnívoros o depredadores, sino que la mayoría eran herbívoros y en general animales pacíficos. Segundo, que la circunstancia de que algunas especies se hayan vuelto depredadoras y que consecuentemente sus restos fósiles presenten dientes y garras impresionantes, no es un argumento válido para descartarlas como especies creadas por Dios toda vez que en la actualidad existe una cantidad inmensa de especies que presentan dientes y garras característicos y no por eso son objetadas como creadas por Dios. Tal es el caso del león, los cocodrilos, el dragón de Komodo, etc.

De ser aceptado como válido el argumento expuesto por algunas personas, tendríamos que objetar la agencia de Dios en la creación de especies como el cocodrilo, el dragón de Komodo, la orca o el mismo tiburón, todas las cuales se destacan por poseer características que los hacen ser considerados como verdaderas "máquinas de matar", sin embargo, no por esto se les ha de considerar como criaturas que no fueron creadas por Dios.

Sin ir más lejos, se puede citar el caso de Otodus megalodon, una especie extinta de tiburón y cuyos restos fósiles se han encontrado en diversas partes del mundo, especialmente en Chile. Este tiburón prehistórico llegó a medir 17 metros de envergadura, llegando a ser un depredador incluso más temible que los propios dinosaurios a los cuales de seguro podría haber devorado sin dificultad si éstos hubiesen llegado a ponerse a su alcance. Entonces, ¿sería lógico pensar que Dios tampoco creó al Otodus megalodon?  


Otodus megalodon, el tiburón al que perteneció esta mandíbula fósil, existió en el pasado,
¿Pudiéramos decir que Dios no creó a este tiburón? ¿Cómo llegó a existir entonces?

Empleando este tipo de razonamiento, no sólo cabría objetar la participación de Dios en la creación de las especies citadas, sino también con relación a numerosas especies que el mundo en general no conoce como los megaterios, mosasaurios, pterosaurios, dinoterios, indricoterios, etc., llevándonos ciertamente a concluir que la diversidad de especies que la ciencia conoce comprende un importante porcentaje de especies que Dios no creó. Ahora bien, este razonamiento deja pendiente una pregunta que se desprende necesariamente de él, a saber: Si Dios no creó a las especies terribles como las señaladas anteriormente, entonces ¿Quién las creó?  

Desde el punto de vista bíblico, no se puede eludir la agencia de Dios en la creación de animales que por alguna razón posteriormente se hicieron a sí mismos depredadores, ya que la propia inspiración establece por ejemplo, que Dios creó al leviathan, animal terrible que se encuentra profusamente detallado en el libro de Job y de quien se dice que "los ordenes de sus dientes espantan" (Job 41:14 y Salmo 104:26).

Evidentemente, pensar que Dios no creó a los depredadores no es coherente ni menos científico, de donde tampoco se puede entonces aplicar dicho argumento a los dinosaurios. En contraposición, la respuesta sobre el origen de los dinosaurios sigue siendo la misma: Dios creó a los dinosaurios.

Con todo esto, se establece que muchas de las especies que nosotros consideramos monstruosas, como los dinosaurios  por ejemplo, son el resultado de la variabilidad y de la ley de adaptación a que fueron sometidas todas las especies después de que la maldición del pecado hiciera efecto en la Tierra. Esta variabilidad en las especies dio origen a variedades más grandes o gigantes dentro de la misma especie, quizás como resultado de una ley de adaptación a la supervivencia del más fuerte y a la simple depredación entre ellas.

No obstante lo anterior, los dinosaurios que hoy la ciencia descubre en los sedimentos de la Tierra, corresponden a variedades de especies originales considerando que cualquier variedad de éstas debe haberse originado de la especie original que Dios creó en el principio. Siendo así, las especies originales y que formaban parte del plan de creación de Dios se encuentran potencialmente presentes en cada resto fósil que la Paleontología actualmente encuentra y clasifica. 

La evidencia fósil, especialmente en cuanto a los dinosaurios, no hace sino confirmar la enseñanza de la creación, a saber que las especies originales no evolucionaron en el amplio sentido de lo que se entiende como evolución, sino que se presentaron directamente en el campo de la existencia. La evidencia que hasta aquí poseen los paleontólogos no les permite dar como un hecho probado que las especies experimentaron una lenta evolución con asiento en el tiempo que nos remonte a millones de años en el pasado y que aporte evidencia de que especies dentro de un grupo específico o genérico dieron origen a otras especies de grupos diferentes. Recordemos que estamos hablando que la teoría de la evolución sostiene que desde una bacteria primigenia hace ± 3.500 millones de años atrás, llegó a existir todo el amplio espectro biológico que hoy conocemos, pasando por el propio ser humano e incluso la ballena azul. 

Hasta aquí, aún sigue plenamente vigente, por más que a muchos les pese, que la existencia de las especies no obedece a lentos procesos de evolución sino a actos espontáneos de creación. La Biblia no ha perdido vigencia al decir sobre Dios: “Por que él dijo, y fue hecho. El mandó, y existió.”  (Salmo 33:9).

CAPÍTULO 2
LA BIBLIA Y LOS DINOSAURIOS




 
¿Habla la Biblia de los dinosaurios?  Quizás la tendencia inicial sea contestar negativamente a esta pregunta, sin embargo, esto es más por desconocimiento del tema que por una realidad al respecto.

Es claro que los dinosaurios constituyen un linaje de animales que debe hacer parte de la Creación toda vez que Dios es quien hizo todas las cosas. No obstante, el término “dinosaurio” no es empleado en la Biblia ya  que el mismo fue dado a conocer formalmente sólo en 1842. Antes de eso nadie habló nunca de “dinosaurios”. Sin embargo, quizás sorprenda a muchos que en  la Biblia, la expresión reptiles y “monstruos marinos o terrestres” por ejemplo es muy utilizada, sobre todo en los primeros capítulos.

En hecho, si los dinosaurios fueron creados por Dios, debieran aparecer hacia el quinto o  sexto día creativo cuando Dios hizo las criaturas marinas y terrestres. Se entiende que en la Biblia el término alusivo a los dinosaurios se emplea de manera bastante amplia, designando a animales tanto marinos como terrestres, a diferencia del concepto que la ciencia entiende por dinosaurios y que sólo incluye animales continentales, no marinos.

De un detenido análisis del relato de la creación en la lengua original en que fue escrito, a saber el hebreo, se puede determinar que Dios efectivamente habla de la creación de reptiles y monstruos marinos:

El libro del Génesis en hebreo dice en el capítulo 1 versículo 21 que Dios creo a: התנים הגדולים  (se lee hatanim hagedolim ) que traducido es "los grandes monstruos (marinos o terrestres)". ¿Qué significa esta expresión hebrea? Según el afamado diccionario Strong, Tanim refiere a un tipo de montruo marino o terrestre, entendiendo "monstruo" como animal de gran tamaño. 

Es por ello, que muchas traducciones bíblicas al español, traducen Génesis 1:21 como sigue:

“Y crió Dios los grandes [monstruos marinos], y toda cosa viva que anda arrastrando, que las aguas produjeron según su género.”  (Génesis 1:21)

Note que las palabras encerradas entre corchetes (monstruos marinos) se traducen en algunas versiones modernas de la Biblia como “ballenas” y “serpientes” respectivamente, aunque éstas son ambiguas traducciones de lo que en verdad transmite el texto original toda vez que la expresión hebrea que se traduce “ballenas” en Génesis 1:21, es traducida como “dragones” en otros pasajes de la propia Biblia moderna como en Salmo 148:7, no obstante el mismo término vuelve a ser traducido “ballenas” en Salmo 74:13.

En Salmo 148:7 la palabra utilizada es תנינים (taninim) que es traducida por el traductor de Google como "cocodrilos", y que la Biblia hebrea traduce como "monstruos marinos". La definición amplia que da el Diccionario Strong es "monstruo marino o terrestre". La misma expresión y con el mismo sentido es utilizada en Salmo 74:13.

No son pocas las versiones de la Biblia que traducen la expresión 
תנינים (taninim) como "dragones", tal es el caso de la Biblia del Jubileo (JBS), Reina Valera Antigua (RVA) y la Versión Spanish Blue Red and Gold Letter Edition (SRV-BRG). 

Ahora bien, respecto de las versiones que traduce 
התנים הגדולים  (se lee hatanim hagedolim ) como "ballenas" , es claro que cuando pensamos en una ballena, aunque nos sorprende su tamaño, estamos muy lejos de asociarla con un dragón o siquiera con un monstruo. La expresión “dragones” que emplea la Biblia y que algunos tradujeron como “monstruos marinos”, más bien refiere a cierta clase de animales que resultaban amenazante por su tamaño a la vista del hombre. 
 
La palabra hebrea que se traduce generalmente como “dragón” en nuestra Biblia (Hebreo: tan, tanim, taninim, tannoth) aparece unas 30 veces en el Antiguo Testamento. Hay referencias a estos dragones en varios textos de la Biblia. Note por ejemplo Jeremías 51:34 en donde aludiendo al poder de un rey pagano, el escritor declara: “Me tragó como un dragón”. La expresión hebrea utilizada en Jeremías 51:34 es תנין (tanin) traducida como "dragón" y que es la misma expresión utilizada en Génesis 1:21 y que se traduce como "monstruos marinos" y en algunos casos más desafortunados como "ballenas".

De este texto, se deduce que el animal descrito como “dragón”  y al que es comparado el rey en cuestión, es reconocido como temible y poderoso.

Sin embargo, hay quienes discuten que en ese pasaje se está utilizando el recurso de referencia a un ser mitológico o inexistente. No obstante, otro escritor bíblico alude al mismo tipo de animal en comparación con un animal absolutamente real como el león, de donde se desprende que ambas especies zoológicas mencionadas pertenecían en concepción del escritor, no al mundo de la mitología sino al mundo real. En hecho, en el pasaje señalado, se describe a ambas criaturas como ejemplos de poder y bravura.

Lea Salmo 91:13. Para este texto, la expresión תנין (tanin) es traducida como "dragón" o "monstruo de la tierra". De hecho, la afamada Concordancia Strong, refiere incluso “dinosaurio” como uno de los posibles significados de las palabras hebreas tan, tannin, tannim o tannoth empleadas en los textos anteriormente señalados.

Con todo lo anterior, no se pretende decir que los dinosaurios existían en tiempos de David o Jeremías, sino tan sólo que los escritores bíblicos tenían conocimiento de la existencia de criaturas terribles a las que llamaban “dragones” y que según se desprende de toda le evidencia, correspondían en verdad a dinosaurios, que probablemente en esa época se conocían en estado fósil.


Por otra parte, el término hebreo utilizado en Génesis 1:24 רמש (remes) es que se traduce como "reptiles" o "serpientes" al español. 
 
“Y dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su genero, bestias y [reptiles] y animales de la tierra según su especie: y fue así.”  (Génesis 1:24)

Sin embargo, la traducción que vierte “serpientes” en algunos textos de la Biblia, es absolutamente inexacta, toda vez que la expresión sólo comprende un suborden de entre los reptiles, los ofidios,  mientras que el texto original busca destacar la agencia de Dios no sólo en la creación de las serpientes sino en la creación de todos los reptiles.  

En hecho, la antigua versión Septuaginta (traducción griega de la Biblia), vierte reptiles de modo general en todos aquellos lugares donde las versiones modernas de la Biblia traducen “cosa que anda arrastrando” o “serpientes”, como por ejemplo en Génesis 1:24-25 donde la Septuaginta dice literalmente:

“Y dijo Dios produzca la tierra almas vivientes según su género, cuadrúpedos y reptiles y bestias de la tierra según su género y llegó a ser así.”

“He hizo Dios las bestias de la tierra según su género, y ganado según su género, y todos los reptiles de la tierra según su género: y vio Dios que era bueno.” 

Es claro que la Biblia señala con toda certeza que Dios creó el linaje de los reptiles y entre ellos, se entiende el grupo de los dinosaurios. De una lectura de la Biblia en griego, Génesis 1:25, que a su vez traduce el original hebreo, se desprende lo siguiente:

kai epoihsen o QeoV ta Jeria  thV   ghV  kata genoV kai  ta kthnh
kata genoV   kai panta ta erpeta thV  ghV kata genoV autwn                           

Lo anterior, traducido es: "y creó Dios las bestias de la Tierra según su género y animales domésticos según su género y todos los reptiles de la Tierra según el género de ellos."

Efectivamente, la traducción griega de la Biblia (Septuaginta), vierte “reptiles” (erpeta: se lee “herpeta”), la expresión hebrea “remes”, que, comúnmente se entiende como “reptil”. Este último término es definido en un importante diccionario de hebreo como “animal que se desliza velozmente o que se arrastra, que repta”.  (Strong. Dictionary of the hebrew Bible”, The Exhaustive Concordance of the Bible (Peabody: Hendrickson, s/f). N° 7.431) . Las versiones latinas posteriores tradujeron este término como “reptilia”. Consecuentemente, en español muchas versiones adoptan la palabra “reptiles” como una correcta traducción del término original. Conceptualmente, esta es la traducción más acertada.

Todo lo anteriormente expuesto, permite concluir que si bien la Biblia no habla expresamente de los dinosaurios, si éstos deben ser comprendidos dentro del concepto "tanim" que se traduce como monstruos marinos o terrestres y “reptiles” que las Sagradas Escrituras menciona como parte de la creación original. 

Ahora, ¿por qué la inspiración habría de destacar la creación taninim (monstruos marinos o terrestres) de los reptiles en el Génesis si éstos no comprendieran una clase importante dentro de la creación?  Evidentemente, mientras que la Biblia habla de hechos importantes en términos generales, es claro que dentro de estas generalidades destaca los aspectos más significativos, de donde se desprende que siendo la creación de las criaturas terrestres un hecho descrito en términos generales, destaca dentro de sí la creación de los monstruos marinos o terrestres o incluso de los reptiles como algo de suyo importante. ¿Por qué?  Sencillamente porque éstos constituían parte importante dentro de la propia creación. De hecho, cuando Dios en diálogo con el hombre desea manifestarle sus obras más impresionantes dentro del reino animal, destaca dos especies sorprendentes, una terrestre y otra marina, que a todas luces se asemejan en mucho a lo que el mundo moderno conoce hoy en día como criaturas correspondientes a un pasado histórico remoto.

Efectivamente, en diálogo con Job, Dios lo lleva a meditar en su obra creadora y le menciona dos criaturas, hoy desconocidas y extintas, que hacían parte de la creación y que constituían su gloria:

EL BEHEMOT.- (Job 40:10-19 en la versión de 1909/versículos 15-24 en la Versión de 1960)   “He aquí ahora behemot, al cual yo hice contigo: hierba come como buey. He aquí ahora que su fuerza está en sus lomos, y su fortaleza en el ombligo de su vientre. Su cola mueve como un cedro, y los nervios de sus genitales son entretejidos. Sus huesos son fuertes como bronce, y sus miembros como barras de hierro. El es la cabeza de los caminos de Dios: El que lo hizo, puede hacer que su cuchillo a él se acerque- Ciertamente los montes producen hierba para él: Y toda bestia del campo retoza allá. Echaráse debajo de las sombras, en lo oculto de las cañas, y de los lugares húmedos. Los árboles sombríos lo cubren con su sombra; Los sauces del arroyo lo cercan. He aquí que él tomará el río sin inmutarse: Y confíase que el Jordán pasará por su boca. ¿Tomarálo alguno por sus ojos en armadijos, y horadará su nariz?”        

El libro de Job es muy antiguo y se presume que fue escrito unos dos mil años antes de Cristo. Aquí Dios describe a un gran rey de las criaturas terrestres, que por cierto no es el león o el elefante, sino algo mucho más grande e impresionante. Dios describe a un gigante herbívoro que come hierba como el buey y que aparece como un animal tremendamente poderoso. El animal es descrito con músculos muy grandes y huesos muy fuertes. De hecho, su cola es descrita como un árbol cedro. ¿Conoce Ud. un cedro?  Los cedros se cuentan entre los árboles más robustos de la naturaleza vegetal. El texto bíblico dice que el “behemot” no se asusta ni impresiona de nada, ni aún las avenidas del río o su desborde pueden atemorizarlo pues pareciera que pudiera enfrentar el mismo torrente del río sin inmutarse. En la Tierra, el sorprendente “behemot” constituye la “cabeza de los caminos de Dios”, expresión que sugiere fuertemente que el animal descrito marcha a la delantera dentro de las criaturas más poderosas que Dios haya creado. Cuándo Ud. escucha esta sorprendente descripción ¿en qué piensa?  Sencillamente es difícil no asociar la descripción de este animal con un dinosaurio, quizás un Diplodocus, un  Brachiosaurus o un Apatosaurus.

Patagotitan mayorum un formidable saurópodo encontrado en Argentina y que es actualmente reconocido como el animal terrestre más grande de la historia ¿Cree Ud. que un animal como este pudiera corresponder al Behemot de la Biblia?

¿Por qué necesariamente tendríamos que pensar en “behemot” como en un animal gigantesco?  Sencillamente porque dentro del amplio espectro zoológico que actualmente se conoce, no sólo de las criaturas que actualmente existen sino también de las criaturas que existieron en el pasado, solo los dinosaurios concuerdan con la descripción que de behemot entrega la Biblia. Piense, ¿qué animal conocido, ya sea de la actualidad o del pasado, puede ser descrito como teniendo una cola semejante a un cedro?  ¿Se conoce algún mamífero que corresponda a esa descripción?  Ciertamente ninguno. ¿Qué hay de los dinosaurios?  Cualquiera de los enormes dinosaurios dentro del grupo saurópodos que existieron en el pasado y que en su mayoría eran herbívoros, puede ser asemejado con la descripción bíblica de behemot. 

¿Qué animal o criatura pudiera enfrentar el desborde de un río sin inmutarse?  Con toda seguridad esto no pudiera hacerlo un elefante, un hipopótamo o un rinoceronte, que son los mamíferos terrestres más grandes que la  zoología conoce. Sin embargo, un saurópodo de 30, 40 o incluso 70 toneladas bien pudiera enfrentar el torrente de un río sin inquietarse.

Behemot ¿un hipopotamo?

Por supuesto que no. Actualmente, mucha gente ha pensado de manera errónea que el behemot mencionado en la Biblia pudiera corresponder a un hipopótamo o a un elefante, pero esos animales, con toda seguridad, no poseen colas que en algo pudieran asemejarse a los gruesos troncos de los cedros. Por otra parte, como se ha dicho, un hipopótamo o un elefante no pudieran enfrentar el violento desborde de un río sin inmutarse o enfrentar impávido el torrente del Jordán. Es claro además que el “behemot” no puede ser domesticado o tomado como esclavo para ser mascota, lo que sí puede llegar a ocurrir respecto de un hipopótamo o un elefante.

Es claro por otra parte, que si Dios deseara impresionar a los hombres con sus obras poderosas, no usaría ciertamente un hipopótamo o un elefante, por cuanto dichos animales si bien nos alegran con su gracia y estampa, están muy lejos de impresionarnos como algo admirable. Sin embargo, ¿qué sucedería si contempláramos un saurópodo de más o menos 40 toneladas y cuya cola efectivamente era en mucho semejante al grosor de los cedros?  Ciertamente, más que impresionados, quedaríamos atónitos, por no decir verdaderamente atemorizados. 

Un antecedente interesante a considerar es que los traductores de la Biblia, al no estar completamente seguros del tipo de animal a que refiere el término hebreo “behemot”, decidieron conservarlo sin traducción, señalando esto mismo que el animal en cuestión no correspondía a un elefante o un hipopótamo.¿Qué era el behemot?

Que behemot no era sencillamente un mamífero más de los muchos que existían en los días de Job, se desprende de lo insinuado por la observación inspirada que dice: “hierba come como buey”.  ¿Por qué debiera sorprendernos que un mamífero coma hierba “como buey”.  Ciertamente la mayoría de los mamíferos comen hierba. Sin embargo, ¿no resultaría sorprendente contemplar a un enorme reptil comiendo hierba como si fuera un buey o un rumiante?   Con toda seguridad el pavor que nos provocaría ver a un gigantesco dinosaurio de más de 30 toneladas, como el Patagotitan, se vería notablemente mitigado al comprobar que come hierba como el buey. De ahí que el escritor destaca enfáticamente: "hierba come como buey".

Todo lo anterior, lleva a concluir que “behemot” puede ser perfectamente identificado como una criatura hoy extinta y que habiendo existido en el pasado bien puede ser comparado con un animal gigantesco, un dinosaurio,  todo lo cual se desprende  de lo que la propia Biblia informa sobre este sorprendente animal y que a todas luces no se ajusta a las características de ningún animal conocido o especie zoológica contemporánea sino tan sólo a aquellas especies hoy extintas y que la ciencia conoce como dinosaurios, animales del pasado que otrora poblaron la Tierra.

Hoy en día y a falta de mayor información, la verdadera naturaleza de behemot seguirá siendo un misterio no sólo para quienes leen acerca del él en la Biblia sino también para quienes estudian las distintas especies zoológicas de nuestro mundo y para quienes la clasificación de este animal del pasado continuará sin poder esclarecerse.

No obstante, del nombre dado a estas criaturas en la Biblia podemos encontrar algo de verdad. La palabra behemot en hebreo בהמות refiere a algo gigantesco y poderoso, un poderoso animal herbívoro cuyos huesos parecen columnas de bronce y sus miembros como barras de hierro. Behemot proviene de la palabra hebrea בהמה behemah que significa bestia grande que te hacen sentir pequeño e impotente cuando estás enfrente de ella. 

La palabra hebrea behemoth tiene la misma forma que el plural del sustantivo hebreo בהמה behemah, que significa ' bestia ', lo que sugiere un significado aumentativo de 'gran bestia' o "bestia muy grande". ¿Cree Ud. que eso pudiera decirse de un hipopotamo?

EL LEVIATHÁN.- (Job 41:1-34) “¿Cortarás tú con cuchillo su cuero, o con asta de pescadores su cabeza?  Pon tu mano sobre él; te acordarás de la batalla, y nunca más tornarás. He aquí que la esperanza acerca de él será burlada; porque aun a su sola vista se desmayarán.”  “Los ordenes de sus dientes espantan. La gloria de su vestido son escudos fuertes, cerrados entre sí estrechamente. El uno se junta con el otro, que viento no entra entre ellos, pegado está el uno con el otro, están trabados entre sí, que no se pueden apartar. Con sus estornudos enciende lumbre, y sus ojos son los párpados del alba. 

De su boca salen hachas de fuego, centellas de fuego proceden. De sus narices sale humo, como de una olla o caldero que hierve. Su aliento enciende los carbones, y de su boca sale llama. En su cerviz mora la fortaleza, y espárcese el desaliento delante de él. Las partes momias de su carne están apretadas: Están en él firmes, y no se mueven.”  “De su grandeza tienen temor los fuertes”   “Cuando alguno lo alcanzare, ni espada, ni lanza, ni dardo, ni coselete durará. El hierro estima por pajas, y el acero por leño podrido. Saeta no lo hace huir; las piedras de honda se le tornan aristas. Tiene toda arma por hojarascas, y del blandir de la pica se burla. Por debajo tiene agudas conchas: imprime su agudez en el suelo. Hace hervir como una olla la profunda mar, y tórnala como una olla de ungüento. En pos de sí hace resplandecer la senda, que parece que la mar es cana. No hay sobre la tierra su semejante, hecho para nada temer; Menosprecia toda cosa alta: Es rey sobre todos los soberbios.”  

La descripción del leviathán (לִוְיָתָן en hebreo) es en mucho parecida a lo que hoy pudiera ser conocido como algunas especies de cocodrilos fósiles tales como Deinosuchus, Purusaurus o Sarcosuchus, un lilnaje de cocodrilos gigantes que llegaron a alcanzar dimensiones cercanas o incluso superiores a los 15 metros de largo, o sea vedaderos gigantes de las aguas y que según dicen los paleontólogos, existieron hace unos millones de años. 
 
La identificación de leviathán como de un cocodrilo gigantesco no es antojadiza y se desprende de lo expresado por los mismos escritores bíblicos quienes refieren a él como un “reptil marino”.  En hecho, aunque la traducción bíblica de Isaías 27:1, por ejemplo, habla de leviathán como de una “serpiente” marina, que de hecho es un reptil perteneciente al orden de los ofidios, no menos cierto es que el escritor bíblico en ese pasaje utilizó una expresión genérica que no sólo refiere a los ofidios sino a todos los reptiles.

En hecho, la existencia del leviathan, junto a otras especies de “dragones”  o monstruos del mar, es mencionada incluso en épocas muy posteriores, unos 1.000 a 800 años antes de Cristo, como se puede apreciar en Isaías 27:1; Salmo 104:126 y Salmo 74:13-14. Recuerde que cuando el texto usa el término “ballenas”, el original expresa “monstruos marinos” sin que éstos necesariamente sean “ballenas”.  

La diferencia de los “dragones” y  “monstruos marinos”  que menciona la Biblia con los “dinosaurios” que menciona la ciencia, radica sólo en el tiempo en que se dice que éstos vivieron. Mientras que la Biblia afirma que los “dragones” fueron contemporáneos del hombre y que en hecho existieron hasta hace sólo unos miles de años atrás, la ciencia afirma que sus “dinosaurios” vivieron hace más de 65 millones de años en el pasado. Es más, la Biblia enfatiza que en los tiempos antediluvianos, es decir hace unos 4.500 años atrás, el orden de los reptiles era importante dentro del espectro zoológico de la Tierra ya que los menciona especialmente en Génesis 6:7, 20; 7:14, 21;  8:17, 19.

Es interesante destacar también que en la versión King James de la Biblia, el término “dragón” es empleado más de 20 veces, muchas de ellas con referencia a animales que fueron contemporáneos del hombre.  Lo anterior, es significativo si analizamos que antes de que la palabra “dinosaurio” fuera acuñada por el Sr. Richard Owen en 1841, el término dragón era empleado para referir a un animal de gran tamaño, en mucho superior a un elefante, y que causaba la admiración y temor de los hombres.

Interesantemente, la palabra “dragón” que es empleada en nuestras Biblias, bien pudiera ser sinónimo de “dinosaurio”. En hecho, algunos estudiosos sostienen que los dinosaurios eran llamados en verdad dragones antes de que fuera acuñada la palabra "dinosaurio" en el año 1841 y dada a conocer formalmente en 1842. Ciertamente, no esperaríamos encontrar en la Biblia una palabra o nombre atribuible a los grandes reptiles y que fue propuesta más de dos siglos después de que ésta fuera traducida al español, como la versión Reina – Valera.

- Behemot y Leviathán

Resulta interesante destacara que mientras Dios destaca a Behemot como un gigante herbívoro, destaca por otra parte a Leviathán como un gigante carnívoro. ¿Qué eran en verdad estos animales? De momento sólo podemos conjeturar y aventurar explicaciones, pero no resulta difícil pensar en ellos como representantes de los dinosaurios herbívoros y carnívoros que nos asombran al ser representados en el cine o en los libros de ciencia.

El hecho innegable de que tanto la expresión "behemot" como "leviathán" son expresiones hebreas que no se tradujeron a ningún idioma, deja ver que no existen animales actuales con los cuales puedan ser asociados estos dos animales. Quienes señalan que behemot es un hipopótamo, rinoceronte o elefante y que leviathán es un cocodrilo o serpiente, sólo aventuran la identificación de dos animales que no es posible identificar dentro del espectro zoológico actual.

Tanto behemot como leviathán son animales que existían en los días de Noé y que sin embargo hoy en día no existen. ¿Qué animales pueden ser estos?  Piense Ud. en esto y no será difícil concluir que estos animales eran en realidad representantes de los antiguos dinosaurios.

LOS DINOSAURIOS 
EN EL CONTEXTO DE LA CREACIÓN

¿Vivieron Adán y nuestros antepasados en medio de temibles dinosaurios?  Claro que no. Evidentemente a muchas personas se les hace difícil pensar que Dios haya creado a los dinosaurios y que en este contexto Adán y nuestros primeros antepasados, tuvieran que convivir con dinosaurios peligrosos en el Edén. Este planteamiento, ha llevado a muchos estudiantes de la Biblia a pensar que en realidad los dinosaurios no formaban parte del plan original de Dios.

Lo anterior no deja de ser atendible cuando pensamos en los dinosaurios como seres temibles y que siempre parecieran estar acechando a su presa para devorarla. Pareciera ser que la figura aterradora de Tyrannosaurus rex, Allosaurus, Barionyx, Carnotaurus y otros depredadores gigantes del Jurásico y Cretácico, fueran como la personificación misma del mal y la crueldad, no obstante, esta imagen sólo es la que el cine o la televisión nos han entregado fuera de su verdadero contexto. En la práctica, los dinosaurios no eran más crueles o malvados que los leones o tigres de la actualidad, quienes al igual que los reptiles de antaño, viven de la depredación.

Por otra parte, cuesta pensar que Dios haya creado deliberadamente criaturas con garras, dientes y un tamaño aterrador como parte de aquellas cosas de que la Biblia dice que eran buenas en gran manera. Todo esto, ha llevado a pensar a muchas personas que probablemente Dios no haya creado directamente a los dinosaurios.

Sin embargo, cuando enfrentamos esta objeción por parte de algunos cristianos, debemos necesariamente preguntar: ¿cuál es el argumento fundamental que impele a rechazar a los dinosaurios como parte integrante de la creación divina en el principio?

Huelga decir, que aparte de que los dinosaurios son considerados "monstruos" por su tamaño, sus garras y sus dientes, no existe otro argumento que se presente como fundamento para rechazar la agencia de Dios en la creación de éstos. ¿Cómo pudiera Dios haber creado “monstruos”?  

Ciertamente, quienes esgrimen estos argumentos, desconocen una serie de datos e información acerca de los dinosaurios que hablan de ellos no simplemente como “monstruos” sino como un orden zoológico sorprendente y que a todas luces debe haber engalanado la creación. Por otra parte, es sabido que de entre las más de 300 especies de dinosaurios que la Paleontología actualmente conoce, se estima que sólo un 5 % era de naturaleza carnívora.

Sin duda la Biblia habla de que Dios creó seres que en la actualidad se nos antojan como monstruos, no porque Dios los haya concebido de esa manera sino porque la degradación natural que trajo consigo el pecado, los llevó a experimentar cambios sorprendentes que a todas luces no estaban en el propósito original de Dios, como la adaptación circunstancial de algunas especies que los llevó naturalmente a desarrollar garras y dientes temibles, tal como las rosas desarrollaron espinas.

Si asumimos que los dinosaurios fueron creados, se hace lógico pensar que estas criaturas fueron contemporáneas del hombre conviviendo en un ambiente común. Esto nos lleva a preguntar inmediatamente: ¿Vivieron Adán y nuestros antepasados en medio de dinosaurios?

Resulta difícil imaginar al primer hombre desarrollando su vida en un ambiente rodeado de distintas especies de dinosaurios, entre los cuales algunos eran notablemente temibles como Tyrannosaurus, Allosaurus, Carnotaurus, Deinonychus, etc.

Lo anterior, porque cuando tratamos de imaginar el mundo antediluviano o el paradisiaco Edén, lo hacemos a la luz de los parámetros que conocemos y en la perspectiva del mundo que conocemos. Dentro de esta perspectiva, pudiera incluso resultar difícil imaginar las rosas sin espinas, los leones sin sus temibles dientes y garras o un cocodrilo sin su natural actitud de acecho. No obstante, el mundo tal como Dios lo creó para habitación del hombre y de todas las especies era en mucho diferente al mundo que actualmente conocemos, no guardando en amplios aspectos relación alguna.

Es muy probable que dentro de las criaturas que Dios hizo comparecer delante del hombre y para que les pusiera nombre, se encontraran algunas especies de dinosaurios, los cuales más tarde y como resultado del pecado y de la degeneración natural que éste produjo sobre los animales, se convertirían en los lagartos terribles que hoy la Paleontología descubre y conoce.

No obstante lo anterior, es necesario tener claro que la naturaleza con su estado de degradación que trajo sobre el mundo el Diluvio, degradación entre la cual proliferaron los lagartos poderosos, no constituía evidentemente el plan de Dios, haciendo parte de la corrupción resultante del pecado.

En hecho, el desproporcionado tamaño alcanzado por los dinosaurios y que los llevó a adquirir en algunos casos gigantescas dimensiones, no es sino el resultado probable de la longevidad de esta clase en concomitancia con la capacidad de los reptiles de crecer durante toda su vida, rasgo que no se aprecia en otras clases de animales, razón por la cual los dinosaurios se convirtieron en el orden predominante en la Tierra.

Que la creación comprendía especies animales que hoy consideramos monstruosas, se hace claro en el caso específico de leviatan, especie que sin duda la Biblia informa fue creada por Dios, no obstante, sus características en mucho son comparables a las de un Tyrannosaurus rex (vea Salmo 104:26).

Tal conclusión, a saber, que monstruos rayanos en lo prehistórico, hayan formado parte de la hermosura de la creación edénica, no es un pensamiento extraño en los escritos de personas inspiradas:

“El libro de la naturaleza, al desplegar ante ellos sus lecciones vivas, les proporcionaba una fuente inagotable de instrucción y deleite. El nombre de Dios estaba escrito en cada hoja del bosque y en cada piedra de las montañas, en toda estrella brillante, en el mar, el cielo y la tierra. Los moradores del Edén trataban con la creación animada e inanimada; con las hojas, las flores y los árboles, con toda criatura viviente, desde el leviatán de las aguas, hasta el átomo en el rayo del sol, y aprendían de ellos los secretos de su vida. La gloria de Dios en los cielos, los mundos innumerables con sus movimientos prefijados, "las diferencias de las nubes", los misterios de la luz y el sonido, del día y de la noche, todos eran temas de estudio para los alumnos de la primera escuela de la tierra.” (Elena G. de White, La Educación, pág. 21)

“Toda criatura viviente era familiar para Adán, desde el poderoso leviatán que juega entre las aguas hasta el más diminuto insecto que flota en el rayo del sol. A cada uno le había dado nombre y conocía su naturaleza y sus costumbres.” (Elena G. de White, Patriarcas y Profetas, pág. 33)

¿Podríamos decir entonces que Adán vivía en medio de Tyrannosaurus, Apatosaurus y Triceratops?  Es muy probable que no. Los dinosaurios que hoy conocemos sólo en esencia correspondían a los que Dios creó, así como el gran tiburón blanco de la actualidad, una verdadera máquina asesina, sólo en esencia corresponde a la especie que originalmente Dios creó en el principio.

En este sentido, es necesario comprender que la ferocidad, tamaño e instinto agresivo de algunos dinosaurios es el resultado evidente de la depravación causada por el pecado sobre el mundo natural, de donde se hace claro que los dinosaurios no eran en principio lo que llegaron a ser más tarde. Más allá de que sólo algunas especies se hicieron depredadoras. La mayoría de las más de 1000 especies de dinosaurios que hoy la ciencia conoce eran en verdad pacíficos y herbívoros, de donde por más que Adán o sus descendientes llegaran a tener contacto directo con dinosaurios, lo más seguro es que Apatosaurus, Brachiosaurus o Triceratops, no representaran ningún peligro para sus vidas en sus formas originales.

Cuando hablamos de "formas originales" nos referimos a la raíz de la cual surgieron posteriormente los grandes dinosaurios. En principio, las formas originales de dinosaurios eran más bien pequeñas, no más grandes que un canguro o un avestruz. ¿Es esto una especulación gratuita? Por supuesto que no. Aún la ciencia sostiene que los primeros dinosaurios, o los dinosaurios más antiguos y de los que proceden todos los dinosaurios conocidos, no eran más grandes que un cocodrilo o un dragón de Komodo actuales. Este es el caso de Herrerasaurus, Eoraptor, Staurikosaurus, etc. los dinosaurios más antiguos de que se tiene noticia y que se cree dieron origen a todos los linajes de dinosaurios que hoy conocemos, incluído Tyrannosaurus, Allosaurus, Brachiosaurus, etc.

¿Sabía Ud. que hoy en día la ciencia cree que los grandes dinosaurios como Brachiosaurus, Argentinosaurus o el increíble Patagotitan que podían llegar a medir más de 20 metros de longitud y pesar más de 30 toneladas en realidad surgieron o evolucionaron a partir de Eoraptor, un pequeño dinosaurio no más grande que un antílope?

Por otra parte, los mismos dinosaurios originales, como Herrerasaurus, Eoraptor o Staurikosaurus, se cree, según la ciencia, que derivan de formas aún más pequeñas como los silesáuridos, un grupo de dinosauriformes anterior incluso  a los propios dinosaurios y que no eran más grandes que un avestruz.

Siendo así, la idea de que los dinosaurios originales o formas primigenias dentro del linaje no eran gigantes carnívoros o animales de 50 toneladas, no es una locura pensada por quienes tratan de amoldar sus ideas a la Biblia, sino que son enseñanzas sostenidas actualmente por la propia ciencia. ¿Cómo entonces llegaron los dinosaurios a alcanzar tamaños tan grandes? Según la ciencia, por las mismas razones que deja ver la Biblia, la adaptación a un medioambiente cambiante y que según la ciencia se produjo a lo largo de millones de años y según la Biblia fue el resultado del trastorno del mundo producto de la entrada del pecado. El mismo trastorno que llevó a que las rosas generaran espinas y púas en los cactus.

¿HABITÓ EL HOMBRE JUNTO CON LOS DINOSAURIOS?

Una y otra vez quienes esgrimen la teoría de la evolución, aseguran que no se han encontrado restos de hombres en sedimentos donde se han encontrado restos fósiles de dinosaurios. Esto, según concluyen, permite sostener categóricamente que los hombres y los dinosaurios no habitaron en el mismo espacio y tiempo. De hecho, se asegura que la existencia de unos y otros está positivamente separada por millones de años.

Lo anterior y obviando el aspecto del tiempo, nos lleva a pensar que probablemente hombres y dinosaurios no hayan habitado en los mismos lugares tras la entrada del pecado. Es sabido que una vez que el hombre cayó en pecado, la natural armonía que existía entre éste y los animales se rompió perdurablemente, no existiendo a partir de entonces el ambiente de confianza que los mantenía conviviendo unidos. Los animales, entre ellos las especies originales de dinosaurios, deben haber buscado lugares apartados del hombre para vivir y poco más tarde haberse disociado incluso de otros animales, iniciándose así un ambiente de hostilidad y más tarde de depredación entre ellos.

Es seguro que los dinosaurios, debido a sus características propias, habitaron nichos ecológicos distintos a otras especies animales, entre ellos los mamíferos. Es muy probable que las distintas especies animales se hayan alejado considerablemente del hombre teniendo delante de ellos todo un mundo para habitar, distanciándose territorialmente también de otros animales para habitar lugares que les fueran favorables, sugiriendo esto un arreglo bien diferente de las formas de vida en la tierra anterior al Diluvio.

Que los dinosaurios hayan buscado lugares más templados y ubicados preponderantemente hacia el centro de nuestro planeta o Ecuador se hace evidente a partir de los hallazgos paleontológicos que indican la presencia de dinosaurios mayormente en los territorios de Argentina y Estados Unidos, dos bloques continentales que probablemente estaban unidos en un tiempo ancestral según se desprende de la conformación geográfica que ambos evidencian y además del cordón terrestre que hoy se conoce como América Central y que a toda luces denuncia un pasado en que ambos territorios estaban unidos.

Esta teoría de la deriva continental, en otros términos, es compartida por la moderna Geología, evidenciando que las especies compartían nichos ecológicos que en algún momento en el tiempo sufrieron un dramático cambio.

Siendo así y considerando que en un ambiente de intenso calor y humedad como debe haber sido en los sectores cercanos al Ecuador, los mamíferos deben haber sido escasos no pudiendo prosperar al no tener mecanismos que les permitieran deshacerse del calor del cuerpo eficientemente, es lógico que aparte del hombre, los dinosaurios convivieran a su vez con muy pocos mamíferos, la mayoría seguramente de tamaño muy pequeño con una tasa de metabolismo muy alta. Esto explicaría porque no se encuentran mamíferos de gran tamaño junto a depósitos fósiles de dinosaurios y sin embargo si se asocia con ellos a animales más pequeños como pudieran ser algunas especies de ratas, topos o comadrejas.

Lo anterior, se observa claramente al comparar las faunas de las sabanas africanas y la selva del Matto Groso en la cuenca sudamericana. Mientras que en Africa, al amparo de un ambiente más seco, prolifera toda clase de mamíferos como elefantes, jirafas, búfalos, antílopes, leones, etc., en la selva del Matto Groso se observa escasa presencia de mamíferos y en cambio proliferan los reptiles, anfibios y aves. Igualmente y por lo difícil que se hace la supervivencia, la presencia del hombre es escasa en este lugar.

Por otra parte, la natural tendencia del hombre a vivir en comunidades, lo llevaría a vivir en lugares apartados de los animales, especialmente de aquellos que con el tiempo se volvieron feroces o temibles, sin duda los dinosaurios, habitando unos y otros en ambientes distintos para encontrarse raramente entre ellos tal como sucede hoy en día en los lugares en que aún convive el hombre con los animales salvajes como en Africa.

Todo lo expuesto permite concluir, que el hombre y los dinosaurios si bien compartieron el mundo antiguo en un mismo espacio de tiempo, lo más probable es que habitaron nichos ecológicos distintos, no encontrándose con mucha frecuencia.

Más allá de eso y cuando los seres vivientes, como los dinosaurios, se volvieron criaturas ingobernables y peligrosas en extremo, es razonable pensar que Dios haya determinado la extinción de ellas, conservando sólo a aquellas que no habrían de representar una amenaza para las generaciones humanas posteriores. El Diluvio habría de sepultar para siempre a los dinosaurios y su recuerdo sólo habría de quedar permanentemente grabado en el registro fósil.

Por otra parte y si bien hoy en día muchas personas se preguntan cómo es que Dios pudiera haber establecido la morada del hombre en medio de grandes reptiles, lo cierto es que cada vez que procuramos alcanzar una respuesta a tan lógica interrogante, lo hacemos con base a lo que actualmente conocemos de estos animales, los datos que aporta la moderna Paleontología. Estos datos, que nos informan del tamaño, dieta, clasificación y evolución de los dinosaurios, en realidad nos informan de especies que alcanzaron tal nivel de desarrollo como resultado del pecado y tras un período aproximado de 1500 años, circunstancias que los llevaron a experimentar severas variaciones morfológicas y estructurales como consecuencia de la maldición que Dios pronunció sobre el mundo natural y que llevó a que las especies originales de dinosaurios y que Dios creó en el principio, sufrieran importantes cambios en tamaño, características y dieta alimenticia, llevando a que un porcentaje menor de estos reptiles se convirtieran en voraces depredadores.

Los dinosaurios que Dios creó no eran una estirpe de lagartos terribles sino una clase distinta dentro de la propia creación y que obviamente hacía parte de las cosas buenas de un mundo paradisíaco, no obstante, la intrusión del pecado echó a perder la natural armonía que existía en todas las cosas, transformó como consecuencia a los dinosaurios en una clase monstruosa e hizo de algunos de ellos depredadores innatos, no como parte del plan de Dios sino sólo como resultado del desequilibrio resultante de la transgresión del hombre.

En consecuencia, cuando la vida del hombre se vio amenazada permanentemente por esta clase de animales, sumado a la propia depravación del hombre, es presumible que Dios viera de todo punto de vista necesaria la completa extinción de las especies como resultado del Diluvio. Desde entonces, la existencia de los dinosaurios sólo se evidencia a través del registro fósil.

Las circunstancias que motivaron la completa desaparición de los dinosaurios y por qué fueron señalados para su extinción no las conocemos plenamente desde el punto de vista bíblico, lo que evidentemente no debe ser un obstáculo para inferir que su peligrosidad creciente haya determinado que fueran seleccionados para su exterminio final.

VARIABILIDAD, ADAPTACIÓN Y EVOLUCIÓN

Es claro que muchas veces al considerar la variabilidad de las especies y su natural adaptación al entorno, se tiende a confundir estos aspectos con rasgos atribuibles a una evolución. Sin embargo, variabilidad, adaptación y evolución son conceptos totalmente distintos. Mientras que la variabilidad no es otra cosa que el resultado de la natural adaptación de las especies al entorno que las rodea, la evolución en cambio es un proceso por medio del cual se cree que las especies pueden transmutarse natural y espontáneamente en distintas especies, género, orden o clase.  

Aunque Charles Darwin sostenía que la propia variabilidad de las especies es la que determina su evolución, lo cierto es que nunca llegó a demostrar su particular hipótesis y aunque la misma ha alcanzado el nivel actual de teoría, es claro que no cuenta con los elementos de prueba que se requieren para considerarla como un hecho científicamente probado.

Sobre el concepto de adaptación, una publicación refiere lo siguiente:

“El concepto de adaptación de los animales a sus entornos es muy sencillo; simplemente, significa que un determinado ser vivo es apto para vivir donde vive. Adaptación es toda característica que permite a un organismo existir bajo las condiciones impuestas por su habitat, hacer perfecto uso de los nutrientes y de la energía, del calor y de la luz disponibles en la comunidad, y conseguir protección contra los enemigos y las variaciones climáticas. Las piezas de las bocas de varios peces corrientes constituyen buenas ilustraciones de cómo las mandíbulas y los dientes pueden adaptarse a los distintos modos de alimentarse. Muchos peces, como la trucha, tienen fuertes y prominentes mandíbulas muy bien dentadas, adaptadas para atrapar las presas, mientras que otros, como el caballito de mar, poseen unas bocas que son poco más que unos agujeros por los que se cuela el alimento. Se trata claramente, de distintas adaptaciones. En realidad, todo ser vivo es un manojo de adaptaciones, en su mayoría muy poco visibles, pero que les permiten sobrevivir y reproducirse.

Las distintas adaptaciones de las especies probablemente surgieron como consecuencia de la acción del propio ambiente que actuó como un cedazo sobre las variaciones genéticas accidentales que cada especie normalmente experimenta.” 

“En general, existen tres clases de adaptaciones: estructurales, fisiológicas y de comportamiento.” [1]

Los animales y en general las especies varían como una forma de adaptarse a su entorno, pero no evolucionan. La variabilidad da origen a diferencias marcadas dentro de una misma especie pero sin que éstas trasciendan el contexto de su propio género, orden o clase. En estado salvaje se puede observar por ejemplo numerosas variedades de oso sin que éstas trasciendan los límites de su propio género. Si bien el oso polar (Ursus maritimus) presenta diferencias muy marcadas respecto a otras variedades de oso (Ursus arctos, Ursus americanus, Ursus malayanus, etc.) es claro que esta variedad ártica no ha llegado a ser tan diferente a otras variedades dentro de su mismo género, evidenciándose al comprobar que puede llegar a haber fecundidad entre las diversas variedades. Igualmente, en estado doméstico, podemos hablar de distintas variedades de perro pero no de distintas especies de perro. La fecundidad que se observa entre las distintas variedades dentro de una misma especie establece claramente que éstas no han trascendido el umbral de su propio género y especie sino que la variabilidad se manifiesta como adaptación a algún tipo de exigencia natural o artificial pero sin que se pueda llegar a hablar de evolución o transmutación en una especie de un género distinto.

Por más que los perros puedan experimentar una variabilidad producto de causas naturales o artificiales, nunca dejarán de ser perros. Nunca el perro se transmutará en un animal de un género, familia, orden  o clase diferente. El perro nunca evolucionará en otro animal distinto a un perro.

Que las especies varían pero no evolucionan se hace claro al considerar algunas especies actuales y que sin embargo evidencian un registro fósil. Tal es el caso de especies como el cocodrilo, el tiburón y algunas especies de peces que ha pesar de poseer “millones de años” de historia, no han  evolucionado en absoluto respecto a sus hipotéticos y  prehistóricos antepasados.

El caso de los tiburones es característico. Se dice que el orden de los selácidos y particularmente de los escualiformes, al que pertenecen los tiburones, apareció ya en la Era Paleozoica haciéndose muy prolífico en el período Devónico, hace unos 400 millones de años. No obstante, los restos fósiles de estos peces en comparación con ejemplares modernos, permiten apreciar que los tiburones actuales verdaderamente no han evolucionado nada respecto a los ejemplares encontrados en estado fósil. Tiburones antiguos y modernos son  increíblemente semejantes. En otras palabras los tiburones de hoy son prácticamente idénticos a los tiburones de hace 400 millones de años atrás.  Los científicos aseguran que los tiburones se han mantenido sin evolucionar durante casi 400 millones de años lo que evidentemente no concuerda en nada con el planteamiento general de la teoría de la evolución.

Algo semejante ocurre con los cocodrilos. Estos animales están en sus orígenes muy emparentados con los dinosaurios y sin embargo, a más de que son rastreados a partir del período Jurásico, en la Era Mesozoica, hace unos 200 millones de años, se hace claro que las variedades de cocodrilos que existen hoy son exactamente iguales a las del pasado, no verificándose en estos grandes reptiles ningún rasgo de evolución. A más de que existen diferencias de tamaño al comparar un Deinosuchus, Fobosuchus o Sarcosuchus con respecto a las especies actuales, los cocodrilos de hoy son extraordinariamente semejantes a los cocodrilos del pasado Jurásico o Cretácico. Una vez más los científicos alegan que en estos casos la evolución se ha detenido. 

Por otra parte, también se debe considerar las especies que por sus características son consideradas “fósiles vivientes”. De manera general los paleontólogos llaman de esta manera a los seres que supuestamente han sobrevivido períodos geológicamente muy prolongados, en ocasiones de cientos de millones de años, presumiblemente sin haber alterado en nada sus formas. Aunque la ciencia no suele hacerse muchas preguntas respecto a estos “fósiles vivientes”, lo cierto es que en el caso de estos especímenes, el proceso de evolución parece virtualmente haberse detenido. 

Llama la atención el hecho de que no son pocas las especies que evidencian no haber evolucionado a lo largo de millones de años. Entre los peces son considerados fósiles vivientes algunos ejemplares de los géneros Polypterus, cuyos fósiles se rastrean desde el período Devónico. Ereptoichtys,  Amia (desde el Cretácico) o Chanida.  

¿Son estos ejemplos casos aislados dentro de las especies?  Por supuesto que no. Un caso notable es el del celacanto (Latimeria chalumnae), un pez que según se cree apareció en el período Devónico hace unos 400 millones de años y que habría proliferado especialmente en el período Carbonífero. Los científicos llegaron a enseñar que el celacanto se había extinguido hace unos 65 millones de años, no obstante un ejemplar vivo fue capturado hace no más de 70 años. 

El 22 de diciembre de 1938, Marjorie Courtenay-Latimer, conservadora del museo local, descubrió entre la pesca descargada en los muelles de la ciudad de East London (Sudáfrica), un pez cuyo rasgo más distintivo era la posesión de aletas lobuladas (los peces normales tienen aletas con radios). El asombroso parecido de este pez con los fósiles de celacanto, permitió su rápida identificación. El segundo ejemplar de celacanto apareció a finales de 1952 en las Islas Comoras, situadas en el Océano indico, entre Madagascar y Mozambique. La aparición de nuevos ejemplares en años sucesivos confirmó la existencia de una población estable de la especie en el archipiélago. Hasta el año 1998 se pensaba que ésta era la única población de celacantos existente en el mundo. De nuevo, el mundo científico se sorprendió cuando Mark V. Erdmann, biólogo de la Universidad de California en Berkeley demostró la existencia de celacantos en Manado Tua, una de las Islas Célebes (Sulawesi, Indonesia). Las Islas Célebes se encuentran a casi 10.000 kilómetros de distancia de las Islas Comoras. Por lo tanto, este descubrimiento extendía de forma considerable la distribución geográfica del celacanto, que bien podría contar con varias poblaciones a lo largo del Océano Indico o incluso en otros mares.

El estudio del celacanto y de los ejemplares conocidos en tiempos modernos ha permitido determinar una sorprendente semejanza con aquellos que son descritos por la Paleontología en estado fósil. Los científicos una vez más han debido admitir que en el caso de este fantástico pez pareciera no haberse registrado ningún proceso de evolución. 

Entre los moluscos marinos, se puede citar el caso de las trigonias, cuyas formas se han mantenido inalteradas desde el período Triásico. También se puede citar  al gasterópodo Pleurotomaria cuyos ejemplares más tempranos son atribuidos al período Jurásico. 

Lo mismo se puede decir de algunos órdenes de braquiópodos, seres muy parecidos a los moluscos bivalvos y que son atribuidos a la Era Paleozoica. Igual sucede con el crustáceo Límulo que se presume existe desde el período Cámbrico, hace unos 550 a 590 millones de años, sin  haber experimentado cambio o evolución alguna. 

Dentro de los vertebrados podemos citar al Tuatara (Sphenodon punctata), reptil que actualmente vive en Nueva Zelanda y que s e presume existe desde el período Triásico. 

Con los insectos ocurre otro tanto. Los insectos que se conocen en estado fósil son idénticos a los que existen en la actualidad a más de que algunos de ellos han sido considerados como poseyendo una antigüedad superior a los 50 millones de años. Los mosquitos de hoy son exactamente iguales a los de millones de años atrás. De hecho, respecto a los insectos es muy difícil hablar de evolución porque no se conoce antecedentes que permitan avalar este suceso.

Todo lo expuesto a más de un sinnúmero de otros casos, también en el reino vegetal, hace evidente que si bien las especies animales han experimentado importantes casos de variabilidad, dicha variabilidad no pasa más allá de ser una alternativa de adaptación a un entorno siempre cambiante y que sometía a las especies a rigores diversos.  No obstante, dicha variabilidad no constituye la base de una hipotética evolución sino tan sólo la natural respuesta de las especies a un mundo en progresivo cambio.

Los científicos han pretendido explicar la existencia de “fósiles vivientes” argumentando que algunas especies no son afectadas por las condiciones de su entorno al haberse adaptado perfectamente a su medio ambiente natural. Siendo así, se habla de seres “especialistas” o “generalistas”. Los “especialistas” son aquellos que están sujetos a constante cambio, se modifican frecuente e intensamente, adaptándose de manera exitosa a condiciones de vida y ofertas alimenticias muy determinadas. Los “generalistas” por contraposición son seres que apenas se modifican y experimentan poco o nada de cambio en millones o cientos de millones de años. 

No es extraño que los científicos alimenten la creencia de que las especies “generalistas” o formas geológicamente longevas son capaces de sobrevivir períodos prolongados de tiempo, millones de años, sin apenas experimentar cambios por haber encontrado un nicho biológico adecuado. Sin embargo, este argumento se ve refutado por la propia teoría de que los mismos nichos no permanecen estables a lo largo de millones de años o prolongados períodos geológicos. 

Como parte del mundo natural de la antigüedad, los dinosaurios fueron sometidos a las mismas leyes y exigencias que las demás especies debiendo igualmente adaptarse a las condiciones siempre cambiantes. 

La variabilidad que estos animales experimentaron fue su natural respuesta a un nuevo entorno tras la entrada del pecado y con ello del consiguiente desequilibrio en la Tierra. Estas criaturas no evolucionaron sino tan sólo se adaptaron a un nuevo campo de existencia. La adaptación que el medio ambiente requirió de ellos no comprendió millones de años en un lento proceso de evolución sino más bien dio lugar a una rápida respuesta y adaptación. 

Esta adaptación se verificó en el transcurso de no muchas generaciones y dio lugar a que los seres rápidamente se habituaran a nuevas condiciones de vida. La evidencia reportada por especies cuyo registro fósil no evidencia evolución, así como el testimonio de los así llamados “fósiles vivientes”, permite apreciar que adaptación no es un sinónimo de evolución sino sólo evidencia de que las especies comprenden una capacidad de supervivencia que está inserta en su estructura genética y que las llevó a experimentar en algunos casos cambios definitivamente sorprendentes.

Los dinosaurios no escaparon a este inesperado proceso de adaptación que les fue impuesto por la sentencia que Dios pronunció sobre el mundo natural, experimentando cambios fisiológicos y estructurales que les permitieron sobrevivir después de la creación y hasta el momento mismo del Diluvio, cambios que han quedado por siempre grabados y testimoniados en los restos fósiles de estos lagartos terribles. 

¿CÓMO PUDIERON VARIAR TANTOS LOS DINOSAURIOS
DESPUÉS DE SU CREACIÓN?

Es claro que los dinosaurios hacen parte de la creación y en este contexto es factible suponer que en cada especie encontrada  y clasificada por la Paleontología se encuentra presente de manera potencial la especie original que Dios creó, aunque evidenciando por supuesto las variaciones propias que se produjeron tras la entrada del pecado.

Frente a esto cabe preguntar: ¿Hasta qué grado se puede pensar que los dinosaurios experimentaron una variación tras la entrada del pecado? Como primer punto es necesario aclarar que cualquier grado de variabilidad que se pretenda establecer es limitado y difícil de determinar con precisión toda vez que no es posible cuantificar hasta qué punto cualquier especie animal actual o extinta conserva los rasgos originales que Dios le imprimió al momento  de su creación, rasgos que en mayor o menor medida se fueron borrando con el transcurso del tiempo y hasta la ocurrencia del Diluvio.

La ciencia ha demostrado que las especies poseen una gran capacidad de variación y que eventualmente pueden llegar a producir nuevas variedades dentro de la propia especie, no obstante, no es posible asumir que la variabilidad de cada especie de origen a la aparición de rasgos morfológicos u órganos que estructuralmente excedan en mucho los lineamentos generales de cada una de ellas. 

Hasta aquí, no es posible determinar cuánto habrán cambiado los dinosaurios después de la creación. Los fósiles de que se dispone, en su mayoría, corresponden a animales que se extinguieron en ocasión del Diluvio más de mil años después de la creación.

Por otra parte, no es posible tampoco determinar con claridad cuánto tiempo se requirió para que se manifestaran en las especies cambios decididos y que llevasen a que algunas de ellas, como en el caso de algunos dinosaurios, se transformaran en verdaderos lagartos terribles. Sin embargo y a partir del registro bíblico, se deduce que la variabilidad requerida debió producirse en un lapso más bien corto, de a lo menos 1500 años, desprendiéndose que los cambios degenerativos observados especialmente en las especies que se hicieron carnívoras o depredadoras pueden haber sido muy rápidos, aspecto que no es rebatido necesariamente por la ciencia.

No es posible determinar cuándo es que producto de la maldición divina que pesa sobre la Tierra, los efectos de ésta se dejaron ver en el mundo natural. Cuándo es que comenzaron a aparecer las espinas y cardos en los vegetales o cuándo los animales superiores, entre ellos los dinosaurios, comenzaron a desarrollar características depredadoras o gigantescas como parte del desequilibrio general a que fue sometido el mundo natural. 

Es probable que dichos cambios hayan sido rápidos y que no requiriesen en verdad de millones de años como enseña la ciencia. Siendo así, todos los aspectos que dicen relación con dientes y garras en los depredadores, es presumible que se desarrollaran en el transcurso de a lo menos mil años, llegando a su grado límite alrededor de 1500 años después de la creación, motivo que trajo consigo el Diluvio. La Sagrada Escritura deja entender que no sólo el hombre había corrompido su camino a la vista de Dios sino también los animales. El mundo natural en mucho ya no correspondía a lo que Dios había inicialmente previsto como algo bueno en gran manera y muchos animales se habían corrompido en su camino. [Génesis 6:11-13]

Los rasgos que muchos de estos animales desarrollaron tras la entrada del pecado los llevó a ser clasificados de manera simple como “limpios” o “inmundos” y a ser seleccionados por Dios de manera diferenciada para su salvación en el arca en ocasión del Diluvio.

En algunos de estos animales se evidenciaron cambios tan drásticos que no fueron incluidos entre las especies a ser salvadas de las aguas del Diluvio y en consecuencia se decretó su extinción.

Al respecto, una autora señala:

“Las cosas de la naturaleza que ahora contemplamos nos dan apenas un débil concepto de la gloria del Edén. El pecado afeó la belleza de la tierra, y por doquiera pueden verse los estragos del mal.” [1]

Difícilmente la ciencia o el genio humano podrán concebir en su justa medida qué cambios se requirieron a fin de que la naturaleza llegase a adquirir los rasgos que se distinguen en el registro fósil, no obstante es claro que mucho de lo que verdaderamente ocurrió en el período antediluviano sólo puede ser conjeturado e imaginado a la luz de lo que actualmente conocemos, un ámbito explicativo que en mucho puede motivarnos a serias confusiones.

Sobre el cuidado que se debe ejercer en el afán de explicar los hechos naturales del período anterior al Diluvio, trata el siguiente comentario:

“Dios ha permitido que raudales de luz se derramasen sobre el mundo, tanto en las ciencias como en las artes; pero cuando los llamados hombre de ciencia tratan estos asuntos desde el punto de vista meramente humano, llegan a conclusiones erróneas. Puede ser inocente el especular más allá de lo que Dios ha revelado, si nuestras teorías no contradicen los hechos de la Sagrada Escritura; pero los que dejan a un lado la Palabra de Dios y pugnan por explicar de acuerdo con principios científicos las obras creadas, flotan sin carta de navegación, o sin brújula, en un océano ignoto.

Aun los cerebros más notables, si en sus investigaciones no son dirigidos por la Palabra de Dios, se confunden en sus esfuerzos por delinear las relaciones de la ciencia y la revelación. Debido a que el Creador y sus obras les resultan tan incomprensibles que se ven incapacitados para explicarlos mediante las leyes naturales, consideran la historia bíblica como algo indigno de confianza. Los que dudan de la certeza de los relatos del Antiguo Testamento y del Nuevo serán inducidos a dar un paso más y a dudar de la existencia de Dios, y luego, habiendo perdido sus anclas, se verán entregados a su propia suerte para encallar finalmente en las rocas de la incredulidad.

Estas personas han perdido la sencillez de la fe. Debería existir una fe arraigada en la divina autoridad de la Santa Palabra de Dios. La Sagrada Escritura no se ha de juzgar de acuerdo con las ideas científicas de los hombres. La sabiduría humana es una guía en la cual no se puede confiar. Los escépticos que leen la Sagrada Escritura para poder sutilizar acerca de ella, pueden, mediante una comprensión imperfecta de la ciencia o de la revelación, sostener que encuentran contradicciones entre una y otra; pero cuando se entienden correctamente, se las nota en perfecta armonía. Moisés escribió bajo la dirección del Espíritu de Dios; y una teoría geológica correcta no presentará descubrimientos que no puedan conciliarse con los asertos así inspirados. Toda verdad, ya sea en la naturaleza o en la revelación, es consecuente consigo misma en todas sus manifestaciones.” [2]

Las características monstruosas adquiridas por algunos dinosaurios han llevado a que muchas personas crean que es inaceptable pensar que estos animales fueron creados por Dios. ¿Cómo un Dios de amor pudiera haber creado animales con características propias de animales carnívoros, garras y dientes por ejemplo?

La Biblia enseña que cuando el mundo natural salió de las manos del Creador, todas las cosas eran buenas en gran manera, de donde se desprende que las características que distinguen hoy a los depredadores por ejemplo, no se encontraban presentes en los rasgos propios de las especies creadas. Los dinosaurios en consecuencia no eran los lagartos terribles que hoy la ciencia conoce y describe.

¿De dónde entonces aparecieron los dientes y garras de estas especies?  La evidencia que aporta el registro fósil, permite concluir que dientes y garras se fueron desarrollando con el transcurso del tiempo y como resultado de que todas las especies, incluido el propio hombre, poseen una capacidad natural de adaptación que las lleva a experimentar un grado limitado de variabilidad en cuanto a tamaño y estructura por ejemplo.

El mimetismo resulta ser un claro rasgo de adaptación que implica variación. Si se observa la fauna que habita en el Artico por ejemplo, se puede describir osos, zorros, lobos, liebres, lechuzas, etc., que de una manera sorprendente han experimentado una variabilidad en cuanto al color de su pelaje, llevando a que estos animales evidencien un color blanco en mucho semejante al medio ambiente en que éstos habitan.

La Biblia deja ver que producto del pecado Dios maldijo la Tierra y en consecuencia a partir de ahí, las especies han debido adaptarse a una vida diferente y mucho más adversa, distinta en todo punto a lo que Dios había planeado en un principio. Siendo así, los distintos tipos del mundo animal debieron adaptarse y luchar por la vida en un mundo hostil. Esta nueva condición en la que llegaron a encontrarse todas las especies, las llevó a adquirir por efecto de una facultad que les permitía variar y que misteriosamente Dios insertó en la información genética de cada una de ellas, una capacidad de adaptarse a nuevas condiciones de vida. Algunas de estas nuevas condiciones de vida resultaron tan agresivas e inhóspitas como el Artico, el desierto o incluso las inexploradas profundidades marinas, donde conviven en un mundo oscuro especies que han desarrollado por efecto de esta misma capacidad de variar, características tan sorprendentes como luminosidad propia, cuerpos transparentes, etc. 

La facultad que poseen las especies de variar se encuentra implícita en la sentencia que Dios pronunció sobre la primera pareja humana como resultado del pecado. La Biblia deja ver claramente que Dios anunció al hombre el cambio al que sería sometido el mundo natural. La vegetación, por ejemplo habría de cambiar, las plantas, habían de variar dando origen a un medio ambiente hostil, agresivo, no sólo para el hombre sino para todas las especies animales. [Lea Génesis 3:17-19]

¿Cómo es que las rosas iban a desarrollar espinas?  ¿Cómo es que a partir de las especies vegetales creadas por Dios en el principio habrían de desarrollarse especies vegetales como los cardos?  La misma distancia que existe entre un cactus y una planta cualquiera de las que Dios creó en el Edén, se observa hoy entre las especies originales que Dios creó en el principio y las que observamos hoy con dientes y garras poderosos como los felinos o mucho más aún, las que observamos en los dinosaurios, seres propios de un pasado ignoto al que la Paleontología llama prehistoria y que la Biblia reconoce como período antediluviano.

Con todo esto, se establece que muchas de las especies que nosotros consideramos monstruosas, como los dinosaurios  por ejemplo, son el resultado de la variabilidad y de la ley de adaptación a que fueron sometidas todas las especies después de que la maldición del pecado hiciera efecto en la Tierra. Esta variabilidad en las especies dio origen a variedades más grandes o gigantes dentro de la misma especie, quizás como resultado de una ley de adaptación a la supervivencia del más fuerte y a la simple depredación entre ellas.

Este fenómeno se hace evidente en la organización de muchos animales, que a fin de sobrevivir o de adaptarse a la cacería, desarrollaron características que no estaban presentes en las especies originales. Se ha preguntado por ejemplo,  ¿Qué sentido tienen los dientes y las garras de los carnívoros en un mundo llamado a ser vegetariano?  Lea Génesis 1:30.

Los dientes y garras de los carnívoros, especialmente de los felinos, son una clara señal de adaptación a la depredación, que en algunas especies llega a ser tan especializada como en los tigres, los leopardos y otros, que a más de las características anteriores, agregan el camuflaje.

La ciencia reconoce que algunas estructuras sufrieron notable cambio en las especies. Las espinas y púas de los vegetales son reconocidas como “hojas modificadas”. ¿Qué llevó a las hojas a experimentar tan agresivo nivel de cambio en la naturaleza? La ciencia hasta aquí no tiene una respuesta concreta al respecto pero no puede dejar de reconocer dichos cambios. Igual situación se observa respecto a especies como el singular puerco espín, erizos y equidnas, en las que la ciencia reconoce que sus púas corresponden a “pelo modificado”.

Algo semejante se observa en el caso de los cetáceos. Hoy en día la ciencia reconoce que las “barbas” de la ballena azul no son sino “dientes modificados”. Mientras que la mayoría de los cetáceos presentan dientes característicos como delfines, cachalotes u orcas (odontocetos), la ballena azul presenta barbas (misticetos) que no le permiten comer sino plancton y pequeños crustáceos. 

¿Qué llevó a que los dientes de la ballena azul se modificaran en barbas?  La ciencia aún no puede aportar una respuesta concreta pero este caso una vez más permite ver que las especies pueden experimentar notables cambios especialmente en cuanto a los dientes, como es el caso de la ballena.

Algo muy similar se observa incluso con respecto al hombre. Mientras que la formula dental del hombre actual contempla 32 piezas, los paleontólogos y antropólogos han descubierto cráneos de hombres “prehistóricos” que poseen 34 piezas dentales. ¿Cómo es esto?  Claramente la especie Homo sapiens, como se viene en clasificar al ser humano, ha experimentado una disminución en su formula dental, en este caso  suprimiendo dos piezas con relación a sus antepasados.

La pieza suprimida corresponde a la tristemente célebre “muela del juicio”, un molar que se ubica al final de la mandíbula y que cuando aparece, como una especie de rasgo ancestral, debe ser extraída con rapidez por cuanto provoca dolor y daño a las restantes piezas dentales. ¿Cómo es que el propio hombre ha experimentado cambios en su formula dental?  Esto es algo que también se está investigando.

Todo lo anterior, permite apreciar claramente que la variabilidad de las especies se deja ver especialmente en cuanto a la dentadura, haciéndose evidente que algunas especies producto de cambios en sus hábitos alimenticios fueron experimentando drásticas variaciones en su estructura dental, llevando incluso a que animales que en un principio eran herbívoros, dejando ver una estructura dental acorde con su dieta alimenticia, con el correr del tiempo manifestaran una variación en su dentición, al punto de variar la forma y propósito de sus dientes y muelas.

Un caso notable de cambio en la estructura dental se puede observar en cuanto a los osos. Actualmente se conocen dos especies de oso de las cavernas u oso prehistórico, los cuales evidencian una estructura dental muy diferente a la que poseen los osos en la actualidad.

Una de estas especies, Ursus uralensis, posee una estructura dental característica más de un herbívoro que de un carnívoro. Lo mismo sucede con Ursus spelaeus, en quien se observa igualmente que posee, a más de los típicos caninos e incisivos de un carnívoro, rasgos molares que sorprendentemente corresponden a un herbívoro.

¿Se alimentaban los osos originalmente de hierbas? La evidencia fósil pareciera indicar que sí, resultando en consecuencia que la actual alimentación de los osos, eminentemente carnívora, sería una variación o adaptación de estos animales a circunstancias diferentes. ¿Es ilógico pensar que los osos pudieran haber sido herbívoros en el pasado?  De ninguna manera, por cuanto hoy en día, la alimentación de los osos corresponde a lo menos en un 80% a vegetales.
 
Por alguna razón, que se desconoce, la dentadura de algunas especies sufrió cambios que las llevaron a desarrollar caninos y muelas especializadas para desgarrar. Esto en el caso de los animales heterodontos, que poseen piezas dentales diferenciadas para desarrollar distintas funciones, como la mayoría de los mamíferos. Algo similar sucedió con los dinosaurios carnívoros, que al igual que todos los reptiles, son homodontos, es decir poseen piezas dentales no diferenciadas y que mayormente están especializadas para desgarrar.

Los dientes de los dinosaurios carnívoros y que los hacen ver como criaturas terroríficas, se habrían desarrollado entonces como una variedad de su dentadura original, que no comprendía la función de comer carne y que era más propia de animales completamente herbívoros. Siendo así, la dentadura de Tyrannosaurus, Deinonychus y otros, sería el resultado no del propósito de Dios sino de la variación que experimentaron estas especies después de la entrada del pecado en el mundo, tal como ocurrió con las especies vegetales, cactus y rosas, que modificaron sus hojas para desarrollar estructuras en mucho más agresivas como espinas y púas.

La evidencia fósil deja ver claramente que algunas especies sufrieron cambios drásticos en su estructura, especialmente en cuanto a la dentadura. Esto ocurre especialmente en cuanto a los dinosaurios que en el caso de los carnívoros, evidencian piezas dentales adaptadas o especializadas para desgarrar, no obstante, la mayoría de los dinosaurios evidencia una dentadura más bien diseñada para triturar hojas, ramas y tallos de las plantas.

Hasta aquí, se hace claro que las variaciones negativas que han experimentado algunas especies llevándolas a convertirse en depredadores de otras especies, como sucedió en el pasado con los dinosaurios, no obedece a un plan establecido por Dios sino a una consecuencia de la maldición que el Creador pronunció sobre el mundo natural y que llevó a que algunas especies manifestaran cambios drásticos y notables en su estructura particular. Dientes y garras no estaban considerados en el plan de Dios sino que son consecuencia del desequilibrio natural en que ha venido a estar el mundo desde que el pecado hizo su fatídica entrada en la Tierra. Muchos aspectos concernientes a estos dramáticos cambios deben continuar siendo estudiados a fin de que en el contexto de la historia del hombre y las especies, podamos mejor comprender cuánto llegaron a variar  en verdad los dinosaurios.

CAPÍTULO 3
LOS DINOSAURIOS Y EL REGISTRO FÓSIL

 
Fósil del cráneo de Tarbosaurus bataar, un gran tiranosáurido de Mongolia
que podía llegar a medir entre 10 y 12 metros de largo y pesar más de 3 toneladas
(Fotografía del autor de este ensayo y que trabajó en una exposición con este cráneo por más de 5 meses en el año 2007)

Los paleontólogos suelen hablar de “registro fósil” para designar grupos de restos preservados y reconocibles de la flora y fauna del pasado y que se utilizan para reconstruir la historia de la vida sobre la Tierra. 

Generalmente, cuando se intenta reconstruir el pasado evolutivo de una especie o un organismo en particular, se recurre al registro fósil o conjunto de evidencia paleontológica que avale las conclusiones y postulados que sustentan cada propuesta en particular. Frente a esto, cabe preguntar: ¿qué indica el registro fósil de los dinosaurios?

Sobre este punto es necesario aclarar que una de las más serias deficiencias del registro fósil consiste no obstante en que éste representa sólo una mínima parte de los organismos que han existido a lo largo de los cuatro mil millones de años que supuestamente lleva la vida en la Tierra. Lo expuesto, implica que la mayor parte de las conclusiones o árboles evolutivos que se elaboran a partir de este registro, se realiza con base a muy escasa información por no decir verdaderas lagunas de información que impiden tener una visión clara del supuesto pasado evolutivo o desarrollo evolutivo de cualquier especie, incluidos los dinosaurios. 

Siendo así y aunque el registro fósil, especialmente de los dinosaurios, es bastante amplio, no es posible reconstruir con certeza el pasado evolutivo de este impresionante grupo de animales que, se presume se desarrollaron a partir de los primeros reptiles que aparecieron a fines de la Era Paleozoica, a saber ± 250 millones de años atrás.

Ciertamente esperaríamos que el registro fósil aportara evidencia importante que permitiera concluir con certeza que los dinosaurios, al igual que todas las especies, evolucionaron a partir de formas de vida más sencillas y a lo largo de millones de años. Lamentablemente esto no es así, la información actual que la Paleontología posee no permite concluir tal cosa y el registro fósil no ayuda mucho.

Es claro, que actualmente no es posible rastrear positivamente el verdadero origen de los dinosaurios ya que cada grupo de estos impresionantes animales aparece de manera súbita y repentina en el registro fósil, sin evidenciar un proceso evolutivo, lento y gradual, como enseña y sostiene la ciencia.

Efectivamente, los primeros dinosaurios aparecen de manera súbita y repentina hace ± 247 millones de años atrás, muy temprano en el inicio del período Triásico. Esto es al decir de algunos investigadores una aparición muy prematura en el tiempo, ya que no da espacio para el proceso evolutivo del cual se entiende que ellos surgieron. 

Efectivamente, se cree que los dinosaurios aparecieron a partir de grupos anteriores a ellos, como los dinosauriformes y de entre éstos, los silesáuridos, un grupo de pequeños animales que ya contaba, al decir de los investigadores, con características anatómicas que hacían presagiar la aparición posterior de los dinosaurios. 

Sin embargo, en el registro fósil aparecen los silesáuridos y los dinosaurios ya evolucionados casi al mismo tiempo, esto es ± 250 millones de años: ¿cómo puede ser esto?  No hay espacio de tiempo para que se produzca la supuesta evolución. Los apologistas del modelo científico se apresuran a decir que el proceso evolutivo por el cual aparecieron los dinosaurios fue un proceso muy rápido en el tiempo. ¿Cómo pueden ellos suponer eso? ¿Tienen evidencia de eso? Claro que no, son simples conjeturas o suposiciones sin "fundamento científico" alguno. Huelga decir, que el mismo argumento de la evolución rápida se esgrime cada vez que la ciencia no tiene pruebas en el registro fósil, como sucede por ejemplo, con la evolución humana, otro caso de "evolución rapida y repentina".

Todo lo anterior,  huelga decir, es suposición, ya que no es posible reconstruir el supuesto pasado evolutivo de los dinosaurios a partir del registro fósil que actualmente la  Paleontología posee, de lo cual se desprende que toda conclusión que se formule al respecto no está sustentada por evidencia consistente que la avale, observándose en algunos casos verdaderas lagunas de información que permitan establecer con verdadera certeza las distintas ramificaciones evolutivas o los  verdaderos orígenes de este sorprendente orden de animales.

No obstante, la falta de evidencia fósil que documente de manera fidedigna la evolución de los reptiles es tan concluyente que una publicación especializada debió reconocer lo siguiente:

“Uno de los rasgos frustrantes del registro fósil de la historia de los vertebrados es lo poco que muestra acerca de la evolución de los reptiles durante sus mismos primeros días, cuando se desarrollaba el huevo con cascarón.” (Archie Carr, The Reptiles, 1963, pág. 37.)

Efectivamente, uno de los mayores inconvenientes que impide aceptar la evolución de los reptiles a partir anfibios anteriores a ellos, radica en la transición de sus formas de reproducción, que en los últimos es de huevos sin protección (anamniotas), hechos para desarrollarse en el agua, mientras que en los primeros, a saber los reptiles, es de huevos con cascarón (amniotas), para impedir la desecación de su desarrollo en la tierra. La ciencia explica que los primeros reptiles, se pudieron adaptar a la vida en la tierra por un proceso evolutivo que les permitió la puesta de huevos protegidos por un cascarón y con una reserva alimenticia en su interior o vítelo nutritivo que  a su vez permitió el desarrollo del embrión fuera del agua. Todo esto no obstante, no está documentado por el registro fósil y por tanto puede considerarse como simple conjetura.

¿Cómo se pasó de un huevo sin cáscara y más simple a un huevo con cáscara y mucho más complejo en su estructura? La respuesta de la ciencia racional, es que: "la naturaleza lo pensó y lo hizo". Esto en definitiva equivale a pensar que en Navidad los regalos los trae Papá Noel y que los niños los trae la cigueña. Esta es la racionalidad de la ciencia.

Por otra parte, tampoco es posible documentar de qué manera los reptiles cuadrúpedos evolucionaron en un andar bípedo, como el mítico Tyrannosaurus rex, que poseía extremidades posteriores muy desarrolladas y fuertes, mientras que sus extremidades superiores eran débiles y pequeñas.  

La ciencia actual, sostiene que los dinosaurios derivan evolutivamente de un grupo de arcosaurios (representados hoy en día por los cocodrilos), que fue adquiriendo adaptaciones anatómicas que finalmente concluyeron en la evolución de los dinosaurios.

Hoy en día, se propone que denro de los arcosaurios un grupo muy particular de dinosauromorfos, un grupo muy ancestral de arcosaurios diápsidos, adquirieron adaptaciones anatómicas especiales en la estructura biomecánica del tobillo formado por dos huesos, el cálcaneo y astrágalo, permitiéndoles adoptar un andar bípedo y que esto los habría llevado a desarrollar extremidades posteriores más fuertes, en detrimento de las superiores, dando origen a una clase diferente de dinosauromorfos medianamente erguidos. 

Esta adaptación anatómica del tobillo (astrágalo - cálcaneo) habría dado lugar a una divergencia dentro de los arcosaurios, reconociéndose a los crurotársidos con los cocodrilos manteniendo la forma anatómica ancestral, y por otro lado a los dinosauromorfos, con un tobillo mesotarsal, que habría dado origen entre otros a los dinosaurios.

En la actualidad y según se desprende del propio registro fósil, se sabe que los dinosaurios formaban un grupo tan extraordinariamente diverso como el de los actuales mamíferos y que de acuerdo a los restos encontrados en diversas partes del mundo dominaron la Tierra especialmente en la Era Mesozoica y durante unos 165 millones de años. 

Al igual que las especies animales de hoy, los dinosaurios poseían características singulares y que los convierten en una de las clases zoológicas más complejas y fascinantes de estudiar. Cada día se encuentran nuevos fósiles de estos interesantes animales, los cuales después de ser estudiados y debidamente clasificados, son presentados al público en los distintos museos del mundo.

Puesto que para la Paleontología los fósiles constituyen la prueba final que documenta la vida del pasado, es claro que el registro fósil está llamado a ser el último documento a ser examinado para explicar el origen de los dinosaurios. Si la prueba documentada del registro fósil de los dinosaurios no concuerda con la teoría evolutiva y de conformidad a la realidad no lo hace, ¿qué podemos decir? ¿Cuál es entonces el origen de los dinosaurios?

Los árboles evolutivos de los dinosaurios que actualmente se conocen, muestran muchos tipos distintos de dinosaurios, pero no permiten ver las formas de transición que llevaron a una especie a evolucionar en otra. Las distintas especies de dinosaurios que se conocen, unas 1000 aproximadamente, se encuentran unidas por líneas hipotéticas a un ancestro común. Estas líneas, que generalmente aparecen punteadas, indican que no existe evidencia fósil que las respalde, dejando ver que están basadas simplemente en una suposición.

Aunque la ciencia se resiste a aceptarlo, lo cierto es que el registro fósil evidencia que los dinosaurios, al igual que todas las especies, aparecieron de manera súbita y abrupta sobre la faz de la Tierra. No existe evidencia que demuestre de manera fidedigna que los dinosaurios de la Era Mesozoica evolucionaron a partir de los reptiles inferiores y anteriores a ellos que existieron a fines de la Era Paleozoica. Hasta aquí, el registro fósil de los dinosaurios concuerda con lo que pudiera eventualmente ser la creación, lo que llevaría a esperar que no se evidenciaran formas intermedias o de transición sino una aparición súbita y abrupta de cada especie. El registro fósil evidencia precisamente eso. No hay rastro de ninguna forma de vida que pudiera honestamente ser llamada de transición o intermedia, entre éstos y los dinosaurios plenamente evolucionados del Jurásico y Cretácico, de los cuales se dice que posteriormente evolucionaron en aves.

Por otra parte, las diversas líneas evolutivas que dan origen dentro de los arcosaurios a los animales mesotarsales, con tobillo modificado y dentro de éstos, a los diversos grupos de dinosauromorfos (pterosaurios, dinosauriformes y dinosaurios), se presentan todas casi al mismo tiempo en el registro de fósiles, no dando tiempo necesario para que se produzca la supuesta evolución de unos y otros. ¿Cómo se explica esto? Ya dijimos, la ciencia indica que la evolución fue muy rápida. 

CÓMO LLEGARON A FOSILIZARSE LOS DINOSAURIOS

 


Es claro que producto del Diluvio, una amplia variedad de especies, hombres y dinosaurios, llegaron a quedar sepultadas bajo una importante capa de lodo, piedras y desechos, que con el correr de los siglos transformaron esos restos en los fósiles que hoy la ciencia encuentra por doquier. 

Veamos el siguiente comentario al respecto:

“En la historia del Diluvio, la inspiración divina ha explicado lo que la geología sola jamás podría desentrañar. En los días de Noé, hombres, animales y árboles de un tamaño muchas veces mayor que el de los que existen actualmente, fueron sepultados y de esa manera preservados para probar a las generaciones subsiguientes que los antediluvianos perecieron por un Diluvio, Dios quiso que el descubrimiento de estas cosas estableciese la fe de los hombres en la historia sagrada; pero éstos, con su vano raciocinio, caen en el mismo error en que cayeron los antediluvianos: al usar mal las cosas que Dios les dio para su beneficio, las tornan en maldición.”  (Elena G. de White, Patriarcas y Profetas, pág. 104

No obstante lo anterior, surge la siguiente objeción frente a los hechos planteados: Si los dinosaurios perecieron en ocasión del Diluvio… ¿Cómo es que se fosilizaron tan rápido en los sedimentos posteriores al Diluvio?

La pregunta anterior, supone que el proceso que lleva a un organismo fosilizarse comprende mucho tiempo, quizás millones de años. No obstante esto no es así. El tiempo de fosilización no necesariamente está llamado a comprender más de miles de años. Desde el momento en que las especies fueron sepultadas en los sedimentos arrastrados por el Diluvio, comenzó evidentemente para estos organismos un proceso de fosilización que al cabo de a lo menos mil años, perfectamente pudo haberlos petrificado, silicificado o carbonatizado, convirtiéndolos en los fósiles que desde entonces estudia la ciencia.

Todo fósil es consecuencia de un proceso único y convencionalmente se establece que los fósiles más recientes corresponden a la última glaciación cuaternaria, con una antigüedad superior o equivalente a los 13.000 años. Lo anterior, se desprende de un pensamiento rígido, asumir que el concepto de fósil va ligado con el de antigüedad, conduciendo esto invariablemente a asumir que el tiempo de fosilización conlleva muchos miles o incluso millones de años. Dentro de esta concepción también asume un papel importante la noción de tiempo geológico que ha llevado a los hombres a pensar que la historia de la Tierra y de las especies se remonta a inmensos períodos de tiempo que escapan en mucho a nuestra comprensión humana.

Efectivamente, los paleontólogos sostienen que el proceso conducente a la fosilización de un organismo cualquiera comprende un tiempo aproximado superior a 10 mil años, esto porque se asume que un resto para ser considerado fósil debe ser anterior al tiempo reciente, es decir, poseer a lo menos una antigüedad superior a 10 mil años. Ahora, si el Diluvio se produjo hace tan sólo 4.500 años aproximados según la cronología bíblica, ¿cómo es que ya se encontraban fósiles en los tiempos de los griegos 2 mil años después del Diluvio?  ¿Cómo pudiera haberse fosilizado tan rápidamente un dinosaurio de varias toneladas de peso hasta quedar completamente convertido en roca?

Sobre el particular, es necesario aclarar que el proceso de fosilización no es rígido ni comprende necesariamente un número determinado de años como sostienen algunas personas. En hecho, se han encontrado fósiles que evidencian haberse petrificado, carbonatizado o silicificado, antes de 10 mil años. Mucho de esto, tiene que ver precisamente con el terreno o sedimento donde murió el animal, la rapidez con que fue sepultado en el sedimento, la mayor o menor acción de organismos necrófagos como bacterias y microbios, etc.

Siendo así y entendiéndose que las partes blandas de un animal, sus carnes o tejidos, desaparecen rápidamente producto de la acción de microorganismos bacterianos, sus huesos entran en un proceso de mineralización que no necesariamente está llamado a requerir de 10 mil años o algo parecido para llevarse a cabo sino que puede perfectamente llegar a alcanzarse antes de ese promedio estimado. Siendo que los dinosaurios, así como una gran cantidad de especies diversas, perecieron como resultado del Diluvio hace 4.500 años, bien pudiera concebirse que los primeros fósiles de estas criaturas comenzaran a evidenciarse  hace unos 3 mil o 3.500 años atrás, mucho tiempo antes de los griegos. 

Recuerde que los fósiles de dinosaurios que los paleontólogos encuentran, comprenden restos óseos y partes duras de estos animales, los cuales al entrar en contacto con elementos minerales, como carbono, silicio u otro,  rápidamente inician un proceso de infiltración y en que los elementos orgánicos van siendo reemplazados por los minerales propios del terreno en que fue sepultado el ejemplar. 

Por otra parte, el concepto que lleva a los paleontólogos a definir el tiempo aproximado de fosilización de un organismo va muy de la mano con la concepción del tiempo y de la cronología que ha aceptado la ciencia con base en la determinación de fechas estratigráficas y radiométricas, más precisamente a través del sistema de Carbono 14 o C-14.

También se han establecido otros sistemas de datación como por ejemplo las mediciones de Potasio-Argón, Uranio-Plomo, que no miden edad de restos orgánicos sino de rocas o masas de minerales y que asignan a éstas millones de años. Lo anterior, ha llevado a que restos orgánicos sedimentados en roca muy antigua sean considerados igualmente antiguos, lo que no siempre es exacto. En efecto, es probable que restos fósiles que no poseen mucha antigüedad hayan quedado atrapados en masas pétreas o rocosas como resultado de diversas circunstancias en el pasado y luego, al ser encontrados miles de años después, ser hallados formando parte de rocas muy antiguas, de incluso millones de años, lo que ciertamente induciría a engaño desde el punto de vista del tiempo de fosilización y datación misma de la existencia del animal.

¿Cómo pudiera haber sucedido que un dinosaurio quedara sepultado bajo toneladas de tierra y rocas muy antiguas al punto de confundir a los científicos en cuanto a su verdadera antiguedad?  Lea Génesis 8:1. 

“Toda la superficie de la tierra fue cambiada por el Diluvio. Una tercera y terrible maldición pesaba sobre ella como consecuencia del pecado. A medida que las aguas comenzaron a bajar, las lomas y las montañas quedaron rodeadas por un vasto y turbio mar. Por doquiera yacían cadáveres de hombres y animales. El Señor no iba a permitir que permaneciesen allí para infectar el aire por su descomposición, y por lo tanto, hizo de la tierra un vasto cementerio, Un viento violento enviado para secar las aguas, las agitó con gran fuerza, de modo que en algunos casos derribaron las cumbres de las montañas y amontonaron árboles, rocas y tierra sobre los cadáveres.” (Elena G. de White, Patriarcas y Profetas, pág. 99)

Si como indica la Sagrada Escritura, una cantidad enorme de hombres, animales, árboles y plantas, perecieron en el Diluvio quedando sepultados bajo una enorme capa de barro, rocas y sedimento, es probable que al ser encontrados miles de años después por los hombres de ciencia de la actualidad, se asuma que los restos fósiles de éstos posean una antigüedad mayor a la esperada, sin parar en cuentas que tal razonamiento estaría fundado en un desconocimiento de los hechos tal y como ocurrieron en ocasión de la destrucción ancestral de la vida en la Tierra.  

Un razonamiento tal, se deja ver claramente en el siguiente comentario: 

“Es cierto que los restos encontrados en la tierra testifican que existieron hombres, animales y plantas mucho más grandes que los que ahora se conocen. Se considera que son prueba de la existencia de una vida animal y vegetal antes del tiempo mencionado en el relato mosaico. Pero en cuanto a estas cosas, la historia bíblica proporciona amplia explicación. Antes del diluvio, el desarrollo de la vida animal y vegetal era inconmensurablemente superior al que se ha conocido desde entonces. En ocasión del diluvio, la superficie de la tierra sufrió conmociones, ocurrieron cambios notables, y en la nueva formación de la costra terrestre se conservaron muchas pruebas de la vida preexistente. Los grandes bosques sepultados en la tierra cuando ocurrió el diluvio, convertidos después en carbón, forman los extensos yacimientos carboníferos y suministran petróleo, sustancias necesarias para nuestra comodidad y conveniencia. Estas cosas, al ser descubiertas, son otros tantos testigos mudos de la veracidad de la Palabra de Dios.” (Elena G. de White, La Educación, pág. 125)

Por otra parte, la mayoría de las personas piensa que los huesos o restos fósiles de dinosaurio deben ser necesariamente muy antiguos, ya que se encuentran convertidos literalmente en piedra, sin embargo este razonamiento es equivocado. Un libro escrito por dos estudiosos del tema, uno de los cuales es un experto en dinosaurios, señala algunos aspectos sobre los fósiles de dinosaurios que resultan de gran interés respecto al tiempo que se presume tardaron estos reptiles en fosilizarse. 

"Los huesos no tienen que ser convertidos en piedra para que sean considerados fósiles. Usualmente, la mayoría del hueso original está presente en un fósil de dinosaurio." (Philip J. Currie y Eva B. Koppelhus, “101 Questions about Dinosaurs”, pág. 11)

Ahora bien, aunque no todos los fósiles se encuentran petrificados o convertidos literalmente en piedra, es claro que en su mayoría los restos fósiles se encuentran permineralizados, lo que significa que sustancias minerales han sido depositadas naturalmente en todos los espacios dentro del hueso original, este proceso debiera generalmente ocupar mucho tiempo, pero no siempre es así.

"La cantidad de tiempo que toma para que un hueso se permineralice es altamente variable. Si el agua subterránea contiene mucho mineral en solución, el proceso puede suceder rápidamente. Los huesos modernos que caen dentro de fuentes minerales puede permineralizarse en cuestión de semanas." (Philip J. Currie y Eva B. Koppelhus, “101 Questions about Dinosaurs”, pág. 11)

Siendo así, aunque un hueso de dinosaurio se encuentre sólido como una piedra, habiendo sido permineralizado completamente, tal hecho no indica necesariamente que hayan transcurrido millones de años en el proceso. Aún más, hace algún tiempo se encontraron en la región de Alberta, Canadá, restos de dinosaurios que habiendo sido atrapados en sedimentos de roca de hierro, no evidenciaban haber sido permineralizados.

Al respecto, un comentador del descubrimiento señala:

"El hierro no permitió que el agua invadiera los huesos, haciéndolos así tan parecidos a los huesos modernos, que no se nota la diferencia." (Carl Wieland, “Creation”, 19 de abril de 1997, pág.s. 42-43)

Lo anterior constituye un descubrimiento asombroso, por cuanto al encontrarse huesos de dinosaurio no permineralizados, perfectamente pudiera asegurarse que éstos no poseen muchos miles de años.

"Un ejemplo todavía más espectacular se encontró en la costa Norte de Alaska, donde miles de huesos muestran la falta de permineralización. Los huesos se parecen a huesos viejos de vaca. Por lo mismo, el descubrimiento del sitio no fue reportado hasta después de 20 años porque se pensó que los hueso eran de bisón y no de dinosaurio." (M. Helder, “Creation”, 14 de marzo de 1992, pág. 16-17.)

Todo lo anterior, lleva a pensar que el tiempo que se requiere para la fosilización de un organismo cualquiera, como por ejemplo un dinosaurio, no comprenda muchos miles de años como se tiende a pensar sino que en la práctica pudiera llegar a ser mucho más rápido de lo que generalmente se acepta.

Por otra parte, es común observar restos de moluscos por ejemplo, que no habiendo existido hace más de mil años, ya han entrado en un proceso de fosilización y son encontrados petrificados, carbonatizados o infiltrados por minerales silíceos. Tales moluscos corresponden a especies existentes en el tiempo actual y sin embargo, se encuentran en proceso avanzado de fosilización, haciendo evidente que el proceso mismo de petrificación o infiltración mineral no comprende en definitiva una cantidad inmensa de tiempo, pudiendo perfectamente alcanzarse en no muchos miles de años. Es claro sin duda, que estas especies fosilizadas no son reconocidas como fósiles en verdad ya que carecen del atributo de antigüedad al corresponder a especies actuales y no extintas o propias de eras y períodos geológicos de un pasado de millones de años.

Por todo lo anterior, se considera que el proceso mismo de fosilización por medio del cual los restos de dinosaurios llegaron a convertirse literalmente en roca no requiere necesariamente millones de años, sino más bien miles de años, pudiendo producirse dentro del marco temporal que propone la Biblia. Por otra parte, la ubicación de los dinosaurios en la columna estratigráfica y que los presenta en sedimentos profundos, pensados para el período Tríasico, Jurásico y Cretácico de la Era Mesozoica, no es sino el resultado de las grandes masas de tierra, rocas y sedimentos que eventualmente pudiera haber producido un fenómeno cataclísmico como el Diluvio que describe la Biblia en el libro del Génesis.

LA UBICACIÓN DE LOS DINOSAURIOS
EN LA COLUMNA GEOLÓGICA


Según la ciencia la Columna Geológica evidencia un proceso de evolución
a través de millones de años ¿Es esto así?

La columna geológica es un sistema internacional elaborado en el siglo XIX para establecer la antiguedad de los fósiles y de los estratos de la tierra que los contienen basado en la idea de que la evolución orgánica es un hecho establecido. Sin embargo, la clasificación original de los estratos que ha dado origen a esta columna no es muy objetiva, ya que los fósiles que se consideraron más simples fueron ubicados hipotéticamente en la base de la columna, mientras que en los estratos superiores se ubicó los fósiles que supuestamente implicaban formas de vida más complejas. Los fósiles que se consideran característicos de un determinado terreno o estrato recibieron la calificación de  “fósiles guías”.

La teoría que sustenta la teoría de la columna geológica es un claro ejemplo de razonamiento circular pues asigna fósiles a períodos específicos en un orden cronológico de acuerdo a la concepción de una progresión evolutiva de la vida. Para saber la edad de un fósil, el científico ve en qué estrato se encuentra; para saber la edad del estrato, el científico ve los tipos de fósiles que contiene. 

De acuerdo a este razonamiento, la presencia de dinosaurios en un determinado terreno, indudablemente llevará a concluir que el estrato en que se encuentran corresponde a un período de la Era Secundaria o Mesozoica, por cuanto se presume que los dinosaurios se encuentran en un nivel medio en la escala evolutiva de las especies. Siendo así, cada vez que un dinosaurio es encontrado, inmediatamente el terreno es clasificado como "triásico", "jurásico" o "cretácico". Sin embargo, de manera general estos terrenos no son precedidos en la columna geológica por terrenos "paleozoicos" por ejemplo con sus correspondientes "fósiles guías" lo que lleva a admitir que en ningún lugar de la Tierra, existe evidencia concreta que permita verificar la realidad de la columna geológica. Nunca se ha encontrado un lugar con la columna geológica de fósiles.

Lo anterior, concuerda con el siguiente comentario de un afamado científico, Dennis R. Petersen, Ph. D., quien señala lo siguiente:

"Tengan en cuenta que la tabla de capas o estratos geológicos de la tierra que ha sido usada por los evolucionistas no es más que imaginaria. El lapso transcurrido entre el hombre y los dinosaurios no ha sido probado con hechos concretos y ni siguiera con explicaciones satisfactorias…" (Dennis R. Petersen, Revelando los Misterios de la Creación, Volumen 1, 1990)

Por otra parte, se han dado casos de fósiles que han sido encontrados en terrenos incorrectos, o fósiles que se encuentran en varios estratos. Los científicos no son capaces de explicar por qué se interrumpe la deposición de secuencias sedimentarias en la columna geológica o por qué se observan discordancias en ella, lo que ocurre cada vez que se encuentran fósiles en las capas en forma alternada, con vacíos o lagunas en capas intermedias. Un ejemplo típico de estas discordancias lo constituye el hallazgo de granes troncos de árboles que atraviesan varios estratos (National Geographic, página 245, agosto de 1975). 

Estos fósiles que atraviesan varios estratos (fósiles poliestráticos), troncos de árboles atravesando terrenos que supuestamente representan millones de años, muestran claramente que estos estratos debieron haber sido depositados en sucesión rápida y no a lo largo de millones de años, de lo contrario las hojas de los árboles y que forman sus copas, se hubieran descompuesto sin dejar rastro alguno. 

Por otra parte, según los evolucionistas, los fósiles de los organismos sedimentados en los distintos estratos de la Tierra permiten apreciar en la columna geológica una clara gradación de las especies que deja ver cómo las formas de vida más complejas descienden de otras más simples.

Se especula que la aparición de varios grupos fósiles se ordena en la columna geológica siguiendo un orden evolutivo de complejidad, a saber, primero los invertebrados (moluscos, crustáceos, etc.), después los vertebrados simples, peces sin y con mandíbula, anfibios, reptiles y finalmente aves y mamíferos, entre éstos últimos el hombre. Esto es exactamente lo que se esperaría de una descendencia evolutiva, siendo los organismos que aparecen más arriba en la columna geológica los descendientes de aquellos que aparecen más abajo en dicha columna.

La gradación que supuestamente se observa en la columna geológica es en opinión de los científicos una clara evidencia de evolución, que permite ver cómo se han ido fosilizando las especies en los distintos estratos comenzando desde las especies más simples, en los terrenos más bajos, hasta las especies más complejas, en los terrenos más altos de dicha columna.

En relación con esta propuesta científica: ¿qué se puede decir de la ubicación de los dinosaurios en la columna geológica de fósiles? ¿Por qué no se encuentran fósiles de dinosaurios en terrenos primarios o paleozoicos? ¿Por qué no hay evidencia de existencia de dinosaurios en terrenos terciarios o cenozoicos? Hasta aquí, la existencia de los dinosaurios, según se desprende de lo planteado por la ciencia, se ubica exclusivamente en terrenos secundarios, es decir propios de la Era Mesozoica. ¿No debieran los dinosaurios encontrarse fosilizados en todo tipo de terreno como resultado del Diluvio?

Frente a esta interrogante muy razonable, es necesario comprender que para una correcta comprensión de la historia de la vida en la Tierra, es menester buscar la respuesta en el contexto de la gran inundación descrita inspiradamente en la Biblia.

Es claro que de haber ocurrido un Diluvio como el descrito en la Sagrada Escritura, éste debe haber acabado con la mayor parte de la vida en la Tierra, excepto la que salvó Noé en el arca y algunas otras especies que pueden haber quedado a salvo de la inundación por diversas y desconocidas circunstancias.  Siendo así, lo que los científicos vienen en llamar "registro fósil" no es sino la palpable  evidencia de que otrora el mundo llegó a ser un vasto cementerio global preservado milenariamente en roca para que el mundo posterior al Diluvio pudiera observarlo y estudiarlo.

Sin embargo, si el mundo fue sepultado por la acción de un Diluvio ¿por qué habría de esperarse que las especies se fosilizaran siguiendo un orden establecido de gradación evolutiva?

Lo anterior, no es necesariamente cierto, ya que la realidad de que en la parte superior de la columna geológica se encuentren los mamíferos y entre ellos el propio hombre, no indica concluyentemente que éstos desciendan de las especies que se encuentran sedimentadas más abajo en dicha columna sino tan sólo que estas especies lograron alcanzar lugares más altos buscando salvarse de las embravecidas y mortales aguas de la inundación. En otras palabras no existe tal “gradación evolutiva” en la columna geológica sino sólo la evidencia de la desesperada lucha de las especies por alcanzar la supervivencia en medio de un cataclismo de proporciones.

La pregunta anterior parece suponer que el "orden" en que se encuentran sedimentadas las especies en la columna geológica, entre ellas los dinosaurios, observa un sentido evolutivo, no siendo necesariamente así.

La columna geológica no representa la lenta evolución de las especies a lo largo de millones de años como generalmente se acepta en atención al modelo evolucionista sino más bien permite ver cómo de manera gradual fue siendo destruida y sepultada toda forma de vida  comenzando por los menos aptos para sobrevivir a la furia del Diluvio.

La columna geológica esta "ordenada" no como dicen los científicos siguiendo una secuencia evolutiva sino más bien mostrando una secuencia de selección hidrodinámica y capacidad de supervivencia diferencial, a saber mostrando que los animales más grandes, rápidos y poderosos, fueron capaces de moverse a tierras más altas, escapando así a las aguas del Diluvio por mayor tiempo que los menos capaces y aptos y en consecuencia hundiéndose más tarde que sus especies contemporáneas menos dotadas para sobrevivir esta inusitada catástrofe. 

Un evento catastrófico, como el Diluvio descrito en la Biblia, ciertamente comenzaría con el rompimiento de las fuentes del grande abismo y en consecuencia tendería a enterrar primero a los seres marinos que habitan el fondo de los mares, muchos de éstos son inmóviles o relativamente inmóviles. A medida que las aguas de la inundación se elevaban para cubrir la tierra, es lógico que los seres terrestres resultarían los últimos en ser sepultados.

Por otra parte, es razonable asumir que los mamíferos y las aves, poseyendo una capacidad de movimiento superior, pudieran eventualmente escapar a lugares más altos y ser en consecuencia los últimos en sucumbir a las aguas del Diluvio. 

En este contexto de inundación, es presumible concluir que los hombres se subieran en barcas, troncos u otros medios de flotación, manteniéndose por más tiempo sin ser sepultados por las aguas y aluviones que éstas provocaron. Los restos de estos seres humanos, habiendo quedado más alto en los sedimentos resultantes de la catástrofe, pudieran más tarde haber sido erosionados y desintegrados por los factores climáticos, viento, sol, lluvia, a más de que muchos de aquellos cuerpos deben haber entrado en un rápido proceso de descomposición y juntamente haber sido devorados por organismos necrófagos. Esto hace que los fósiles de seres humanos sean extremadamente raros y poco frecuentes de encontrar.

Algo similar, debe haber ocurrido con animales como los primates, los cuales a diferencia de sus contemporáneos terrestres, destacaban por su movilidad y natural capacidad de supervivencia, casi al borde de la inteligencia, lo que los habría llevado a sobrevivir la inundación por más tiempo y ser enterrados, al igual que el hombre, en los estratos superiores. Lo anterior, lleva a que los fósiles de primates, sean igualmente poco frecuentes de encontrar.

En el caso específico de los dinosaurios, sedimentados en terrenos secundarios o intermedios,  es claro que antes que ellos aparecen sedimentados en la columna geológica los anfibios, supuestos antecesores de los primeros, a principios del Triásico. Luego aparecen los reptiles primordiales a fines del Triásico, seguidos por los primeros dinosaurios o dinosaurios más antiguos. Luego siguen los dinosaurios de mediano tamaño, los cuales aparecen en un nivel medio de la Era Mesozoica, a saber el período Jurásico. Cabe notar que las especies más grandes o gigantes, es decir  casi insumergibles, aparecen seguidamente, en terrenos propios de fines del Jurásico y más claramente del período Cretácico. Es más, los científicos concuerdan en que el gigantismo de las especies es un fenómeno propio del Cretácico, no parando en cuentas que tal fenómeno no es sino la evidencia de la teoría de selección hidrodinámica y de capacidad de supervivencia diferencial que señala que las especies mayores sobrevivieron durante más tiempo a la avalancha y la inundación.

Es claro que durante el Diluvio, a medida que la violencia de la tempestad aumentaba, árboles, rocas y tierra eran lanzadas en todas direcciones. El terror experimentado por los hombres y los animales debe haber sido indescriptible. Por encima del rugido de la tempestad  seguramente podían escucharse los lamentos de un mundo que había despreciado la autoridad de Dios.

Los animales expuestos a la tempestad deben haber corrido en busca de salvación buscando los lugares más altos. Poderosos animales deben haber intentado infructuosamente alcanzar las cimas más altas para escapar de las crecientes aguas. Desde la medianía de estos terrenos, los dinosaurios observaron impotentes la desoladora expectativa de un océano sin playas que les avizoraba su inminente y definitiva destrucción.

Evidentemente, esta geología de inundación o fosilización de los dinosaurios en un contexto de Diluvio, no satisface a los científicos, quienes se adelantan a ridiculizarla. No son capaces estos científicos de ver la evidencia fósil si no es en un contexto de evolución,  aunque el estudio de los fósiles nunca ha dado verdaderas evidencias de que alguna vez hubo o se produjo tal evolución. De hecho, como ya se ha explicado, las especies supuestamente "ordenadas" en una secuencia gradual y evolutiva no aparecen sino de manera súbita y abrupta en la columna geológica sin que se aprecie por lado alguno las gradaciones o eslabones evolutivos de transición que están llamados a unir necesariamente a unas con otras.

Lo anterior, lleva a pensar que la teoría que sustenta la columna geológica presenta serias deficiencias que impiden aceptarla como plenamente válida y satisfactoria a la hora de explicar la ubicación de los fósiles, y especialmente de los dinosaurios,  en los distintos estratos geológicos.  En efecto, la columna geológica presenta verdaderas lagunas de información respecto a la gradación evolutiva de las especies no permitiendo comprobar la veracidad de dicha teoría por medio de la ubicación de los correspondientes eslabones de transición entre una especie y otra.

Es inútil seguir buscando esos eslabones de transición – asegura el biólogo George Simpson – porque la falta de formas de transición en la columna geológica es un fenómeno universal. Las lagunas de información o “lagunas estratigráficas” como acostumbran llamarlas los científicos son verdaderas “interrupciones” en la supuesta gradación evolutiva de las especies.

“Una laguna de este tipo especialmente pronunciada existe entre las capas fuertemente plegadas típicas del Arcaico (4.000 – 2.500 millones de años) y las capas superpuestas, concordantes, del Cámbrico inferior (590 – 545 millones de años). Sorprendentemente, esta laguna no se limita a una región determinada, sino que se presenta en prácticamente todo el planeta.” (Crónica de la Tierra, Plaza & Janes Editores, S.A., pág. 51)

Hasta aquí, la ubicación fósil de las distintas especies que existieron en la antigüedad, entre ellas los dinosaurios, no contradice plenamente la idea de la selección hidrodinámica y de capacidad de supervivencia diferencial como resultado del Diluvio universal, evento que parece coincidir de manera más plena con la realidad de la así llamada “columna geológica” y que explica de mejor manera las inconsecuencias manifiestas de dicha columna.

En el contexto de una geología de inundación un autor, concluye y pregunta: "Los creacionistas asumen que las aves se encontrarán bien arriba en la columna porque pudieron haber volado sobre las feroces aguas de la inundación hasta que estuvieron cansadas y cayeron para ahogarse. Entonces, ¿por qué no pasa lo mismo con los reptiles voladores como el Pteranodon y el Ramphorynchus?" (Lenny Frank, ¿Se puede explicar el registro geológico y fósil con el Diluvio Universal? ,1995)

La pregunta de este autor, al igual que otras que realiza en objeción a la ocurrencia de un Diluvio, pretende ignorar una serie de hechos bien establecidos y que evidentemente son válidos al momento de explicar por qué las aves voladoras se encuentran sedimentadas más alto en la columna geológica que sus contemporáneos los reptiles voladores o pterosaurios, entre los que ubicamos a Pteranodon, y Ramphorynchus. 

Es claro que los pterosaurios constituían un grupo de reptiles bien adaptados para volar y en los que una membrana se desplegaba a partir de sus apéndices dactilares (específicamente el cuarto dígito) formando una especie de ala, que al igual que a los murciélagos, mamíferos adaptados al vuelo, les permitía emprender y sostener el vuelo.

Esta característica adaptación al vuelo observada en los pterosaurios es lo que se viene en llamar una convergencia, es decir, la presencia de caracteres similares en clases zoológicas distintas, típicamente bajo condiciones ambientales o presiones selectivas similares y que con respecto a las aves les permitieron desarrollar funciones análogas en un medio ambiente semejante.

El desarrollo de las alas, como una característica convergente, se observa en consecuencia en insectos, aves, reptiles y mamíferos, órganos que en cada una de estas clases se origina y desarrolla de manera distinta, no obstante permitiéndoles desarrollar una misma función, a saber volar.

Un caso muy parecido, se observa al comparar cetáceos y peces, en que la presencia de aletas dorsales, laterales y caudales, les permite adaptarse al nado, no obstante surgen estos órganos de manera distinta en cada uno de ellos.

Teniendo claro lo anterior, se puede deducir que siendo las aves una clase especializada para el vuelo, hayan sobrevivido éstas durante mayor tiempo que los pterosaurios en resistente vuelo evitando la inundación del Diluvio ya que éstos últimos no constituyen una clase especializada en el vuelo sino un grupo de reptiles que gracias a una adaptación anatómica alcanzó el vuelo, lo mismo que los muerciélagos. De la misma manera en que un gorrión vuela mejor y más rápido que un murciélago, las aves en general volaban mejor que los pterosaurios y eso les permitió sobrevivir por mayor tiempo al Diluvio.

Siendo así, los reptiles voladores como Pteranodon y Ramphorynchus, habrían llegado a perecer con anterioridad a las aves, al no poder mantener el vuelo por mucho más tiempo ya que ésta resulta ser para ellos una función no especializada. En consecuencia, el enterramiento fósil habrá de mostrar a estos reptiles voladores en un nivel necesariamente más bajo y profundo que el de las aves en la columna geológica, no debiendo esto necesariamente interpretarse como una señal de antiguedad evolutiva sino como ya se ha venido insistiendo sólo como evidencia de una selección hidrodinámica y de una capacidad de supervivencia diferencial, que permitió a las aves sobrevivir al enterramiento por más tiempo que a sus contemporáneos voladores.

¿Eran las aves contemporáneos de los pterosaurios? Claro que sí, hasta la ciencia lo admite. La Paleontología admite que las aves más antiguas datan de hace ± 140 millones de años con el registro de Archaeopteryx lithographica, el ave más antigua del mundo. 

Por otra parte, más allá de la distintiva capacidad de vuelo de las aves que les hace predominar con relación a los reptiles voladores, es necesario también tener en cuenta otros factores que pueden seguramente haber incidido en el enterramiento más rápido de los pterosaurios con respecto al enterramiento de  las aves.

Uno de estos factores incidentes puede haber sido la tasa metabólica más baja de los reptiles voladores respecto de tasas metabólicas más altas en las aves, todo esto resultado de una fisiología absolutamente distinta, aspecto que en una condición climática de bajas temperaturas, producto del Diluvio, debe seguramente haber incidido para dificultar más la capacidad de vuelo de estas especies y su resistencia al enterramiento. 

Por otra parte, también incide el peso de las aves, que al ser menor que el de los reptiles voladores, les permitió mantener el vuelo por más tiempo. Es claro que el peso promedio de las aves es de unos diez kilogramos, mientras que si bien existían pterosaurios de tamaño muy pequeño y de largas colas vertebradas, lo cierto es que existían especies de gran envergadura, entre las cuales la especie mayor documentada en el registro fósil corresponde a Quetzaltcoatlus, un reptil volador de un tamaño que bordeaba los 12 metros de envergadura, de punta a punta de sus alas, casi el tamaño de una avioneta pequeña.

Por todo lo expuesto, es comprensible que la fosilización de los reptiles voladores preceda en la columna geológica a la de las aves, no porque obedezca a una antiguedad evolutiva mayor de éstos respecto de las aves sino simplemente porque al momento del Diluvio, contaban éstos con menores expectativas de supervivencia que les permitiera evitar el enterramiento por más tiempo.

Lo anterior, también es válido para explicar la distinta ubicación en la columna geológica de los reptiles respecto a los mamíferos y al mismo hombre. Es claro que mientras los reptiles aparecen ubicados en terrenos intermedios, los mamíferos se ubican en sedimentos más superficiales que son propios de las Eras Terciaria y Cuaternaria supuestamente muchos millones de años adelante en el tiempo.

En otras palabras, como se ha venido insistiendo, la ubicación de las especies en la columna geológica que esgrime la ciencia para explicar la gradación evolutiva de ellas, corresponde en realidad a la ubicación que alcanzaron éstas en su intempestiva huida de las aterradoras aguas del Diluvio y en atención a una distinta capacidad de movilidad y supervivencia.

Algunos científicos detractores del modelo geológico de inundación, preguntan: ¿por qué no es posible encontrar un Deinonychus en los mismos sedimentos en que encontramos un mamut o un tigre diente de sable?  La respuesta a esto, viene a ser en líneas generales la misma que ha sido presentada para explicar la ubicación en la columna de las aves respecto de los reptiles voladores, es decir, la selección hidrodinámica y la capacidad diferencial de cada especie para sobrevivir al enterramiento.

Es claro que la geología de inundación, de selección hidrodinámica y de capacidad de supervivencia diferencial  aún no aclara muchos misterios, pero tampoco lo hace la geología de evolución, de modo que no puede ni debe ser éste un obstáculo para aceptarla o un argumento para rechazarla. Es más, estos misterios vigentes, no son sino un llamado a  continuar investigando con mayor ahínco, a fin de obtener cada día respuestas más satisfactorias sobre la verdadera historia de las especies, entre ellas los dinosaurios.

Cómo se produjo la sepultura de las especies tras la inundación es algo que sólo podemos suponer desde un punto de vista lógico, más muchos aspectos de la catástrofe continuarán siendo desconocidos para nosotros por mucho tiempo y los verdaderos alcances del Diluvio universal deberán continuar siendo estudiados por quienes desean conocer la verdad de este trágico hecho en la historia humana y de todas las especies.

No obstante lo anterior, mientras la ciencia insista en desconocer la realidad del Diluvio universal, los hechos aportados por el registro fósil y la información que continuamente nos está entregando la Geología no podrán ser apreciados en su verdadera contexto y las conclusiones que de ellos se desprendan, continuarán siendo equívocas y mal orientadas, llevándonos a una búsqueda infructuosa de la mano de la teoría de la evolución basada en la selección natural, mientras que dichos restos y evidencias nos hablan no del principio y progresión de la vida sino del fin de ella por medio de un cataclismo sin igual y que se hace evidente en todo el mundo. 

Un reconocido científico que aboga por la creación, entrega la siguiente opinión sobre la geología de inundación:

"Los invertebrados marinos normalmente se encontrarían en las rocas profundas de cualquier columna geológica local, puesto que ellos viven en el fondo del mar. Los vertebrados marinos (peces) se encontrarían en rocas superiores que las de los invertebrados moradores del fondo. Ellos viven en una elevación mayor y por lo tanto pudieron escapar del enterramiento durante más tiempo. Los anfibios y reptiles tenderían a encontrarse aún a mayor altura, en los sedimentos mezclados de la interfaz entre tierra y agua."  (Henry Morris, Scientific Creationism, 1974, pág. 119

En un contexto de Diluvio es factible considerar una explicación de "capacidad diferencial" que presenta a las distintas especies, incluidos los dinosaurios, buscando los terrenos más altos a fin de escapar de las turbulentas aguas de la inundación. En este contexto se ubica la siguiente opinión:

"Estos animales superiores (vertebrados terrestres) tenderían a encontrarse segregados verticalmente en la columna, en orden de tamaño y complejidad, debido a la mayor capacidad de los animales más grandes y diversificados para evitar el enterramiento durante mayores períodos de tiempo." (Henry Morris, Scientific Creationism, 1974, pág. 119

De todo lo expuesto, se puede concluir que la ubicación de las especies en la columna geológica no corresponde a un orden de evolución gradual sino a un “orden” de destrucción hidrodinámica y que se entiende en el marco de una geología de inundación, propia del Diluvio descrito de manera pormenorizada en la Biblia y que sumió a todas las especies, entre ellas los dinosaurios en una extinción masiva de proporciones hasta ahora insospechadas.

HUELLAS DE DINOSAURIOS
¿DE HACE MILLONES DE AÑOS?

En distintas partes del mundo y cada cierto tiempo, la prensa y las revistas especializadas publican el hallazgo sorprendente de “huellas de dinosaurios”. Tales rastros del pasado nos remontan a una época en que los dinosaurios habitaban la Tierra y eran la clase predominante en este mundo. 

Al observar dichas huellas, llamadas “icnitas” en el lenguaje paleontológico, nuestra mente parece trasladarse muy atrás en el tiempo, hace millones de años en la Era Mesozoica y en que en un paisaje atiborrado de coníferas, helechos y licopodios, en medio de pantanos y terrenos selváticos y fangosos los dinosaurios carnívoros asechaban y daban caza a los herbívoros en una incesante lucha por la vida.

Sin embargo, frente a estos vestigios de la vida antigua, pocos son los que cuestionan el hallazgo mismo de huellas de dinosaurios que se presume se formaron hace unos 70 a 100 millones de años atrás, según la ciencia, cuando en la Tierra  habitaban estas bestias. La ciencia acepta con demasiada simplicidad que dichas huellas se hayan conservado durante increíbles períodos de tiempo sin desgastarse, ni erosionarse, ni destruirse a través de 70 o más millones de años. 

Si bien resulta increíble admitir que un par de huellas o grupo de ellas haya podido conservarse por 500 o mil años, se pretende en cambio que las huellas de dinosaurios se han conservado indeleblemente por 70 o más millones de años. Tal aserto, por decir lo menos, resulta más increíble que las propias huellas. 

¿Cómo se formaron las huellas de dinosaurios y cómo se conservaron hasta el día de hoy? La Paleoicnología es una disciplina dentro de la Paleontología que se especializa en el estudio de las huellas o “icnitas” de animales fósiles constituyendo, desde el punto de vista de la ciencia, una importante ayuda para la correcta comprensión de estos rastros del pasado. 

Que las huellas de dinosaurio hayan estado siempre allí y tal como se las descubrió es una suposición muy difícil de justificar seriamente. Las pisadas o rastros de animales actuales permanecen grabados en el terreno por lapsos más bien cortos ya que desaparecen rápidamente por la acción del viento, la lluvia, las inundaciones o la erosión en general, que con respecto a las huellas de dinosaurios tuvieron millones de años para hacerse sentir. ¿Cómo es que una huella o grupo de huellas de dinosaurio ha resistido los embates de la erosión y desgaste climatológico por más de 70 millones de años para llegar hasta nosotros hoy en día? Las respuestas que da la  ciencia rayan en una ingenuidad y falta de consistencia que abruma. La simplicidad de las explicaciones más que aclararnos sobre el origen de las huellas fósiles sólo nos ilustran sobre la abrumadora falta de argumentos consistentes para explicar tan curioso fenómeno paleontológico.

Una de las explicaciones que pretende fundamentar la existencia de las huellas señala que los dinosaurios imprimían las marcas de sus patas en el barro blando (limos y fangos), que luego se secaba pero, posteriormente, era otra vez inundado y cubierto con sedimentos adicionales, generándose una discontinuidad entre el estrato portador de la huella y el que lo cubría posteriormente, en ocasiones compuesto por arenas arrastradas por cauces temporales productos de las lluvias frecuentes.

Más allá de eso, las huellas habrían quedado sepultadas bajo centenares de metros de sedimentos, que a lo largo de millones de años, se habrían compactado y transformado en rocas sedimentarias de gran dureza. Más tarde, los levantamientos de terrenos o formación de montañas y la erosión subsiguiente, que habrían desgastado los depósitos sedimentarios en que se encontraban las huellas, habrían ido dejando al descubierto las huellas impresas en aquel barro de hace millones de años ahora convertido en roca y evidencia fósil.

Los mismos científicos que aportan estas explicaciones suelen reconocer que la ocurrencia de tales procesos de conservación, por su propia complejidad, no debieran ser frecuentes. Lo anterior, porque no resulta fácil pensar que la sucesión de hechos requeridos para que se conserve una huella de un animal que supuestamente vivió hace más de 70 millones de años, se dé efectivamente siguiendo el curso y orden que los paleontólogos sugieren.

Sorprendentemente, de acuerdo a las explicaciones aportadas por los estudiosos de las huellas fósiles, la abrasión de los fenómenos climáticos y atmosféricos habrían sido capaces de erosionar cientos de metros de sedimentos acumulados sobre las huellas en cuestión sin llegar a erosionar las propias huellas, lo que resulta altamente inconsistente.

Cuesta aceptar que una débil y efímera huella haya podido ser conservada intacta en la roca por más de 70 millones de años a no ser de que en verdad dichas huellas no posean en realidad tal cantidad de tiempo y deban ubicarse cronológicamente mucho más temprano en el tiempo, quizás sólo en el ámbito de miles de años lo que a todas luces parece más plausible.

Sin embargo, frente a estos vestigios de la vida antigua, pocos son los que cuestionan el hallazgo mismo de huellas de dinosaurios que se presume se formaron hace unos 70 a 100 millones de años atrás cuando en la Tierra  habitaban estas bestias. La ciencia acepta con demasiada simplicidad que dichas huellas se hayan conservado durante increíbles períodos de tiempo sin desgastarse, ni erosionarse, ni destruirse a través de 70 o más millones de años. 

Si bien resulta increíble admitir que un par de huellas o grupo de ellas haya podido conservarse por 500 o mil años, se pretende en cambio que las huellas de dinosaurios se han conservado indeleblemente por 70 o más millones de años. Tal aserto, por decir lo menos, resulta más increíble que las propias huellas. 

¿Cómo se formaron las huellas de dinosaurios y cómo se conservaron hasta el día de hoy? La Paleoicnología es una disciplina dentro de la Paleontología que se especializa en el estudio de las huellas o “icnitas” de animales fósiles constituyendo una importante ayuda para la correcta comprensión de estos rastros del pasado. 

Que las huellas de dinosaurio hayan estado siempre allí y tal como se las descubrió es una suposición muy difícil de justificar seriamente. Las pisadas o rastros de animales actuales permanecen grabados en el terreno por lapsos más bien cortos ya que desaparecen rápidamente por la acción del viento, la lluvia, las inundaciones o la erosión en general, que con respecto a las huellas de dinosaurios tuvieron millones de años para hacerse sentir. ¿Cómo es que una huella o grupo de huellas de dinosaurio ha resistido los embates de la erosión y desgaste climatológico por más de 70 millones de años para llegar hasta nosotros hoy en día? Las respuestas que da la  ciencia rayan en una ingenuidad y falta de consistencia que abruma. La simplicidad de las explicaciones más que aclararnos sobre el origen de las huellas fósiles sólo nos ilustran sobre la abrumadora falta de argumentos consistentes para explicar tan curioso fenómeno paleontológico.

Una de las explicaciones que pretende fundamentar la existencia de las huellas señala que los dinosaurios imprimían las marcas de sus patas en el barro blando (limos y fangos), que luego se secaba pero, posteriormente, era otra vez inundado y cubierto con sedimentos adicionales, generándose una discontinuidad entre el estrato portador de la huella y el que lo cubría posteriormente, en ocasiones compuesto por arenas arrastradas por cauces temporales productos de las lluvias frecuentes.

Más allá de eso, las huellas habrían quedado sepultadas bajo centenares de metros de sedimentos, que a lo largo de millones de años, se habrían compactado y transformado en rocas sedimentarias de gran dureza. Más tarde, los levantamientos de terrenos o formación de montañas y la erosión subsiguiente, que habrían desgastado los depósitos sedimentarios en que se encontraban las huellas, habrían ido dejando al descubierto las huellas impresas en aquel barro de hace millones de años ahora convertido en roca y evidencia fósil.

Los mismos científicos que aportan estas explicaciones suelen reconocer que la ocurrencia de tales procesos de conservación, por su propia complejidad, no debieran ser frecuentes. Lo anterior, porque no resulta fácil pensar que la sucesión de hechos requeridos para que se conserve una huella de un animal que supuestamente vivió hace más de 70 millones de años, se dé efectivamente siguiendo el curso y orden que los paleontólogos sugieren.

Sorprendentemente, de acuerdo a las explicaciones aportadas por los estudiosos de las huellas fósiles, la abrasión de los fenómenos climáticos y atmosféricos habrían sido capaces de erosionar cientos de metros de sedimentos acumulados sobre las huellas en cuestión sin llegar a erosionar las propias huellas, lo que resulta altamente inconsistente.

Cuesta aceptar que una débil y efímera huella haya podido ser conservada intacta en la roca por más de 70 millones de años a no ser de que en verdad dichas huellas no posean en realidad tal cantidad de tiempo y deban ubicarse cronológicamente mucho más temprano en el tiempo, quizás sólo en el ámbito de miles de años lo que a todas luces parece más plausible.

Cuando uno se encuentra frente a una huella de dinosaurio indeleblemente marcada en la roca, ¿se puede pensar con honestidad que posee una antigüedad de millones de años? ¿No resulta acaso más lógico asumir que posee una antiguedad de sólo miles de años?  ¿Cómo pudiera una frágil huella haber resistido sobre sí el paso de tantos millones de años sin borrarse y sin perder su definida particularidad?

Si ya es difícil concebir la conservación de una huella a través de miles de años, mucho más increíble resulta aceptar tal evento con asiento en una cronología de millones de años. El hecho de que una huella de dinosaurio pudiera conservarse a través de miles de años, 3500 o 4000 años aproximados, pudiera ser catalogado como un hecho posible. 

En hecho, sobre la fragilidad de las huellas y la imposibilidad de que éstas se conserven por períodos de millones de años, se destaca el siguiente comentario de Bernardino Mamani, Director del Departamento de Paleontología del Museo de Historia Natural de La Paz, Bolivia, país en que se han encontrado numerosas huellas de dinosaurios:

"Las huellas de Cal Orcko desaparecerán en diez años". El viento, la lluvia y la posición vertical desgastan el quebradizo material de tal manera, que "nuestros hijos podrán ver las huellas de Cal Orcko solamente en fotografías." 

Lo difícil que resulta la conservación natural de las huellas de dinosaurios ha motivado, en cuanto a las huellas encontradas en Bolivia, que se hayan presentado a la UNESCO algunas propuestas tendientes a la conservación de la pared que contiene los rastros en su estado original. 

De no ser así, quienes estudian las huellas encontradas en Bolivia, aseguran que el yacimiento que las contiene y que según se afirma es el más grande del mundo, muy pronto será tan sólo un barrial sin forma e imposible de estudiar. Todo esto deja ver que la conservación de huellas de dinosaurio es un hecho por demás sorprendente y que no es posible concebir en un marco de millones de años.

De hecho el hallazgo de huellas de dinosaurios es más frecuente de lo que pudiera esperarse si éstas tuvieran en realidad 70 o más millones de años. Sin embargo, si las huellas en realidad corresponden a animales de existencia mucho más reciente en el tiempo, quizás de hace tan sólo miles de años atrás, el hallazgo mismo de tales huellas no debiera resultar sorprendente o inconcebible. 

Actualmente se rastrean huellas de dinosaurios en Estados Unidos, España, Argentina, Chile, Bolivia, Australia, etc., dejando ver que estos animales evidenciaban su presencia en distintos lugares y territorios a lo largo del mundo, no obstante, la realidad de cómo se formaron y conservaron dichas huellas sigue esperando por una explicación consistente que justifique su conservación a través de los millones de años que sostiene la ciencia.

 

 

Distintos modelos de huellas de dinosaurios presumiblemente formadas hace más de 65 millones de años ¿Cómo se conservaron tanto tiempo estas huellas en circunstancia que los distintos organismos de conservación dicen que si no se cuidan desapareceran antes de 20 años? ¿Es esto consistente con la hipotesis de conservación que sostiene la ciencia para explicar estas huellas? 

EL DILUVIO Y LOS NIDOS DE DINOSAURIOS

Los científicos evolucionistas que no manifiestan acuerdo con el registro bíblico, especialmente en cuanto al Diluvio, han preguntado: ¿Cómo es que los dinosaurios, que supuestamente escapaban de las aguas del diluvio, se dieron el tiempo para poner huevos y preparar sus nidos en los terrenos en que se encuentran sedimentados?

Un ácido detractor que impugna la ocurrencia del Diluvio pregunta de manera incisiva: “¿Y qué sucede con la gran cantidad de sitios de nidificación de dinosaurios terrestres que se han encontrado? ¿Deberíamos asumir que estos animales, entrados en pánico por el nivel creciente de las aguas del Diluvio y por la lluvia torrencial, huyendo hacia tierra alta, de repente decidieron detenerse, cavar un enorme número de nidos en los sedimentos de la inundación y depositar huevos que aparentemente tuvieron tiempo de empollar antes de que la inundación los engullera?”  (Lenny Frank, ¿Se puede explicar el registro geológico y fósil con el Diluvio Universal? ,1995)

Aún otro escéptico plantea el siguiente razonamiento: ”Debido a la fuerza catastrófica del ambiente marino y la falta de exposición de la tierra durante el diluvio, no esperaríamos encontrar en el registro geológico, algún tipo de fósiles delicados que evidenciaran haber sido colocados sobre el suelo, como los nidos fosilizados de dinosaurios.” (Ken Harding, Problemas para el Diluvio Universal,1999)

Al respecto, es necesario establecer que el Diluvio como un evento geológico está aún siendo estudiado por científicos que aceptan dicho evento como real y quienes han establecido que siendo los alcances de este cataclismo de índole global, es muy probable que las aguas no cubrieran necesariamente todo el mundo habitado, quedando lugares que fueron preservados de la inundación o que fueron afectados en menor medida que otros, todo lo cual resulta bastante plausible desde un punto de vista lógico.

Siendo así, es probable que los nidos de dinosaurios que se han encontrado en distintos lugares del mundo no hayan sido alcanzados por la inundación de manera directa, ya sea porque se encontraban en terrenos que por sus condiciones geográficas permanecieron fuera del alcance de las aguas o bien porque la sedimentación de los mismos fue resultado de condiciones de fosilización que no dicen relación directa con la inundación. 

Es probable, de igual manera, que algunos dinosaurios no hayan muerto como resultado de la gran inundación al vivir en terrenos no afectados por ésta, y habiendo sobrevivido a la inundación eventualmente pudieran haber muerto poco después producto de la ola de frío que siguió necesariamente al Diluvio. Es perfectamente posible que un número importante de dinosaurios se haya extinguido producto de la gran inundación que alcanzó magnitudes globales mientras que un número menor, se extinguió más tarde producto de la ola de frío expansivo que sumió al mundo en una verdadera glaciación temporal, impidiendo que los grandes reptiles de sangre fría continuaran existiendo.

Lo anterior, permite con toda tranquilidad asumir, que algunos grupos de dinosaurios pudieran construir nidos y poner sus huevos aún durante el Diluvio y poco después de que éste concluyera. La presencia de nidadas de dinosaurios, permite concluir que no todos los dinosaurios perecieron de una manera súbita o inmediata producto del Diluvio.

Grupos importantes de dinosaurios pueden haber sobrevivido en terrenos que permanecieron a salvo de la inundación, teniendo después del Diluvio tiempo suficiente para anidar sus huevos, algunos de los cuales al presentar sus cáscaras quebradas, evidencian que sus crías abandonaron los huevos en una clara disposición de continuar la lucha por la vida. Es probable que el frío y las grandes heladas posteriores al Diluvio hayan extinguido por completo a estos grandes reptiles al punto de no dejar con vida a ninguno de ellos.

Es más, mientras que la mayoría de la tierra habitada fue conmocionada por espantosas inundaciones y avalanchas, es de todo punto probable que muchos lugares fueron invadidos por las aguas no de una manera violenta y caótica sino más bien de una manera lenta y gradual, pudiendo proveer el ambiente necesario para que se llegaran a fosilizar estructuras delicadas como los huevos de dinosaurio por ejemplo, sin sufrir los rigores de la destrucción catastrófica del Diluvio.

Es posible que grandes extensiones de terreno hayan sido sepultadas gradualmente por capas de barro o agua lodosa que permitieron la conservación de estructuras finas, como pudieran ser los huevos de dinosaurios, permitiendo que nidadas completas fueran enterradas para fosilizarse tal como las depositaron sus progenitores. Esto explicaría por qué los huevos contienen pichones o embriones de dinosaurios, restos de huevos sin eclosionar o que no alcanzaron a lograr su completa fase de desarrollo.

Se puede encontrar evidencia de que algunos dinosaurios sobrevivieron al Diluvio al estudiar los nidos de dinosaurios que se han encontrado en distintos lugares del mundo. En Estados Unidos por ejemplo, más precisamente en la localidad de Montana, se ha localizado un importante hallazgo de nidos de especies de dinosaurios como Orodromeus, Maiasaurus y Troodon. Los nidos que en esta región se observan pueden perfectamente haber sido construidos durante o después del Diluvio descrito en la Biblia.

El Orodromeus era un dinosaurio herbívoro cuyos nidos podían llegar a contener hasta 24 huevos puestos en forma de espiral, con las puntas hacia abajo. El segundo dinosaurio constructor de nidos en Montana fue el Maiasaurus, también herbívoro. En el terreno observado se han llegado a contar hasta 11 nidos en un solo nivel. Cuatro de estos nidos contenían sólo las cáscaras. El tercer tipo de nidos corresponde a Troodon, un carnívoro pequeño que acostumbraba poner sus huevos en hileras lineales. Es probable que estos nidos de dinosaurios fueran construidos en el punto culminante del Diluvio o bien durante sus últimos instancias. El hecho de que algunos nidos contengan fósiles de crías recién salidas del cascarón, indica que el enterramiento de estos nidos fue rápido e inesperado aún para quienes los custodiaban.

En el caso de los nidos observados en Montana, se hace claro que éstos no se encuentran desordenadamente depositados en el sedimento como pudiera haber sido producto de la inundación de las aguas, sino más bien sugiere fuertemente que una avalancha de lodo y rocas los cubrió sin que sus progenitores pudieran hacer algo al respecto o escapar ellos mismos al enterramiento.

La preservación de los nidos tal y como fueron encontrados requería un enterramiento rápido de los huevos y de las crías. El Diluvio, con las avalanchas de sedimentos que produjo, bien pudo haber provisto las condiciones necesarias para este tipo de preservación. 

Es claro que la destrucción de la vida en la Tierra por medio de un cataclismo de proporciones tuvo un impacto inequívoco no sólo sobre los dinosaurios, sino también sobre nichos de vida marina y también vegetal. 

Las evidencias geológicas y paleontológicas permiten ver que una destrucción repentina ocurrió en el pasado y que afectó de manera directa a la totalidad de las especies sepultándolas para siempre. En muchos casos, los científicos parecen concordar en que la destrucción derivó en espantosas inundaciones e invasiones de agua que transformaron de manera definitiva la geografía de nuestro planeta. Dichas inundaciones e invasiones de agua sorprendieron a las especies no dándoles en algunos casos siquiera tiempo a reaccionar, mientras que en otros casos la invasión de las aguas y el lodo fueron graduales y permitieron que algunas especies fueran desapareciendo conforme sus terrenos iban desapareciendo bajo la inundación y los aludes o avalanchas.

En este contexto, grupos importantes de dinosaurios perecieron de manera  rápida producto de la invasión violenta de las aguas y de las inundaciones correspondientes, mientras que otros, pueden haber sobrevivido en lugares apartados y protegidos de las aguas y del frío posterior. De ser así, y al amparo de condiciones especiales, no es imposible concebir que algunas especies de dinosaurios sobrevivieran incluso después del Diluvio, viviendo por algún tiempo en lugares que contaran con condiciones favorables para la supervivencia. 

Que algunas especies de dinosaurios hayan sobrevivido en lugares apartados y que poseían condiciones favorables para la supervivencia aún después del Diluvio, es de todo punto de vista posible si consideramos por ejemplo el caso de los dragones de Komodo, una especie de reptiles de gran tamaño, que al amparo de un ambiente especial han podido sobrevivir al tiempo y llegar hasta nuestros días conformando una rareza zoológica sin igual. 

Hasta aquí, la presencia de nidadas de huevos de dinosaurios en algunos lugares del mundo no presenta objeción alguna a la real ocurrencia del Diluvio, indicando esto que muchos aspectos del enterramiento fósil de las especies, aún está para ser estudiado y analizado por quienes han hecho de la Paleontología la pasión de su vida, no sólo bajo el sesgo del pensamiento evolucionista sino bajo el prisma objetivo de la ciencia que se ilustra con la evidencia.

CAPÍTULO 4
¿LOS DINOSAURIOS SE CONVIRTIERON EN AVES?

Durante las últimas décadas los paleontólogos han insistido en que los dinosaurios, o al menos un grupo de ellos, no se extinguió sino que se transformó en aves. Esto una vez más, deja ver que la ciencia en su intención de recrear la realidad del pasado, se equivoca y parece dar palos de ciego.

Si los dinosaurios se convirtieron en aves y en consecuencia las aves son dinosaurios, consecuentemente los dinosaurios jamás se han extinguido y han vivido todo este tiempo con nosotros sin nosotros habernos dado cuenta, gracias a la ciencia.

Luego, todo esto de que era imposible que los hombres pudieran haber vivido con los dinosaurios porque ambos grupos se encontraban separados por millones de años de historia nuevamente era un serio, por no decir, garrafal error de la ciencia. Los hombres siempre han vivido con los dinosaurios.

Frente a esta nueva realidad y la situación que la ciencia enfrenta, el verdadero origen de las aves y su relación de parentesco con los dinosaurios, se presenta hoy en día como un auténtico misterio para la ciencia.

Con esta opinión concuerda el siguiente comentario de un afamado evolucionista:

"Esto [el origen de las aves y su relación con los dinosaurios] sobresale hoy como uno de los mayores rompecabezas de la evolución."  (Lacomte du Nouy, Human Destiny, 1947, pág. 72)

 
 
La situación al respecto se ve confirmada por la siguiente declaración de una importante publicación evolucionista: “Peor documentada aún está la transición de reptiles a aves.”  (Processes of Organic Evolution, pág. 146)

La idea de que los rasgos distintivos de las aves hallan su origen en los dinosaurios no es nueva sino que se remonta a la segunda mitad del Siglo XIX, época en que el biólogo británico Thomas Henry Huxley propuso la idea a partir del entonces reciente descubrimiento en 1861 del fósil de Archaeopteryx lithográfica, el ave más antigua de que hasta entonces se tenía noticia.

Sobre los debates que ha originado Archaeopteryx, se detalla lo siguiente:

"El fósil del Archaeopteryx apareció en escena precisamente dos años después de que Charles Darwin publicara El Origen de las Especies. El naturalista Thomas Henry Huxley se apresuró a adoptar la criatura como ejemplo perfecto de una forma de transición entre los reptiles y las aves. Huxley creía que el Archaeopteryx era una fotografía instantánea tomada en una etapa de cambios, la evolución atrapada en el acto: el pesado hueso del reptil que se transforma en el ligero y hueco hueso del ave, las extremidades anteriores que se extienden para formar las alas, el poco profundo esternón que se hunde para sujetar los masivos músculos de las alas y las escamas de reptil convertidas en plumas.

Cuando apareció un pequeño dinosaurio llamado Compsognathus en el mismo depósito que el Archaeopteryx, Huxley observó la extraña semejanza entre los dos e hizo una sugerencia sorprendente: la aves no sólo coexistieron con los dinosaurios sino que eran parientes cercanos.

Pero los críticos de Huxley plantearon la cuestión: ¿no es posible que aves y dinosaurios se parezcan, no porque hayan sido parientes cercanos, sino porque vivieron en ambientes similares e hicieron cosas de manera similar? El desarrollo por separado o convergente de características semejantes es común en la historia de la vida. Véanse las alas de un murciélago y las de una mariposa: ambos tipos de alas permiten el vuelo al batirlas, pero surgen de diferentes partes corporales y no revelan antepasados comunes.

Con todo, pocos se preocuparon por desafiar seriamente el vínculo que estableció Huxley entre dinosaurios y aves hasta la publicación, en 1926, de la edición en inglés del libro de Gerhard Heilmann El Origen de las Aves, en el que el autor afirmaba que los dinosaurios carecían de espoleta, rasgo distintivo de las aves. Es probable que aves y dinosaurios estén emparentados, decía Heilmann, pero sólo a través de un antepasado común de tiempos más antiguos, el cual, sugería, era un pequeño y esbelto reptil bípedo que trepaba a los árboles y aprendió a planear entre ellos hace 230 millones de años, durante el Triásico. Y ese  fue el pensamiento que predominó durante casi medio siglo.

Ocasionalmente, los paleontólogos tropezaron con huesos fosilizados de aves de fines del Cretáceo, hace más de 65 millones de años, pero no encontraban nada que llenara el abismo entre esas aves más recientes y el Archaeopteryx, o que aclarara lo que hubo antes.” (National Geographic, vol. 3, N° 1, julio de 1998, págs. 84-85)

La teoría propuesta por Huxley y sus partidarios posteriores, sostiene que los dinosaurios más pequeños como el Compsoghnatus, que era del tamaño de una gallina, y que presenta una estructura ósea parecida a la de las aves, evolucionaron espontáneamente adquiriendo características absolutamente diferentes, entre las que se cuentan las alas y la capacidad de volar, el plumaje y la sangre caliente. Esta última particularidad propia de las aves, es decir la sangre caliente, resultó en principio un escollo bastante obvio para los evolucionistas que deseaban conectar a Archaeopteryx con los dinosaurios ya que se presumía que éstos eran de sangre fría (otro error de la ciencia). La dificultad que planteaba esta cuestión resultaba entonces insalvable, al punto que en el último tiempo algunos paleontólogos sugerían que los dinosaurios tenían en verdad sangre caliente.

¿Es el Archaeopteryx un eslabón entre los dinosaurios y las aves de hoy? Por mucho tiempo se llegó a pensar incluso que esta ave prehistórica pudiera eventualmente constituir un eslabón de unión con ciertos grupos de dinosaurios. Sin embargo, tal punto de parentesco con aquellos dinosaurios ancestrales tampoco contaba en inicio con mucho apoyo, como se deja ver en el siguiente comentario:

“Archaeopteryx se consideró durante largo tiempo ese eslabón, pues reunía rasgos de reptil (dientes, larga columna vertebral con cola, falanges largas, etc.) con características evidentes de ave (plumas, huesos tubulares ligeros, etc.). Sin embargo, la distancia entre los reptiles planeadores y el Archaeopteryx es demasiado grande, pues aquéllos no dominan en absoluto el vuelo activo, mientras que éste es capaz de batir las alas de manera activa, consiguiendo así darse impulso. Además los reptiles planeadores no muestran en principio siquiera una evolución hacia la cubierta de plumas, Tampoco está nada claro si la capacidad de vuelo de Archaeopteryx se desarrolló  a partir de las posibilidades para el planeo de los reptiles cuyo habitat eran los árboles o más  bien a partir de los “movimiento de aleteos” de las extremidades anteriores, en apoyo de la carrera sobre dos pies y de los saltos con las patas traseras.”  (Enciclopedia “Crónica de la Tierra”, Editorial Plaza & Jane Editores S.A., Tomo I, pág. 190)

Con relación a las plumas, un rasgo distintivo de Archaeoperyx y por supuesto también de las aves, se recoge el siguiente comentario:

“Desde hace muchos años el fósil más temprano de ave ha sido Archaeopteryx lithographica, el cual vivió en el período Jurásico tardío (alrededor de 148 millones de años atrás). Pero Archaeopteryx no ofrece nuevos conocimientos sobre cómo las plumas evolucionaron, ya que sus propias plumas no se distinguen de las plumas de las aves de hoy.” (Scientific American, marzo 2003, pág. 86)

Si bien los evolucionistas argumentan que las plumas de las aves evolucionaron a partir de las escamas de los reptiles, lo cierto es que no todos comparten esta teoría y sin ir más lejos, en opinión del Dr. David Menton, Profesor asociado de Anatomía en la Escuela Universitaria Washington de Medicina en San Louis, Missouri (USA), las plumas de las aves  y las escamas de los reptiles no guardan similitud alguna salvo que ambas están compuestas de queratina, una sustancia que no obstante se encuentra también presente en el pelo, en las uñas y en la piel.

La teoría más reciente, que busca explicar cómo es que las plumas evolucionaron a partir de las escamas de los reptiles, habla de distintos estados en que las características únicas de las plumas evolucionaron a través de una serie de innovaciones evolutivas,  cada uno de los cuales resulta esencial para que se produzca la aparición del próximo estado. Según esta teoría, la escama de los reptiles habría experimentado un inusitado alargamiento en la epidermis, el cual habría dado lugar a una especie de estructura primordial que más tarde evolucionaría en una pluma. Una vez producido este alargamiento de la escama, habría aparecido en un estado siguiente una especie de anillo o collar que a su vez habría dado lugar a la formación de un folículo o cavidad que penetre la epidermis, de la cual  a su vez se habría de desarrollar la compleja estructura de la pluma con su cálamo, raquis y barbas. No obstante, esta singular teoría que explica la evolución de las plumas a partir de las escamas de los reptiles resulta a todas luces poco consistente.

Al respecto, un evolucionista experto en plumas concluyó:

"A nivel morfológico las plumas son tradicionalmente consideradas homólogas con las escamas de los reptiles. No obstante, en desarrollo, morfología, estructura genética, forma y secuencia proteínica y estructura y formación de filamentos, las plumas son diferentes." (Alan H. Brush, "Sobre el origen de las plumas", Diario de Biología Evolucionista, 1996, pág. 9)

La diferencia más básica entre las plumas de las aves y las escamas de los reptiles la constituye el hecho de que las plumas crecen a partir de un folículo, es decir a partir de una depresión tubular de la epidermis que penetra profundamente dentro de la piel hasta llegar al hueso, en el caso de las plumas primarias, sin embargo las escamas de los reptiles no tienen absolutamente nada que ver con los folículos, ya que éstas no se desarrollan a partir de éstos, sino como pliegues de la epidermis, una especie de tejido plegado sobre sí mismo, mientras que las plumas en cambio deben desarrollarse a partir de su propio folículo, como sucede igualmente con el cabello. 

Sobre cómo las escamas de los reptiles se transformaron progresivamente en plumas, un evolucionista declaró:

"¿Cómo evolucionó esta maravilla estructural?  No se necesita mucha imaginación para visualizar la pluma como una escama modificada, básicamente como la de un reptil...una escama alargada adherida sin gran firmeza cuyas orillas externas se desgastaron y se extendieron hasta que evolucionó en la altamente compleja estructura que es hoy." (Roger Tory Peterson, The Birds, 1963, pág. 34)

¿Se pudiera decir que la declaración anterior está expresada con criterio científico?  Huelga decir que, aunque fue expresada por un hombre de ciencia, dista mucho de manifestar un criterio científico, al expresar literalmente que no se necesita mucha imaginación para explicar el origen de las plumas de las aves a partir de las escamas de los reptiles, lo que evidentemente no se ajusta a realidad alguna, toda vez que indudablemente se requiere una imaginación muy vivaz para concebir una transformación de esta naturaleza, es decir el desarrollo de una estructura tan compleja como lo es la de una pluma, a partir de la sencillez de una escama, ya sea de reptil o de algún otro ser vivo.

Por otra parte, el mantenimiento de estas estructuras delicadamente complejas como son las plumas, requiere de una adaptación especial por parte de las aves que les permita lubricarlas y mantenerlas en buenas condiciones. Al efecto, la mayoría de las aves posee una glándula que produce aceite con la cual logran mantener en buenas condiciones su plumaje. Aquellas aves que no poseen esta glándula, poseen en cambio plumas especiales que desgastándose en su extremo, producen una sustancia suavizante que les permite mantener en condiciones óptimas sus delicadas plumas. Más allá de esto, las aves tienen también la capacidad de mudar sus plumas.

De todo lo expuesto, se desprende que aún no existe una explicación satisfactoria que permita comprender cómo es que las plumas se desarrollaron a partir de las escamas de los dinosaurios, siendo esto hasta la fecha un misterio. Lo anterior, se deja ver de alguna manera en el siguiente comentario sobre este hipotético desarrollo:

“Las plumas se han desarrollado a partir de las escamas de los reptiles de un modo hasta la fecha desconocido.” (Enciclopedia “Crónica de la Tierra”, Editorial Plaza & Jane Editores S.A., Tomo I, pág. 263)

Respecto al eventual parentesco entre Archaeopteryx y los dinosaurios, se realizó en la ciudad de Eichstatt, Alemania, en 1984, una cumbre de científicos especializados en la evolución de las aves, la Conferencia Internacional Archaeopteryx. En dicha conferencia hubo una notable discrepancia respecto a cada uno de los puntos que se expusieron sobre este especímen fósil. No obstante lo anterior, hubo acuerdo general en que Archaeopteryx era en sí una verdadera ave. Sólo algunos se aventuraron a decir que se trataba de un pequeño y ligero dinosaurio del tipo celurosaurio. La conclusión general sin embargo, determinó que Archaeopteryx no constituía en modo alguno una especie transitoria entre aves y reptiles.

Si bien, hay quienes aseguran que existen más de 100 características estructurales afines entre Archaeopteryx  y Compsognathus, el dinosaurio que más se le parece, lo cierto es que entre ambas especies existen también notables diferencias y que impiden aceptar al último como antepasado del primero o como ocupando un lugar en un supuesto árbol genealógico de las aves. La incongruencia de los paleontólogos más radicales, ha llevado incluso a clasificar a las aves como una subcategoría de los dinosaurios, algo que en principio se antojaba es de todo punto de vista inaceptable, pero que sin embargo, hoy es plenamente aceptado.

En el pasado, muchos científicos discutieron el parentesco entre Archaeopteryx y los dinosaurios argumentando que las aves presentan una característica espoleta o fúrcula que une estructuralmente sus dos clavículas, hueso característico que tiene forma de horquilla y que no se observaba en los dinosaurios. Archaeopteryx presenta la espoleta o fúrcula característica de las aves.

La espoleta o fúrcula es un hueso en forma de "V" y que se presenta en las aves formado por la fusión de las clavículas en el esternón. Este hueso es el famoso "hueso de los deseos" que frecuentemente las parejas rompen cuando cenan pollo o pavo. La fúrcula por mucho tiempo fue considerada como una característica propia sólo de las aves, sin embargo los descubrimientos de las últimas décadas han demostrado que ésta no es en modo alguno una característica distintiva de las aves sino que también se observa en algunos dinosaurios.

Aunque por mucho tiempo este detalle de la espoleta mantuvo a raya a los entusiastas evolucionistas que proponían un parentesco entre Archaeopteryx y los dinosaurios, lo cierto es que al ser encontrados algunos dinosaurios que si presentaban espoleta o fúrcula, quienes pugnaban por demostrar una relación entre las aves y los reptiles volvieron a la carga. Frente a esto, la pregunta a ser hecha era: ¿Es la presencia de espoleta en algunos dinosaurios evidencia concluyente de que éstos son antepasados de las aves?

Es necesario aclarar que, si bien algunos dinosaurios presentan una espoleta o fúrcula como la de las aves, la presencia de este singular rasgo en algunos dinosaurios no permite asumir tan libremente que se esté en presencia de dinosaurios que constituyan la antesala de una clase dinosaurios voladores y emplumados. La estructura general que necesitan las aves para emprender y sostener el vuelo requiere de mucho más que la presencia de una espoleta o fúrcula aunque este no es el caso de los dinosaurios, por cuanto ninguno de los fósiles encontrados hasta ahora presenta en verdad características que permitan pensar que en algún momento  les permitieron volar. 

Por otra parte, la transición de dinosaurios en aves es aún más compleja que una simple adaptación estructural que comprenda huesos y plumas, como deja ver el siguiente comentario de un afamado científico:

"La evolución de las aves es más compleja que lo que implican las discusiones precedentes. Además del problema del origen de las plumas y del vuelo, las aves poseen otras adaptaciones únicas que desafían explicaciones evolucionistas. Unas de estas adaptaciones son los pulmones y el sistema respiratorio. En todos los demás vertebrados, el aire es inhalado a través de un sistema de conductos que se ramifican que terminan eventualmente en sacos minúsculos de aire (alvéolos), luego el aire es exhalado por medio de los mismos conductos. Pero en el caso de las aves los bronquios (o conductos) principales se subdividen en conductos cada vez más pequeños hasta que penetran el tejido pulmonar. Estos conductos minúsculos  (parabronqueos) luego empiezan a unirse de nuevo en conductos más grandes formando asi un sistema de circulación en un solo sentido - el aire entra por un extremo y sale por el otro.... Es muy difícil imaginarse como fue posible que este sistema de respiración tan diferente al de todos los demás vertebrados evolucionara gradualmente a partir del diseño estándar de todos los demás vertebrados, especialmente si permanecemos conscientes de que el sistema respiratorio es vital para la vida del organismo a tal extremo que cualquier problema serio con éste conduce a la muerte del organismo en cuestiones de minutos. De la misma manera las plumas nunca pudieron haber sido estructuras para el vuelo al menos que los cientos de ganchos y orificios (donde se enganchan los ganchos) microscópicos que las componen se hubieran co-adaptado simultáneamente para engancharse tan perfectamente. De la misma manera los pulmones de las aves no pudieron haber funcionado como un órgano de respiración al menos que los parabronqueos, que penetran el mismo pulmón para transportar el aire vital, y los alvéolos, que proporcionan aire a los parabronqueos para su funcionamiento, se hubieran desarrollado simultáneamente y hubieran funcionado conjuntamente en una manera integral y perfecta desde el principio.” (Michael Denton, Evolution, págs. 210-212)

Es más, aunque en años recientes se han encontrado especialmente en China otros fósiles de dinosaurios que pudieran ser emparentados con las aves, como el Sinosauropteryx prima y el Caudipteryx zoui, lo cierto es que para los paleontólogos el origen evolutivo de las aves sigue siendo un misterio.

Si bien durante generaciones los evolucionistas han tratado de descubrir el misterioso origen de las aves, aún gravitan interrogantes sin respuesta al respecto: ¿Surgieron de los dinosaurios?  Y si fue así, ¿de cuáles dinosaurios?  ¿Dónde se encuentran en el registro fósil los eslabones que faltan entre los dinosaurios del pasado y las aves de hoy?  La discusión aún está lejos de llegar a su fin.

Si bien los restos fósiles encontrados en China evidencian estructuras que pudieran ser asemejadas a pelos o incluso a plumas incipientes, tal característica, según opinión de científicos detractores del pasado dinosauriano de las aves, no basta para emparentar a los dinosaurios con las aves, aspecto que se deja ver en el siguiente comentario aparecido sobre el hallazgo en una importante revista científica:

“La noticia sobre los hallazgos en China ha reavivado el acalorado debate sobre las ramas y bifurcaciones del árbol genealógico de las aves. La mayoría de los científicos sitúa firmemente al Sinosauropteryx  en una de las primeras ramas que vinculan a los dinosaurios con las aves; pero algunos otros siguen poniendo en tela de juicio el vínculo entre los dinosaurios y las aves, argumentando que el grupo de estas últimas evolucionó de un reptil más antiguo, mucho antes de que el Sinosauropteryx se diera un festín con su última presa.” (National Geographic, vol. 3, N° 1, julio de 1998, págs. 77 y 84, 96, 95)

Aunque los hallazgos fósiles de China han reavivado el misterio del origen de las aves, lo cierto es que las estructuras que se observan en conexión con estos dinosaurios no son propiamente plumas, situación que se deja  ver en el siguiente comentario de una publicación especializada en temas científicos:

"Estos animales poseen una diversidad de plumas primitivas que no son tan altamente evolucionadas como aquellas de las aves de hoy, ni siquiera como las de Archaeopteryx." (Scientific American, marzo 2003, pág. 86)

La definición de estas estructuras observadas en los fósiles de China, que son definidas como “protoplumas” o plumas no “tan altamente evolucionadas como aquellas de las aves de hoy”, sólo deja ver que no corresponden realmente a estructuras que pudieran ser consideradas verdaderamente plumas.

La mayoría de los expertos sobre el tema considera que las aves actuales descienden de los dinosaurios, y citan como prueba los fósiles de China. Sin embargo, los críticos de esta teoría aducen que los filamentos encontrados en dicho fósiles no son estructuras precursoras de las plumas o que se han mezclado los fósiles de dinosaurios y pájaros primitivos. Otro reporte, indica que los filamentos que algunos se adelantaron a identificar como “protoplumas” o “plumas”, son similares a las fibras de colágeno que se encuentran inmediatamente bajo la piel de algunos reptiles.

Los más entusiastas defensores de esta teoría de transición de dinosaurios a aves, sugieren incluso que es posible que los dinosaurios más pequeños, o incluso los ejemplares jóvenes de especies mayores, como el Tyrannosaurus rex, hayan necesitado de coberturas corporales similares a las plumas para conservar la temperatura del cuerpo, especialmente en etapas infantiles o juveniles.

No obstante, la idea de que los dinosaurios evolucionaron en aves continuó sin ser compartida por todos, desprendiéndose esto del siguiente comentario:

"Algunos científicos rechazan la relación entre dinosaurios y aves, y piensan que sólo comparten un antepasado común sin descubrir, pero que evolucionaron por caminos separados."  (National Geographic, vol. 3, N° 1, julio de 1998, págs. 77 y 84, 96, 95)

Ahora bien, ¿Qué cambios tendrían que haberse producido para que efectivamente los dinosaurios se hubiesen convertido en aves?  La respuesta deja ver que esta increíble transición es más compleja de lo que se supone normalmente y que en realidad va más allá de la simple transformación de la piel escamosa en plumas, lo que de ya resulta bastante improbable.

A fin de convertirse en aves, los dinosaurios debieran haber desarrollado rasgos iniciales que más tarde se sumarían a la capacidad para volar, es decir, adquirir huesos delgados y huecos, cráneos livianos y carentes de mandíbulas pesadas, para lo cual debieran paulatinamente perder los dientes y transformar sus hocicos en picos desdentados o con dientes primordiales.

Además de modificar el sistema respiratorio en el sentido de hacerle más adecuado para suplir el mayor esfuerzo físico que implica batir las alas para volar, es necesario también que se verifiquen serios cambios que impliquen el metabolismo y la temperatura, a fin de que sostengan las reacciones químicas capaces de suplir el alto costo de energía que demanda emprender y sostener el vuelo.

En el aspecto estructural, o sea del esqueleto, como ya se dijo deben observarse cambios profundos. Sin embargo, uno de los cambios más significativos es aquel que se requiere con relación al hueso del esternón, el que en las aves presenta una solidez característica y distinta a la de otros animales, incluidos los dinosaurios, teniendo en cuenta que a partir de ese hueso, sólido en las aves, se desarrolla toda la estructura ósea, fuerte y consistente, que les permite realizar un esfuerzo tan grande como el que se requiere para volar.

Por otra parte, uno de los cambios más significativos que habrían de asumir los dinosaurios en su pretendido cambio a la condición de las aves, tendría que ver con la aparición de las plumas, órganos aerodinámicos que verdaderamente no tienen cómo desarrollarse a partir de la piel rugosa o escamosa de los dinosaurios. Sostener lo contrario, a saber, que a partir de un sin número de coincidencias y probabilidades evolutivas surgieron espontáneamente las plumas en la piel de los dinosaurios, es por decir lo menos, echar a volar la imaginación sin ningún tipo de freno.

Si bien hoy en día, la gran mayoría de los científicos de la paleontología sostienen que los dinosaurios se convirtieron en  aves, aún quedan lagunas de información, preguntas que responder y muchas cosas que aclarar para aceptar consistentemente la transición de dinosaurios en aves.  

¿CÓMO LOS DINOSAURIOS EMPRENDIERON EL VUELO?

¿Cómo es que supuestamente los dinosaurios se convirtieron en aves y emprendieron el vuelo?

Este asunto ha llevado a los evolucionistas a entrar en serias controversias toda vez que de manera general existen dos teorías divergentes. Claro está que ninguna de estas dos teorías puede ser probada o sustentada con el registro fósil correspondiente. 

En efecto, como una forma de explicar el eventual vuelo de los dinosaurios, existe la "teoría arboreal", que sostiene que las aves se originaron a partir de dinosaurios, que encaramados a los árboles, se echaron a volar. Siendo así, la aparición de plumas por ejemplo, se concibe a partir del alargamiento de las escamas desarrolladas por este tipo de dinosaurios frente a su necesidad de planear.

Existe también, la "teoría cursorial", que postula que algunos pequeños reptiles comenzaron a batir sus extremidades anteriores moviéndose enérgicamente sobre el suelo y dando grandes saltos rasgo que los llevó más tarde a desarrollar una estructura acorde con los nuevos requerimientos que finalmente les permitieron volar.

Es claro sin embargo, que quienes postulan la teoría de que los dinosaurios planeaban, se manifiestan en profundo desacuerdo con quienes postulan la teoría de que en verdad ellos daban grandes saltos que posteriormente les permitieron volar y viceversa, no existiendo entre ambas posturas un acuerdo respecto a cómo los dinosaurios comenzaron a volar. Mientras no exista evidencia concluyente que apoye una y otra, y a la verdad no existe, la transición de los dinosaurios en aves y de cómo estos aprendieron a volar sigue siendo un misterio.

Quienes proponen la primera teoría, es decir la de los dinosaurios planeadores, poseen a su vez interesantes ideas de cómo llegaron éstos a planear, las que se dejan ver en el siguiente comentario:

“Se ha supuesto que el tránsito de la forma reptiliana terrestre a la avícola voladora se realizaría por una fase intermedia, la trepadora arboreal, en la que las extremidades se acondicionan para la función de paracaídas. Dos teorías se han emitido para explicar el origen del vuelo en la fase sucesiva a la arboreal, Una es la de las alas, según la cual las escamas laterales de las patas anteriores y de la cola se transformarían en largas plumas, para hacer el efecto de paracaídas o facilitar el salto de una rama a otra. Otra teoría es la de las cuatro alas, fundada en la existencia de grandes plumas en las caderas de los embriones de las aves y en las señales de plumas semejantes en el Archaeopteryx. En esta segunda hipótesis, se pasaría al único par de alas que presentan las aves vivientes, mediante reducción progresiva de las plumas de la base de las patas posteriores.” (Historia Natural, Tomo IV,  Geología, , pág. 430)

Por otra parte, quienes sostienen la otra teoría, es decir la de que los dinosaurios daban grandes saltos hasta que finalmente emprendieron el vuelo, también abrigan sus propias ideas, según se desprende del siguiente comentario:
 
“Varios defensores de esta teoría, según la cual el vuelo de las aves no sería el resultado evolutivo del planeo sino de la carrera a grandes saltos, no ven en las plumas ni siquiera medios auxiliares para el planeo. Piensan más bien que la remodelación de las escamas serviría primariamente para el aislamiento térmico.”  (Enciclopedia “Crónica de la Tierra”, Editorial Plaza & Jane Editores S.A., Tomo I, pág. 190)

En su afán por sostener la teoría de que los dinosaurios no se extinguieron sino que evolucionaron para convertirse en las aves modernas, algunos científicos han ido bastante lejos al presentar como evidencia de tan insospechada evolución un fósil falsificado. 

En efecto, en 1999, fue presentado a la comunidad científica el fósil de Archaeoraptor, una especie de dinosaurio emplumado que vendría a constituirse como el eslabón perdido entre los dinosaurios y las aves, sin embargo poco tiempo después se descubrió que el fósil en cuestión no era sino una lamentable falsificación elaborada a partir de los restos de al menos cinco especies diferentes de fósiles. En el año 2000 y después de una serie de investigaciones, los paleontólogos identificaron la cola de Archaeoraptor como la de un dinosaurio conocido como Microraptor, propio del período Cretácico temprano. 

Posteriormente, un informe publicado en la revista especializada "Nature", identificó partes de Archaeoraptor como pertenecientes a un pájaro primitivo. Investigaciones más recientes han establecido de manera fehaciente que las dimensiones y las características anatómicas de al menos la mitad delantera de Archaeoraptor, incluyendo las patas y sus dedos, así como la extremidad del pico, corresponden efectivamente a los de Yanornis martini, un ave de la  antigüedad y no a una especie de dinosaurio emplumado como se pretendió en su oportunidad.

Lo anterior, deja claro que, a falta de evidencia real que conecte definitivamente a los dinosaurios con las aves y en su afán por sostener una teoría que resulta favorita, algunas personas no han trepidado en usar recursos impropios, al punto de falsificar información o en este caso, falsificar un fósil que eventualmente pudiera ser empleado para conectar a los dinosaurios con las aves.

Sobre el particular es bueno señalar que este no es el único caso de falsificación fósil ya que en la primera mitad del Siglo XX fue notable la falsificación del fósil de un supuesto eslabón perdido entre el simio y el hombre. Este fósil falsificado fue conocido como "el hombre de Piltdown", una supuesta "evidencia" paleontológica que gozó de credibilidad por decenas de años hasta que investigaciones posteriores determinaron que correspondía a un vil fraude con la pretensión de sostener la evolución del hombre a partir de los simios antropomorfos.
 
ANACRONISMO EVOLUTIVO
¿QUIÉN DIO ORIGEN A QUIÉN?
 
Respecto al escepticismo que ha imperado en el ambiente científico en torno a la transición de dinosaurio - ave, nos informa el siguiente comentario aparecido en una prestigiada revista:

"Los escépticos preguntan: si las aves surgieron de los dinosaurios, ¿por qué los paleontólogos no logran encontrar los eslabones perdidos de una época adecuada?" (National Geographic, vol. 3, N° 1, julio de 1998, págs. 77 y 84, 96, 95) Esto último, adelanta un debate que aún no concluye, el anacronismo evolutivo que impide aceptar completamente la evolución de dinosaurios en aves. 

Efectivamente, mientras la mayoría de los paleontólogos insiste en que las aves evolucionaron a partir de un grupo de dinosaurios de pequeño tamaño como pudieran ser los dromeosáuridos por ejemplo, es claro que estos dinosaurios aparecen en el registro fósil hacia mediados del período Jurásico y se desarrollan más bien durante el período Cretácico, mientras que Archaeopteryx lithographica, el ave más antigua corresponde a una edad del Jurásico Superior hace ± 150 - 148 millones de años. esto lleva a que los putativos ancestros evolutivos de las aves aparecen en tiempo muy aproximado hace ± 160 millones de años, durante el Jurásico Medio. Esto deja muy poco espacio de tiempo para que dentro de los dromeosauridos aparezca el clado de las aves. Estaríamos nuevamente en un caso de "evolución rápida", que es el recurso argumentativo de la paleontología cuando no hay argumento ni evidencia.

Sin embargo, el origen dinosauriano de las aves habrá de sufrir un nuevo revés con el informe de Protoavis texensis, un ave que presumiblemente vivió en Texas, EEUU, hace ± 210 millones de años, es decir, en el Período Triásico.

De ser válido el informe de Protoavis, se adelanta el origen de las aves en a lo menos 75 millones de años respecto de Archaeopteryx, el ave más antigua de la historia. Esto lleva a un callejón sin salida, ya que no hay registros de dinosaurios dromeosáuridos o maniraptores durante el período Triásico y mucho menos con una antiguedad de ± 210 millones de años.

Por otra parte, las características anatómicas de Protoavis dejan ver un especímen mucho más derivado o evolucionado que el propio Archaeopteryx, haciendo de Protoavis un ejemplar mucho más cercano a las aves actuales que el hasta entonces ave más antigua del mundo. ¿Otro dolor de cabeza para los evolucionistas?

La ciencia paleontológica frente al reporte de Protoavis ha presentado varios argumentos discordantes:

1.- El fósil es una químera (conjunto de restos de varios individuos distintos)
2.- El fósil está mal datado
3.- El fósil en realidad pertenece a un dinosaurio no aviano de pequeño tamaño

Con relación a estas objeciones, el autor principal del reporte de Protoavis señala que el fósil no es una químera y que a juicio de él y de sus colaboradores (que no son ningunos aficionados), el fósil corresponde a un único individuo.

Que si el fósil está mal datado, esto habría que indicarselo al laboratorio que emitió el informe y hasta la fecha no existe ningún antecedente serio que contravenga la datación (Triásico Inferior ± 210 ma.) aportada por el laboratorio responsable de la datación del fósil.

Lo cierto es que el registro fósil una vez más nos deja ver que grupos de animales con rasgos y características propios y que los distinguen (sinapomorfías) aparecen de manera abrupta y súbita en el registro, sin un antecedente evolutivo. En el caso de las aves ocurre exactamente esto. Las aves aparecen en el registro sin que exista a nivel fósil un grupo antecedente del cual pueda haber derivado. Si bien, se asegura que las aves evolucionaron dentro de un grupo de dinosaurios maniraptores, probablemente dromeosáuridos, lo cierto es que esta posición enfrenta varios inconvenientes para ser aceptada plenamente. Uno de estos inconvenientes es el factor temporal, o bien los maniraptores son temporalmente demasiado cercanos a las aves, no dando tiempo para una evolución que requiere cambios anatómicos y fisiológicos drásticos y notables, o bien no hay prácticamente registro de dinosaurios maniraptores anteriores a Archaeopteryx el ave más antigua reconocida por la ciencia, y mucho menos si consideramos a Protoavis, a quien la ciencia descarta de plano porque no concuerda para nada con el paradigma evolutivo y en este caso, la ciencia no traiciona su dogma. Si no concuerda con el paradigma evolutivo, entonces el fósil debe ser desetimado como un elemento informativo ya que contradice el modelo. Esto raya muy cerca del dogma religioso.

UN MISTERIO VIGENTE
¿QUÉ ERAN EN VERDAD LOS DINOSAURIOS?

Todas las aves son dinosaurios, pero no todos los dinosaurios son aves. Entonces, ¿qué eran en verdad los dinosaurios? Hasta aquí y según se desprende de la evidencia paleontológica, los dinosaurios comprendían un linaje distinto dentro de los reptiles arcosaurios diápsidos y que en muchos aspectos se acercaba incluso mucho más al linaje de los mamíferos.

¿Eran los dinosaurios de sangre caliente? La evidencia indica que al menos algunos de ellos si eran de sangre caliente. 

Si bien hasta aquí, los evolucionistas no logran aportar evidencia concluyente que permita establecer fehacientemente que las aves actuales se originaron a partir de los dinosaurios, si se observa de manera indiscutible que existe una particular semejanza entre estos dos linajes de vertebrados.

Lo anterior, ha llevado a que algunos científicos y especialistas sostengan que los dinosaurios pudieran eventualmente conformar una clase única de animales y que no sea precisamente la de los reptiles sino una clase distinta, la clase Dinosauria.  Se ha llegado a postular incluso que en esta clase compartirían un lugar zoológico con las aves, con las que como se ha dicho, guardan importantes semejanzas.

Que los dinosaurios pudieran eventualmente, junto a las aves, conformar una clase distinta a la de los reptiles, se hace claro a partir de la opinión de distintos especialistas como Stephen Jay Gould, quien escribió lo siguiente: 

“También he observado que la relación entre los dinosaurios y las aves ha provocado la excitación del público por motivos equivocados, mientras que la razón correcta, habitualmente ignorada, unifica limpiamente la genealogía de las aves con la endotermia de los dinosaurios. Y esta unión respalda la propuesta más radical de todas – una reestructuración de la clasificación de los vertebrados que separa a los dinosaurios de los reptiles, hunde la tradicional clase aves y designa una clase nueva, Dinosauria, que reuniría a las aves y los dinosaurios. Los vertebrados terrestres encajarían en cuatro clases: dos de ellas de sangre fría, Amphibia y Reptilia, y dos de sangre caliente, Dinosauria y Mammalia. No he llegado aún a una conclusión acerca de esta nueva clasificación, pero me parecen dignos de aprecio la originalidad y el atractivo del razonamiento.” (S. J. Gould, El Pulgar del Panda, pág. 286)

¿Qué eran en verdad los dinosaurios?  ¿Conformaban una clase zoológica diferente? Hasta aquí y reuniendo toda la evidencia paleontológica que nos aporta el registro fósil y con la ayuda de otras disciplinas por demás sofisticadas como la biomecánica por ejemplo, se ha llegado a establecer de manera concluyente que los dinosaurios eran una clase de animales que compartía rasgos estructurales y fisiológicos con los reptiles, aves y mamíferos, lo que sin duda indica que al momento de describir un dinosaurio con objetividad,  estaríamos en presencia de un animal que no es enteramente un reptil, que comparte rasgos de ave y que en algunos aspectos incluso pudiera asemejarse a un mamífero, es decir, una clase absolutamente diferente de animales.

En efecto, al menos uno de los fósiles encontrados en China, el Sinosauropteryx prima evidencia una característica propia de los mamíferos, a saber, la presencia estructuras parecidas a pelos, pero que sin embargo han sido clasificadas como protoplumas. El dinosaurio peludo de China ha sumido a los científicos en acalorados debates sobre la naturaleza de los fósiles encontrados y hasta aquí no existe una respuesta clara.

Hoy en día la taxonomía o ciencia que se ocupa de clasificar a los distintos seres vivos, divide el tipo de los vertebrados en cinco clases específicas, a saber: peces, anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Dentro de esta clasificación los dinosaurios generalmente son señalados como pertenecientes a la clase de los reptiles, no obstante, en la actualidad este modelo de clasificación es absolutamente insuficiente para describir no sólo a los dinosaurios sino también a muchos otros linajes de animales por lo cual se encuentra en franco desuso hace ya mucho tiempo.

En virtud de lo anterior, en opinión de algunos especialistas no sería descabellado considerar a los dinosaurios como un linaje distinto y único dentro de los vertebrados. 

“¿Debemos clasificar las aves y los dinosaurios en el mismo grupo, con las aves como únicos representantes vivos? Los paleontólogos R. T. Bakker y R. M. Galton defendían esta solución al proponer la nueva clase Dinosauria, de vertebrados, para albergar tanto a las aves como a los dinosaurios.” (S. J. Gould, El Pulgar del Panda, pág. 286)
 
Las diferencias fisiológicas y estructurales que justifican la actual división de los vertebrados en cinco clases lleva a pensar que los dinosaurios pudieran efectivamente conformar un linaje que pudiera ubicarse desde el punto de vista zoológico entre los animales de sangre fría y los de sangre caliente, lo que los llevaría a compartir características de ambos. Lo anterior, igualmente permitiría que el grupo biológico de los dinosaurios evidenciara, desde el punto de vista estructural, características que son propias de animales endotermos como las aves o los mamíferos, incidiendo en el hallazgo de dinosaurios con estructuras parecidas a plumas y que hoy en día, al tenor de los más recientes hallazgos paleontológicos es claro que son plumas.
 
En un contexto de creación y al amparo de la evidencia fósil, no es posible pensar en la evolución de las especies con saltos estructurales y fisiológicos tan significativos e importantes como los que se observan en los  distintos grupos y clases zoológicas. 

Aunque los científicos evolucionistas se esfuerzan por encontrar los “eslabones” de transición que están llamados a emparentar a unas especies con otras e incluso a una clase con otra, lo cierto es que dichos “eslabones” difícilmente habrán de ser hallados sencillamente porque no existen. La complejidad del  mundo natural no permite aceptar tan libremente que estamos frente a un largo proceso de evolución que tomó millones de años en alcanzar su actual nivel de desarrollo sino más bien nos invita a aceptar que estamos frente a un acto divino de creación que evidencia complejidad y diseño y que estructuralmente lleva a las especies a compartir semejanzas lógicas en su característico diseño.

La situación descrita sobre los patrones estructurales con sus semejanzas y diferencias es tan real y concluyente que hoy en día son cada vez menos los especialistas que aplican el modelo evolucionista de  Darwin con progresiones graduales de una especie en otra y de una clase en otra. Lo anterior, porque dicha posición no puede ser sostenida debidamente por el registro fósil.

La situación respecto a la evolución gradual propuesta por el modelo de Darwin es tan dramática que muchos evolucionistas se están volviendo a una forma de pensamiento más bien “puntualista” y que sostiene que los cambios evolutivos corresponden no a modificaciones graduales sino a “grandes saltos” estructurales como resultado de mutaciones aisladas y  que dieron lugar a que especies aisladas desarrollaran nuevas características o adaptaciones y que con el transcurso del tiempo estaban llamadas a dar origen a especies diferentes y mejor adaptadas.
 
Claro es, que está posición “puntualista” que intenta ajustarse a la realidad del registro fósil, no es compartida por quienes han decidido ser “fieles” al modelo “gradualista” propuesto inicialmente por Darwin y seguido fielmente por la gran mayoría de los científicos contemporáneos.

Aunque ambas posiciones evolutivas se reparten las preferencias de los expertos, lo cierto es que ninguna de ellas está cerca de ser sostenida por la evidencia de los fósiles o de algún otro tipo y en consecuencia continúan haciendo parte de la fértil capacidad especulativa del ser humano en su infructuoso intento de explicar el origen de las especies y aún su propio origen fuera de un contexto de creación.

Por todo lo expuesto, la verdadera naturaleza de los dinosaurios está para ser explicada no como resultado de una discutida evolución sino como resultado de un plan general de creación que lleva a que estos animales compartan a modo de adaptación muchas características con especies de una clase diferente.

El que animales de distinto orden o incluso de distinta clase compartan características comunes, no indica necesariamente que exista parentesco evolutivo entre ellas sino más bien que poseen semejanza en un contexto de diseño estructural general, aspecto que no ha de resultar asombroso en modo alguno ya que el propio hombre hace uso de patrones semejantes en las estructuras que crea o diseña.
 
Si analizamos la creatividad e inventiva del hombre en el plano del transporte por ejemplo, vemos que éste ha diseñado a lo largo de la historia diferentes mecanismo de transporte, algunos a tracción humana, como la bicicleta por ejemplo, y otros a tracción mecánica, como el automóvil.

La diferencia entre ambos medios de transporte es evidente y muy significante. Mientras que uno utiliza la fuerza muscular del propio hombre, el otro utiliza un complejo sistema de combustión que le permite generar energía para el movimiento.

Desde el punto de vista estructural no guardan relación salvo en algunos hechos básicos, usan ruedas, requieren de un manubrio, frenos, etc. Pudiéramos decir que corresponden a sistemas de transporte absolutamente distintos.

Sin embargo, entre ambos existe un medio locomotor intermedio, la motocicleta. Este último medio de transporte guarda asombrosas similitudes con la bicicleta,  pero no es una bicicleta. Estructuralmente se asemejan a lo menos en un 80 o 90 por ciento. Sin embargo, la motocicleta es un medio de transporte a combustión, como el automóvil. 

Si lleváramos el caso de la motocicleta a un contexto paleontológico, ¿pudiéramos decir que la motocicleta se ajusta a un sorprendente caso de evolución mecánica?  Evidentemente que no. Simplemente estamos en presencia de un elemento que es afectado por una necesidad inmediata, a saber contar con un medio de transporte liviano pero que no dependa de la fuerza humana para el movimiento y que tenga un sistema de obtención de energía a través de la combustión.

Las semejanzas observadas entre estos medios de locomoción no hablan necesariamente de evolución sino más bien de una afinidad lógica como resultado del común diseño de una misma mente creativa, la mente del hombre. Una misma mente utiliza elementos y características semejantes para crear mecanismos distintos.
 


 
 
CONTINUARÁ...
 
 
 
 
 
 

 
 

 

 

 


 

 

 

 
 
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